Bajo tu control. Capítulo 2. El patrón de las sombras.
Valeria no pudo dormir aquella noche. El mensaje de Leandro seguía abierto en su teléfono, brillando en la oscuridad como una promesa que no sabía si cumplir. «He soñado contigo esta noche. Estabas en el Rastro. Sonreías. Como antes.»
Se levantó de la cama, caminó hasta el balcón y miró las luces de Madrid. La ciudad seguía despierta, como ella. Algo había cambiado en su interior desde la sesión con el doctor Meade. Algo que no sabía nombrar. No era solo la esperanza de recuperar a Leandro. Era otra cosa. Una sensación de que alguien había tocado algo que no debía tocar. Una puerta que se había abierto sin su permiso.
A la mañana siguiente, quedó con Jimena en la cafetería de la calle Fuencarral. Su amiga llegó tarde, con el pelo revuelto y los ojos cansados, como si tampoco hubiera dormido.
—¿Qué te pasa? —preguntó Valeria, al verla.
Jimena se sentó, pidió un café y, sin previo aviso, soltó una bomba.
—Yo también fui al doctor Meade —dijo, con la voz apenas un susurro—. Y no fue por voluntad propia. Fue porque mi madre me obligó. Me dijo que la hipnosis me ayudaría a superar el miedo. Pero desde entonces, no sé qué es real y qué no.
Valeria sintió que el corazón se le paraba. No era posible. Su amiga, su mejor amiga, también había estado en el consultorio de la calle Velázquez. También se había sentado en aquel sillón de cuero verde. También había oído aquella voz grave y rítmica que la invitaba a cerrar los ojos.
—¿Cuándo? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Hace tres meses —respondió Jimena, sin apartar la mirada—. Al principio, me ayudó. Empecé a dormir mejor, a sentirme más segura. Pero luego, empecé a tener lagunas. Momentos que no recordaba. Y una noche, desperté en mi cama sin saber cómo había llegado allí. Tenía las manos llenas de tierra y un dolor en la nuca como si me hubieran golpeado.
Valeria sintió un escalofrío. Aquello era exactamente lo que le había pasado a ella después de la primera sesión. Una sensación de vacío, de tiempo perdido, de algo que no podía explicar.
—¿Y no has hecho nada? —preguntó, con la voz más firme—. ¿No has ido a la policía?
Jimena negó con la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No tengo pruebas —dijo—. Y además, ¿quién me va a creer? Él es un terapeuta respetado. Yo soy solo una mujer que dice que la han hipnotizado. Suena a locura.
Valeria tomó su mano. No sabía qué decir. Pero en aquel gesto, en aquella conexión, supo que no estaba sola. Que había otras mujeres como ella. Y que aquel patrón, aquel dibujo de sombras que empezaba a vislumbrar, no podía ser casualidad.
«El control no siempre se ve. A veces, se disfraza de ayuda. De cuidado. De la promesa de una vida mejor. Y cuando te das cuenta, ya estás dentro.»
Jimena se secó las lágrimas y, con un esfuerzo visible, siguió hablando.
—Conocí a otra mujer, en un grupo de apoyo. Se llamaba Andrea. Era pelirroja, de ojos verdes, como tú. También había ido al doctor Meade. Y también tenía lagunas. Una noche, me llamó aterrorizada. Dijo que había encontrado pruebas de que él la estaba siguiendo. Que había visto un coche aparcado frente a su casa todas las noches. Que sabía que no estaba loca. Tres días después, murió. Un infarto, dijeron. Pero ella tenía treinta y dos años y no tenía problemas de corazón.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era una coincidencia. Era un patrón. Todas ellas, mujeres de pelo oscuro y ojos claros, como Jimena, como ella, como Andrea. Todas habían sido hipnotizadas por el mismo hombre. Y todas, de una forma u otra, estaban en peligro.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, con la voz quebrada.
—Porque tenía miedo —respondió Jimena—. Miedo de que me llamaran loca. Miedo de que me pasara lo que a Andrea. Miedo de que él supiera que lo estoy contando.
Valeria apretó la mano de su amiga. No sabía qué hacer. Pero sabía una cosa: no podía quedarse de brazos cruzados. No podía permitir que otra mujer muriera en silencio.
—Vamos a hacer algo —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. Vamos a investigar. Vamos a encontrar a otras mujeres que hayan ido a él. Y vamos a hacer que alguien nos escuche.
Jimena la miró, con los ojos llenos de esperanza y de miedo.
—¿Y si él lo descubre?
—Entonces tendremos que ser más listas que él.
Esa tarde, mientras el sol de Madrid se ponía sobre la Gran Vía, Valeria y Jimena empezaron a trazar un plan. No sabían lo que les esperaba. No sabían hasta dónde llegaba el poder del doctor Meade. Pero sabían que no podían seguir mirando hacia otro lado.
Valeria pensó en Leandro. En el mensaje que le había enviado. En el reencuentro que habían planeado en el Retiro. Y supo que no podía arrastrarlo a aquel infierno. No sin saber primero qué estaban enfrentando.
Pero cuando llegó al Retiro, a las seis en punto, él ya estaba allí. Sentado en el mismo banco donde se habían besado por primera vez. Con la misma sonrisa. La misma guitarra. Los mismos ojos que la habían mirado como si fuera la única mujer del mundo.
—Sabía que vendrías —dijo Leandro, levantándose—. Siempre lo he sabido.
—¿Y si no hubiera venido?
—Te habría esperado igualmente.
Valeria sintió que el corazón se le desbocaba. Allí, frente a él, todas las dudas se desvanecieron. No importaba el peligro. No importaba el doctor Meade. Solo importaba aquel hombre que la había amado y que seguía amándola, a pesar de todo.
—Tengo que contarte algo —dijo ella, sentándose a su lado—. Algo que va a cambiar las cosas. Algo que quizá te haga querer alejarte de mí.
Leandro la miró, sin inmutarse.
—No voy a alejarme de ti —dijo—. Nunca lo he hecho. Solo he estado esperando a que volvieras.
Y entonces, mientras las hojas caían sobre el estanque del Retiro, Valeria empezó a contarle la verdad. Todo. La hipnosis. Las lagunas. El doctor Meade. Andrea. Jimena. El patrón de sombras que empezaba a revelarse.
Cuando terminó, Leandro no dijo nada. Solo la abrazó. Y en aquel abrazo, Valeria sintió que no estaba sola. Que tenía a alguien que la creía. Alguien que la protegería. Alguien que no la dejaría caer en el pozo sin fondo del que empezaba a asomarse.
—Vamos a hacer esto juntos —dijo Leandro, con la voz firme—. Vamos a descubrir quién es realmente este hombre. Y vamos a detenerlo. Por ti. Por Jimena. Por Andrea. Por todas las mujeres que no han podido hablar.
Valeria levantó la mirada. En sus ojos, vio el reflejo del hombre que había amado. Y supo que, pase lo que pase, no iba a perderlo otra vez.
📌 Enlace externo: Hipnosis forense: cómo se utiliza en investigaciones policiales — Un artículo sobre el uso de la hipnosis en casos judiciales, que contextualiza los peligros de la manipulación mental.
📌 Enlace externo: Casos de abuso de hipnosis en España — Reportaje sobre denuncias reales de malpraxis con hipnosis.
📌 Enlace interno: Capítulo 1: La primera vez que me miraste — Si no has leído el primer capítulo, empieza aquí.
Próximo capítulo: Capítulo 3: Lo que no recuerdo — Valeria descubre que durante sus lagunas ocurrió algo que no puede explicar. Y Leandro, sin saberlo, la ayudará a encontrar la pieza que falta.

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