Bajo control. Capítulo 3. Lo que no recuerdo.
La primera vez que despertó sin recordar, no le dio importancia. Se levantó, se hizo un café, y siguió con su día. La segunda vez, sintió un escalofrío. La tercera, supo que algo no estaba bien.
Valeria abrió los ojos. Eran las tres de la madrugada. La ciudad de Madrid se extendía más allá de la ventana, iluminada por las luces de la Gran Vía, como un mapa de promesas rotas. Pero ella no recordaba cómo había llegado a la cama. No recordaba haberse desvestido. No recordaba la última hora de su vida.
Se incorporó lentamente. El cuerpo le pesaba, como si hubiera corrido una maratón. Las manos le dolían. Las miró. Tenía los dedos manchados de tierra oscura, seca, metida bajo las uñas. Como si hubiera estado cavando. Como si hubiera tocado algo que no debía tocar.
—¿Qué me está pasando? —susurró, y su voz sonó a otra. A miedo. A la certeza de que algo se había roto dentro de ella.
El teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje de Leandro.
«No puedo dormir. Estoy pensando en ti. En el Rastro. En aquel día. ¿Recuerdas cómo te miré?»
Ella sintió que el corazón se le desbocaba. Recordaba aquella mirada. La recordaba demasiado bien. Pero no recordaba la última hora. No recordaba cómo había llegado a casa. No recordaba la tierra bajo sus uñas.
—Leandro —escribió, con los dedos temblorosos—. ¿Qué día es hoy?
La respuesta llegó al instante.
«Jueves. ¿Por qué?»
Ella sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Jueves. Había perdido el miércoles entero. Un día entero de su vida, borrado como si nunca hubiera existido.
Se levantó de la cama con las piernas temblorosas. Caminó hasta el baño y se miró al espejo. No se reconoció. Tenía los ojos hundidos, la mirada vacía, y un moretón en el cuello que no recordaba haberse hecho. Un moretón con forma de dedos. Como si alguien la hubiera sujetado. Como si alguien la hubiera poseído mientras ella no estaba.
—No puede ser —dijo en voz alta, pero su voz no la convencía.
Volvió a la cama y cogió el teléfono. Marcó el número de Jimena. Sonó, sonó, sonó. No contestó. Volvió a marcar. Tampoco. Un nudo de angustia se instaló en su pecho.
—Jimena, por favor, contesta —susurró, como si su amiga pudiera oírla a través del silencio.
Entonces, el teléfono vibró. No era una llamada. Era un mensaje de un número que no conocía.
«No busques a Jimena. No está. Pero tú sí. Y yo sé lo que hiciste anoche.»
Valeria sintió que el corazón se le paraba. ¿Quién era? ¿Cómo sabía lo de Jimena? ¿Qué había hecho anoche?
—No recuerdo nada —dijo en voz alta, como si el mensaje pudiera oírla—. No recuerdo nada.
Y entonces, como un fogonazo, una imagen llegó a su mente. No era un recuerdo completo. Era un fragmento. Una sensación. El roce de una mano sobre su piel. Una voz que susurraba algo al oído. Y la seda. Una tela suave, fría, que se deslizaba sobre su cuerpo como una caricia. Seda. Como la de un vestido que no era el suyo.
«El cuerpo recuerda lo que la mente borra. La piel guarda el eco de cada caricia, de cada deseo, de cada violación silenciosa. Y cuando la memoria falla, la piel habla.»
Se levantó de nuevo. Esta vez, fue al armario. Revisó sus vestidos. Todos estaban colgados, ordenados, como ella los había dejado. Pero en el fondo, arrugado, había un vestido que no reconocía. Un vestido de seda negra. Un vestido que no era suyo. Y al tocarlo, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿De dónde ha salido esto? —preguntó, aunque sabía que no había nadie para responderle.
El vestido olía a colonia. Una colonia que no era la suya. Una colonia que le resultaba familiar. Demasiado familiar. La misma que olía en el consultorio del doctor Meade.
Valeria sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. No recordaba la última noche. No recordaba el miércoles. No recordaba cómo había llegado a casa. Pero el vestido de seda negra estaba allí, en su armario, como una prueba de que algo había ocurrido. Algo que su mente había borrado, pero que su cuerpo recordaba.
El teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje del número desconocido.
«¿Te gustó la seda? A mí también me gustó. Era suave. Como tu piel.»
Valeria soltó el teléfono como si quemara. Las lágrimas empezaron a caer sin control. No era tristeza. Era pánico. Era la certeza de que alguien había estado dentro de su cabeza, dentro de su cuerpo, dentro de su vida. Y que ella no había podido hacer nada para detenerlo.
—He perdido un día —dijo, con la voz rota, cuando Leandro llamó—. He perdido un día entero de mi vida. Y no sé qué pasó. No sé si hice algo. No sé si alguien hizo algo conmigo. Solo sé que tengo un vestido de seda que no es mío. Y que huele a él.
—¿A quién?
—Al doctor Meade.
Leandro guardó silencio. Luego, con una voz que no había oído desde hacía años —una voz de protección, de furia contenida—, dijo:
—Voy para allí. No te muevas. No abras la puerta a nadie. Y si vuelve a escribirte, no contestes.
—¿Y si no puedo? —preguntó ella, con la voz de quien ya no confía en su propia mente—. ¿Y si él ya está dentro de mi cabeza y no puedo sacarlo?
—Entonces yo te sacaré —respondió él, con una firmeza que la sostuvo como un ancla—. Aunque tenga que romper todas las puertas. Aunque tenga que llegar hasta el fondo de su consulta. Aunque tenga que enfrentarme a él. Yo te sacaré.
Valeria sintió que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola. Que había alguien dispuesto a luchar por ella. Alguien que la creía. Alguien que no la juzgaba.
—Ven —dijo, con la voz más firme—. Ven a buscarme. Y trae todo lo que tengas. Porque esto no ha hecho más que empezar.
Colgó y miró el vestido de seda negra. La tela brillaba bajo la luz de la luna, como un recordatorio de que la noche anterior había ocurrido algo. Algo que su mente no quería recordar. Pero que su cuerpo, su piel, sus manos manchadas de tierra, no podían olvidar.
Cuando Leandro llegó, Valeria estaba sentada en el suelo, con el vestido de seda entre las manos. No lloraba. No podía. Las lágrimas se habían secado, y en su lugar solo había una determinación fría, como la de quien ha tocado fondo y sabe que solo puede subir.
—Enséñame el mensaje —dijo Leandro, arrodillándose a su lado.
Ella le pasó el teléfono. Él lo leyó. Y su rostro, que siempre había sido amable, se endureció como la piedra.
—Este número —dijo—. Lo voy a rastrear. Voy a saber quién es. Y si es él, voy a hacer que pague.
—No podemos ir a la policía —dijo Valeria, con la voz quebrada—. No tenemos pruebas. Solo un vestido que no es mío y un mensaje que no sé quién envió.
—Entonces conseguiremos pruebas —respondió Leandro, tomándole la cara entre las manos—. Pero no vas a hacerlo sola. Voy a estar aquí. Contigo. Hasta el final.
Valeria levantó la mirada. En sus ojos, vio al hombre que había amado. Al hombre que había perdido. Al hombre que, a pesar de todo, seguía allí, dispuesto a luchar por ella.
—¿Y si no podemos? —preguntó, con la voz de quien ya ha perdido demasiado.
—Entonces lo intentaremos —respondió él—. Y si no funciona, lo intentaremos de nuevo. Las veces que haga falta. Porque tú, Valeria, vales más que cualquier miedo. Más que cualquier olvido. Más que cualquier hombre que intente controlarte.
Y entonces, sin más, la besó. No era un beso de deseo. Era un beso de promesa. De la certeza de que, pase lo que pase, no la iba a dejar caer.
«El amor no siempre llega con grandes gestos. A veces llega con la decisión de quedarse. De creer. De luchar. De no soltar la mano aunque todo se desmorone.»
Esa noche, durmieron abrazados. No fue un sueño tranquilo. Fue un sueño vigilado, de quien sabe que el peligro está cerca. Pero cuando Valeria despertó, al amanecer, sintió que algo había cambiado. No era solo la presencia de Leandro. Era la certeza de que, aunque su mente no recordara, su cuerpo sabía. Y que, con él a su lado, podía enfrentarse a lo que viniera.
El teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje del número desconocido.
«Disfruta de tu noche, Valeria. La próxima, seremos tú y yo. Sin testigos.»
Valeria sintió un escalofrío. Pero esta vez, no fue miedo. Fue furia. Una furia fría, como la de quien ha decidido que no va a ser víctima.
—Leandro —dijo, con la voz firme—. Vamos a por él.
Leandro abrió los ojos. La miró, y en su mirada vio el fuego que había perdido. El fuego que la había hecho la mujer de la que se había enamorado.
—Vamos —respondió—. Vamos a por él.
Y mientras el sol de Madrid empezaba a brillar sobre la Gran Vía, dos personas que habían estado rotas empezaron a reconstruirse. Juntas. Contra todo. Contra él.
📌 Enlace externo: Hipnosis forense: cómo se utiliza en investigaciones policiales — Un artículo sobre el uso de la hipnosis en casos judiciales, que contextualiza los peligros de la manipulación mental.
📌 Enlace externo: Casos de abuso de hipnosis en España — Reportaje sobre denuncias reales de malpraxis con hipnosis.
📌 Enlace interno: Capítulo 1: La primera vez que me miraste — Si no has leído el primer capítulo, empieza aquí.
📌 Enlace interno: Capítulo 2: El patrón de las sombras — El descubrimiento de Jimena y el inicio del peligro.
Próximo capítulo: Capítulo 4: La seda de la memoria — Valeria y Leandro inician la investigación. Un nuevo nombre aparece en la lista de víctimas. Y la seda negra se convierte en la clave de todo.
