No he triunfado en la vida. No tengo una casa grande, ni un coche nuevo, ni una cuenta en el banco que me haga dormir tranquila. He tenido trabajos de mierda, maridos que no me querían, deudas que no podía pagar y una hija que no me habla. He vivido en pensiones baratas y en habitaciones con goteras. He comido arroz tres días seguidos porque no había para más. Y sin embargo, aquí estoy. Con sesenta y tres años, sin haber triunfado en nada, y más viva que muchos que tienen todo. El fracaso no es el final. Es el único lugar donde he vivido siempre. Y te digo una cosa: el fracaso, cuando lo abrazas, te hace más libre que el éxito.
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