El dinero no da la felicidad, pero da tranquilidad para estar triste en un lugar bonito
«El dinero no da la felicidad. Pero da tranquilidad. Y la tranquilidad, en este mundo, es más difícil de encontrar que el amor.»
— Marta la Mala
El dinero no da la felicidad, pero da tranquilidad para estar triste en un lugar bonito
Mi abuela decía que el dinero era el demonio. Que corrompía el alma, que alejaba a la gente, que te volvía egoísta y que no daba la felicidad. Y yo, que era pobre y no tenía un peso, le creí. Me conformé con poco. Tuve maridos que no tenían nada y viví con lo justo. Y era infeliz, pero creía que era porque era pobre. Así que no me quejaba. Porque los pobres no se quejan, ¿verdad? Los pobres agradecen lo que tienen. O eso nos han enseñado.
Hasta que un día, después de mi segundo marido, empecé a ganar dinero. Poco, pero mío. Empecé a trabajar en un restaurante, a ahorrar, a no depender de nadie. Y descubrí algo que mi abuela nunca me había contado: el dinero no da la felicidad, pero da tranquilidad. Y la tranquilidad, en este mundo, vale más que el amor, la salud y la paz juntos.
Con dinero, pagas el alquiler sin tener que llamar a tu exmarido para pedirle que te preste. Con dinero, te compras la comida que te da la gana, no la que te alcanza. Con dinero, puedes decir «no» a un trabajo de mierda sin tener que preguntarte qué vas a comer mañana. Con dinero, puedes ayudar a alguien sin esperar nada a cambio, porque puedes. Con dinero, puedes estar sola porque lo eliges, no porque no te queda otra.
¿Que el dinero no te compra el amor? Pues no, pero te permite estar triste en un lugar bonito. Y eso, en mi experiencia, es mucho mejor que estar triste en un cuchitril con goteras, un marido que se queja de todo, una hija que no te habla y un futuro que no te promete nada.
He sido pobre. He sabido lo que es no tener para el pan, para la leche, para el transporte. He sabido lo que es tener que elegir entre comprar medicinas o comprar comida. He sabido lo que es no poder pagar la luz y tener que cenar a oscuras. Y no, no te vuelves más sabio, ni más bueno, ni más espiritual. Te vuelves más desesperado. Y la desesperación es un veneno que no se cura con buenos pensamientos ni con frases bonitas de Instagram.
También he tenido dinero. No mucho, pero suficiente. Suficiente para no tener que mirar el precio de todo. Suficiente para darme un gusto de vez en cuando. Suficiente para poder decir «no» sin que me tiemble la voz. Y te digo una cosa: prefiero tenerlo a no tenerlo. Prefiero estar triste en un lugar bonito que estar triste en un lugar de mierda.
Y no me vengas con que el dinero no da la felicidad. Porque eso lo dicen los que nunca han pasado hambre. Los que siempre han tenido un colchón. Los que pueden permitirse el lujo de decir que el dinero no importa. El dinero importa. Y mucho. No es lo único, pero es importante. Y negarlo es hipocresía.
Lo que sí te digo es que el dinero no es un fin en sí mismo. Es una herramienta. Y como toda herramienta, puede usarse para construir o para destruir. Puedes usarlo para vivir mejor, para ayudar a los demás, para hacer algo que valga la pena. O puedes usarlo para comprar cosas que no necesitas, para impresionar a gente que no te importa, para llenar un vacío que el dinero no puede llenar.
Yo he usado el dinero para sobrevivir. Para salir adelante. Para tener un techo, comida y un poco de paz. Y ahora, con 63 años, lo uso para hacer lo que me da la gana. Me compro un mezcal bueno, pago el alquiler de mi departamento en la colonia Roma, y si me sobra algo, lo gasto en libros, en música, en una buena comida. No necesito más.
Así que no te dejes engañar por los que dicen que el dinero es el demonio. El demonio es no tener suficiente para vivir sin miedo. El demonio es depender de alguien que no te quiere porque no tienes otra opción. El demonio es tener que aguantar un trabajo de mierda porque no te puedes permitir renunciar. Eso es el demonio. El dinero es solo una herramienta. Y no es pecado querer tenerlo.
«He sido pobre y he sido menos pobre. Y te digo que la pobreza no te hace más sabio, más buena ni más espiritual. Te hace más desesperada. Y la desesperación es un veneno que no se cura con buenos pensamientos.»
Pecado es tener dinero y no usarlo para mejorar tu vida y la de los que quieres. Pecado es tener dinero y creerte superior a los que no lo tienen. Pecado es tener dinero y no darte cuenta de que la suerte que has tenido podría no haber sido tuya. Pero tener dinero, en sí mismo, no es pecado. Es una herramienta. Y depende de ti cómo la uses.
Yo he sido pobre, he sido rica (o menos pobre) y he sido todo lo de en medio. Y prefiero ser menos pobre y tener mi mezcal en una terraza bonita que ser pobre y tener que aguantar a gente de mierda porque no tengo otra opción. Y si eso me hace mala, pues que así sea. Al menos soy mala y estoy tranquila.
«El dinero no te compra la felicidad. Pero te compra la tranquilidad para buscarla sin tener que hacerlo en un lugar de mierda.»
Así que, la próxima vez que alguien te diga que el dinero no importa, pregúntale cuánto tiene en el banco. Y si te dice que no lo sabe, ya sabes: miente. O es rico. O es un hipócrita. O las tres cosas.
Si te ha dolido, es que es verdad. Y si es verdad, compártelo. O no. Pero al menos piensa en ello.
