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Cómo hundir a un jefe incompetente sin mancharte las manos

«No te enfrentes a tu jefe. Haz que se enfrente solo. Y cuando caiga, que no sepa quién le empujó.»

— Marta la Mala


Cómo hundir a un jefe incompetente sin mancharte las manos

Tuve un jefe en un restaurante de la colonia Roma que se creía el dueño del mundo. Se llamaba Arturo, pero todos le decían «el Jefe» con mayúsculas, como si fuera el patrón de una hacienda del siglo XIX. Llegaba tarde, se iba temprano, y cuando algo salía bien, era su mérito. Cuando algo salía mal, era culpa de los demás. De los cocineros, de los meseros, de los proveedores, del clima, de los astros. De todos menos de él.

Yo llevaba tres meses trabajando en la cocina cuando empecé a darme cuenta de que no era el único que lo veía. La encargada de caja, la del turno de noche, la que llevaba diez años en el local y nunca había pedido un ascenso, me lo dijo claro: «Marta, ese tipo nos va a hundir a todos. Y lo peor es que se va a llevar el crédito de todo lo bueno que hacemos».

Y ella tenía razón. El Jefe se atribuía mis recetas, las ideas de los meseros, las mejoras que hacía la encargada. Y nosotros, como idiotas, nos callábamos. Por miedo. Por educación. Por no parecer paranoicos. Porque nos habían enseñado que el jefe siempre tiene razón.

Hasta que un día, después de que me gritara delante de todo el equipo por un error que había sido suyo, decidí que ya estaba bien. No me iba a enfrentar a él directamente, porque eso es lo que hacen los estúpidos. Iba a ser más astuta. Iba a jugar al ajedrez mientras él jugaba a las damas.

Lección número uno: nunca te enfrentes directamente a un incompetente con poder

Te va a ganar. No por ser más listo, sino porque tiene el poder. Puede despedirte, puede marginarte, puede hacerte la vida imposible. Pero si eres más astuto, puedes hacer que se despedido él solo. Que se cave su propia tumba. Y tú, mientras tanto, no te manchas las manos.

Empecé a aplicar mi estrategia. No la había planeado, pero fue saliendo sola, como cuando te sabes una canción de memoria y las palabras te salen sin pensar.

Estrategia 1: Hazle parecer que sus ideas son suyas

Si tienes una buena idea, no la sueltes así de golpe. Dale pistas. Hazle creer que es suya. Dile algo como: «Oye, se me ocurrió esto pensando en lo que tú dijiste el otro día en la reunión». Su ego se inflará como un globo, y él pensará que es un genio. Y tú, mientras tanto, estarás moviendo los hilos desde las sombras.

Yo lo hice con una nueva receta de salsa que había preparado. Le dije que la había sacado de una idea que él había mencionado sobre «darle un toque más mexicano al menú». Él no recordaba haberlo dicho, pero le gustó la idea. La presentó en una reunión con los dueños como si fuera suya. Y todos le aplaudieron.

Estrategia 2: Deja que se cuelgue solo

Si tu jefe es incompetente, eventualmente va a cagarla. No lo salves. Deja que meta la pata. Y cuando lo haga, que sea en un lugar donde haya testigos. No te rías, no digas nada. Solo observa. Su caída será más lenta y más dolorosa si no le ayudas a levantarse.

El Jefe se equivocó con un pedido grande. Un evento para cincuenta personas. Pidió el doble de lo que necesitábamos y los proveedores se rieron de él en la reunión. No me metí. No dije «te lo advertí». Solo me quedé callada, viendo cómo se hundía en su propia incompetencia. Y los dueños empezaron a mirarlo con otros ojos.

Estrategia 3: Hazte amigo de sus enemigos

En toda empresa hay alguien a quien el jefe le cae mal. Busca a esa persona. Hazte su aliado. No para conspirar, sino para que, cuando llegue el momento, tengas testigos de su incompetencia. Y si puedes, hazte amigo de los dueños. Pero de verdad, no como el Jefe, que los trataba como si fueran sus empleados.

Yo empecé a hablar con la encargada de caja, que llevaba más años que nadie en el restaurante. Y con el cocinero más viejo, el que había visto pasar a seis jefes antes de este. Y con la señora de la limpieza, que sabía más de la vida que todos los licenciados juntos. Ellos me contaron cosas que el Jefe no sabía que yo sabía. Y yo las guardé.

Estrategia 4: Registra todo

Guarda correos, mensajes, pruebas. No para denunciar, sino para tenerlas en la recámara. Cuando llegue el momento, las usas. O no. Pero tenerlas te da poder. El poder de saber que, si hace falta, puedes demostrar su incompetencia.

Yo guardé las facturas de los pedidos que él hacía mal. Los correos donde se atribuía cosas que no había hecho. Los mensajes en los que nos pedía que mintiéramos a los dueños. Todo. En una carpeta. En mi casa. Sin que nadie lo supiera.

Estrategia 5: Nunca te manches las manos

La regla de oro. Si alguien tiene que caer, que caiga solo. Tú no empujes. Solo asegúrate de que el suelo esté duro cuando llegue. Y cuando caiga, no te rías. No digas «te lo dije». Solo sigue con tu vida, como si nada hubiera pasado. Porque si alguien te ve celebrando, serás el siguiente.

El Jefe acabó despedido. No por mí. Porque él mismo se cavó la tumba. Los dueños descubrieron que estaba robando caja. No fue mi culpa. Fue su propia codicia. Pero yo, cuando me preguntaron si sabía algo, solo dije: «No sé nada. Él siempre fue muy reservado». Y no mentí. No sabía. Pero lo sospechaba.

«Mi jefe acabó despedido. No por mí. Porque él mismo se cavó la tumba. Yo solo le presté la pala.»

Y si todo esto te parece demasiado, siempre puedes hacer lo que hizo mi hija: irte, buscar otro trabajo y empezar de nuevo. Pero eso es para los que tienen paciencia. Yo ya no tengo. Y seguro que tú tampoco.

Así que, si tienes un jefe incompetente, no te enfrentes a él. No le grites. No le hagas la vida imposible. Solo observa, espera y prepara el terreno. Y cuando llegue el momento, que caiga solo. Y tú, mientras tanto, sigue haciendo tu trabajo. El mejor trabajo que puedas. Porque al final, la verdad siempre sale a la luz. Y cuando sale, es mejor que te encuentre trabajando bien.

«El poder no se arrebata. Se deja caer. Y tú solo recoges los pedazos.»

Ahora, cuando veo a alguien quejarse de su jefe, le digo: «No te quejes. Planifica». Y si me preguntan cómo, les cuento la historia de Arturo. Y siempre les digo lo mismo: no te manches las manos. Deja que se caiga solo. Y cuando caiga, que no sepa quién le empujó. Porque si lo sabe, volverá a levantarse. Y entonces, el que caerás serás tú.

Si te ha servido, compártelo con algún compañero que tenga un jefe de mierda. Si no, quizás el jefe eres tú. Y entonces, mejor no me leas.

Marta Hernandez Cruz

Marta Hernández Cruz es columnista en 13nix, donde escribe con el nombre de autor "Marta la Mala". Con 63 años y una vida entera de experiencia callejera, aborda la psicología humana desde el lado más oscuro y sin filtros. Autodidacta, cinética y despiadadamente honesta, es la voz que muchos necesitan y pocos se atreven a escuchar.

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