He trabajado toda mi vida. En fábricas, en restaurantes, en taxis, en almacenes. He trabajado hasta que los huesos me dolían y los pies no me sostenían. He trabajado para jefes que me trataban como un mueble, para sueldos que no llegaban a fin de mes, para una vida que se escapaba entre los dedos. Y te digo una cosa: el trabajo no te da vida. Te la roba. Céntimo a céntimo. Hora a hora. Día a día. Te roba el tiempo, la salud, la alegría, las ganas. Te convierte en una máquina. Y cuando la máquina se rompe, te tiran. Como a un trapo. Como a un objeto que ya no sirve. Esta es la historia de mi vida laboral. Y de cómo el trabajo casi me mata. Pero no me mató. Porque aprendí que el trabajo no es vida. Es supervivencia. Y la supervivencia, querida, no es vivir. Es aguantar.
Leer más