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La mujer del gato blanco


La sala de la tercera planta era la más fría del hospital. No por la temperatura, sino por la luz. Las ventanas daban al norte, y la luz que entraba era siempre gris, como si el sol no pudiera atravesar los cristales. Allí, en la cama más cercana a la puerta, llevaba tres meses una mujer que debía haber sido muy bella. Tenía los ojos negros, grandes, sombreados; la nariz algo corva, el tipo egipcio. Ahora, sin embargo, la piel se le había vuelto amarillenta y las manos, que antes debían haber sido gráciles, eran dos nudos de venas y huesos.

Nadie sabía su nombre. En el parte médico figuraba como «Paciente 23». Pero los enfermeros la llamaban «la señora del gato». Porque siempre, siempre, había un gato blanco en su regazo. El animal era viejo, con el pelaje descolorido y los ojos de un azul que se estaba volviendo lechoso. No se movía apenas. Se quedaba allí, como una bola de nieve sucia, ronroneando con un sonido que parecía una máquina averiada. La mujer lo acariciaba con las manos temblorosas. Era lo único que hacía. Lo único que le quedaba.

Los médicos, al pasar, decían que el gato era un foco de infección. Que debían retirarlo. Pero nadie se atrevía. No porque la mujer ofreciera resistencia —apenas si hablaba—, sino porque el gato era, de algún modo, lo único que la mantenía con vida. Cuando intentaban separarlo de ella, la mujer empezaba a temblar. Su respiración se volvía rápida, superficial, como la de un animal acorralado. Y los enfermeros, para evitar problemas, dejaban que el gato se quedara.

«El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Pero el pasado, en aquel hospital, no contaba. Solo contaba el presente. Y el presente era una cama fría y una luz gris.»

El médico de guardia se llamaba Castro. Era un hombre alto, delgado, con unas patillas blancas que le daban un aspecto de viejo profesor. Llevaba veinte años en el hospital y no le gustaban ni los gatos ni los pacientes que se aferraban a ellos. «El sentimentalismo es una pérdida de tiempo», solía decir. Y lo decía con una convicción que no admitía réplica.

Una mañana de enero, Castro entró en la sala acompañado de tres alumnos de la facultad. Eran jóvenes, con las batas recién planchadas y las miradas ansiosas de quienes van a aprender. Castro se detuvo junto a la cama de la mujer, que aquel día estaba más pálida de lo normal.

—Este es un caso de inanición progresiva —dijo, con voz de conferencia—. La paciente no come. No habla. No muestra interés por nada. Salvo por el animal.

Los alumnos se inclinaron. La mujer, al verlos, bajó la mirada. Sus manos, mecánicamente, empezaron a acariciar al gato con más intensidad. El animal, sintiendo el cambio, se estiró y maulló débilmente.

—Ese gato —dijo Castro, señalándolo con el dedo— es un problema. No debería estar aquí. No es higiénico. Un animal en una sala de hospital es un foco de infección. Deberíamos deshacernos de él.

La mujer levantó la cabeza. Sus ojos negros se fijaron en el médico. No dijo nada, pero su mirada era tan intensa que los alumnos, instintivamente, dieron un paso atrás.

Castro, sin inmutarse, se volvió hacia el practicante, un hombre joven, con el pelo grasiento y una mancha en la bata.

—Coged a ese gato y matarlo —ordenó, con la misma naturalidad con la que pedía un café.

El practicante dudó. Miró a la mujer, miró al gato, miró a Castro. No había forma de salir bien de aquello.

—Pero, doctor…

—He dicho que lo maten. ¿No me han oído?

El practicante, sin más opción, se acercó a la cama. La mujer apretó al gato contra su pecho. El animal, asustado, empezó a bufar. Los alumnos observaban sin decir nada, con esa mezcla de fascinación y horror que solo los jóvenes pueden sentir.

—No —dijo la mujer, por primera vez en semanas—. No se lo lleven.

Su voz era ronca, áspera, como si las cuerdas vocales se hubieran oxidado. Pero tenía una fuerza que no se esperaba en aquel cuerpo consumido. El practicante se detuvo. Miró a Castro, buscando una orden.

—Cógelo —repitió Castro, con un tono que no admitía réplica.

El practicante extendió las manos. El gato, al verlo, saltó de la cama y corrió hacia la esquina de la sala. La mujer, con un esfuerzo que parecía imposible, se incorporó. Su brazo, delgado como una rama seca, se extendió en dirección al animal.

—¡Mi gato! —gritó. No era un grito de furia. Era un grito de dolor, de esos que no se olvidan.

El practicante y una enfermera —una mujer gorda, con el pelo recogido en un moño— comenzaron a perseguir al animal por toda la sala. El gato, con la agilidad de los viejos, se esquivaba entre las camas, saltaba sobre las mesitas de noche, se metía debajo de los armarios. Los alumnos, sin saber qué hacer, se apartaron contra la pared.

La mujer seguía la caza con la mirada. Sus ojos, que antes habían estado vacíos, ahora estaban vivos. Vivos de desesperación. Y cuando vio que el practicante conseguía agarrar al gato por el lomo, dos lágrimas gruesas, lentas, rodaron por sus mejillas pálidas. No gritó. No pidió ayuda. Solo lloró. Un llanto silencioso, de esos que duelen más que cualquier alarido.

—Y a esta tía —añadió Castro, señalando a la mujer con el mismo desdén con que había señalado al gato—. Llevadla a la guardilla.

La guardilla era una habitación en el sótano, donde se guardaban los viejos aparatos de radiología y los pacientes que ya no tenían remedio. Era el lugar donde se iba a morir. Todos los enfermeros lo sabían.

—A la guardilla —repitió Castro, como si la idea le hubiera gustado—. Allí no molestará a nadie.

En aquel momento, un hombre que estaba sentado en la cama de al lado se levantó. No era un enfermo cualquiera. Era un hombre moreno, de unos cuarenta años, con las manos grandes y los nudillos marcados. Se llamaba Hurtado. Llevaba dos semanas en el hospital, por una úlcera en la pierna, pero nadie sabía bien qué hacía allí. Era de los que no se dejan ver. De los que pasan desapercibidos hasta que dejan de hacerlo.

—¡Canalla! —exclamó Hurtado, acercándose a Castro con el puño levantado—. ¡Idiota!

Castro dio un paso atrás. No esperaba aquella reacción. Sus alumnos, que hasta entonces habían observado en silencio, abrieron los ojos como platos.

—No sea estúpido —dijo un hombre que estaba junto a Castro, un tal Aracil, que siempre andaba detrás del médico como una sombra—. Si no quiere venir aquí, márchese.

—Sí, me voy —respondió Hurtado, sin bajar el puño—. Por no patearle las tripas a ese idiota, miserable.

Y dicho esto, Hurtado se volvió hacia la mujer, que seguía llorando en silencio, y, sin mediar palabra, tomó al gato de brazos del practicante. El animal, que llevaba toda la vida con ella, reconoció en el gesto de Hurtado una intención que no era agresiva. Se quedó quieto, ronroneando.

—Señora —dijo Hurtado, con una voz que no tenía nada de la furia de antes—. Aquí tiene su gato. No se lo va a llevar nadie.

La mujer levantó la mirada. Sus ojos negros, aún húmedos, se encontraron con los de Hurtado. No dijo nada, pero sus manos, temblorosas, se extendieron hacia el animal. Hurtado se lo entregó con cuidado, como quien entrega un objeto frágil.

—No me lo quite —dijo la mujer, con una voz que apenas era un susurro—. Es lo único que me queda.

—No se lo quita nadie —respondió Hurtado, sentándose en la silla junto a su cama—. Mientras yo esté aquí, nadie se lo quita.

Castro, el médico de las patillas blancas, miró la escena con desprecio. Pero no dijo nada. Se limitó a encogerse de hombros, como quien decide que no merece la pena perder el tiempo con aquella gente.

—Vámonos —dijo a los alumnos—. Aquí no hay nada que aprender.

Y salieron. Los alumnos lo siguieron, con las cabezas gachas, como quien ha visto algo que no debería haber visto. La enfermera gorda del moño se quedó un momento en la puerta, dudando, pero al final también se fue.

En la sala, solo quedaron la mujer, su gato, y Hurtado. Los otros pacientes miraban en silencio. Algunos, los más viejos, habían visto muchas cosas en aquel hospital. Pero aquella, quizá, era la primera vez que veían a alguien plantar cara al doctor Castro.

—Gracias —dijo la mujer, después de un largo silencio.

—No tiene que darlas —respondió Hurtado—. Hay cosas que no se hacen, y él las hizo. Y hay cosas que se hacen, y yo las hice. No es más que eso.

La mujer acarició al gato, que ya se había calmado. El animal, con la placidez de los viejos, cerró los ojos y se quedó dormido en su regazo.

—¿Cómo se llama? —preguntó Hurtado, señalando al gato.

—No tiene nombre —respondió ella—. Solo es el gato. Siempre ha sido el gato.

—Entonces le pondremos uno. ¿Qué le parece Nieve?

La mujer sonrió. Era la primera vez que sonreía en tres meses. Y aquella sonrisa, aunque apenas se dibujaba en sus labios, le devolvía a aquel rostro algo de la belleza que había tenido.

—Nieve —repitió—. Es un buen nombre.

Y así, el gato pasó a tener nombre. Y la mujer, que hasta entonces había sido la Paciente 23, empezó a ser alguien. No para los médicos, que seguían pasando de largo, ni para los enfermeros, que la trataban con la misma indiferencia de siempre. Pero para Hurtado, que se sentaba cada día a su lado, y para el gato, que ya no era solo el gato, ella era algo más. Era una mujer que había perdido todo menos un animal, y que, a pesar de todo, seguía allí. Siguía viva.

~ ✦ ~

Los días pasaron. Hurtado, que debía haber sido dado de alta, se quedó. No dijo por qué. Simplemente no se fue. Se sentaba junto a la mujer, a veces sin hablar, a veces contándole historias de su vida. Había sido tornero en una fábrica, antes de que la fábrica cerrara. Había tenido una mujer, pero ella se había ido. No dijo por qué. Y había estado en la cárcel, pero no dijo por qué.

La mujer escuchaba. No preguntaba. Aceptaba las historias como quien acepta una mano tendida.

El gato, que se había acostumbrado a la presencia de Hurtado, empezó a dormir sobre sus pies. Era un gesto de confianza que el hombre, que no había tenido muchos gestos de confianza en su vida, agradecía en silencio.

Una tarde, mientras la luz gris entraba por las ventanas, la mujer habló por primera vez de su pasado.

—Yo también tuve una vida —dijo, con la voz más firme de lo habitual—. Tuve un marido. Tuve una hija. Tuve una casa. Pero el marido se fue, la hija se fue, la casa la perdí. Y solo me quedó él.

Señaló al gato, que dormía plácidamente.

—Y ahora, sin él, no soy nada.

Hurtado no dijo nada. No intentó consolarla con frases hechas. Solo estuvo allí, sentado, escuchando. Y aquello, quizá, fue lo que ella necesitaba.

«La vida, a veces, se reduce a una sola cosa. Una persona, un animal, un recuerdo. Y cuando esa cosa se va, la vida se va con ella. O se queda, como un eco, esperando a que alguien la sostenga.»

Nadie volvió a molestar a la mujer ni a su gato. Castro, al ver que Hurtado seguía allí, decidió que no valía la pena el conflicto. Los alumnos, por su parte, habían aprendido una lección que no estaba en los libros. Y la mujer, poco a poco, empezó a comer. No mucho, pero algo. Y su mirada, que antes estaba vacía, empezó a tener un brillo que no era de fiebre.

Un día, sin previo aviso, Hurtado se fue. No se despidió. Cuando la mujer despertó, la silla junto a su cama estaba vacía. Solo había una nota, escrita en un papel de andar por casa, con una letra torpe pero firme:

«Nieve se quedará contigo. Yo me voy. No se preocupe. Alguien tiene que hacer el bien sin esperar nada a cambio. Eso me enseñó un viejo. Y yo, aunque viejo, aún aprendo.»

La mujer guardó la nota debajo de la almohada. No lloró. Ya había llorado bastante. Acarició al gato, que seguía durmiendo en su regazo, y miró por la ventana. La luz gris del norte seguía entrando, pero aquella mañana no le pareció tan fría.

—Se ha ido —dijo en voz baja, como si el gato pudiera entenderla—. Pero nos ha dejado esto. Nos ha dejado el nombre.

El gato abrió un ojo, la miró con su mirada lechosa, y volvió a cerrarlo. Y la mujer sonrió, por segunda vez, mientras la luz gris se convertía, poco a poco, en luz blanca.

Reflexión final — La mujer del gato blanco no es una historia sobre un gato, ni sobre un médico cruel, ni sobre un hombre que defiende a una desconocida. Es una historia sobre lo que queda cuando todo lo demás se ha ido. Sobre la forma en que un animal, un gesto, un nombre, pueden sostener a una persona cuando ya no tiene nada más que la vida. Y sobre la forma en que, a veces, la bondad no se anuncia. Llega en silencio, se queda el tiempo justo, y se va sin pedir nada a cambio.

Hurtado no era un héroe. Era un hombre que había visto suficiente miseria para saber que, a veces, lo único que se puede hacer es estar. Y estar, en aquella sala fría, fue más que cualquier medicina. Porque la mujer, que había perdido todo, recuperó algo que no sabía que había perdido: la certeza de que alguien, aunque fuera por un momento, la había visto. Y que, aunque se fuera, su gesto quedaba. Como el nombre del gato. Como la luz blanca que, al final, siempre llega.

Cristina · Relatos de realismo y emoción

13Nix

Editora en 13Nix. Para nosotros los relatos son más que papel y tinta: son emoción y descubrimiento.

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