Relatos de Amor Prohibido y Mundos de Fantasía | Romantasy YA

La maldición de las lamias


Las lamias nacen con una maldición que no es un hechizo, sino una naturaleza. Son mitad mujer, mitad serpiente. Pero la parte que las define, la que las convierte en leyenda y en terror, no es su cola escamosa ni sus colmillos. Es su hambre. Un hambre que no es de carne, sino de algo más profundo: de ser vistas, de ser tocadas, de ser amadas sin que el amor se convierta en una trampa. Porque las lamias, según cuentan las historias, devoran a los hombres. Pero lo que nadie dice es que, antes de devorarlos, los han amado con una intensidad que los ha consumido. Y que el devorar, para ellas, no es un acto de maldad. Es un acto de desesperación.

Ella se llamaba Liria, y llevaba siglos huyendo de su propia naturaleza. Había aprendido, con los años, que el amor era un lujo que no podía permitirse. Porque cada vez que amaba, el hambre se despertaba. Y el hambre, cuando se despertaba, no distinguía entre el deseo y la devoración. Así que había decidido no amar. Vivía en los márgenes, en los bosques olvidados, en las cuevas que los humanos evitaban por superstición. Y allí, en la soledad, creía haber encontrado la paz. Pero la paz, para una lamia, es solo el silencio antes de la tormenta.

Él llegó una noche de luna nueva, cuando la oscuridad era tan densa que apenas se distinguían las formas. No era un guerrero ni un cazador. Era un hombre que había perdido el rumbo, que había salido de su aldea en busca de algo que ni siquiera sabía nombrar. Se llamaba Elías, y llevaba la tristeza escrita en los hombros caídos y en la mirada que no miraba hacia adelante, sino hacia adentro. Llegó a la cueva sin saber que estaba habitada, se sentó en la entrada y apoyó la cabeza contra la roca. Y allí, en la penumbra, se dejó vencer por el cansancio.

«El problema de las lamias no es que devoren. Es que devoran porque han amado demasiado. Y el amor, cuando no encuentra respuesta, se convierte en un agujero que todo lo absorbe.»

Liria lo observó desde las sombras. Podía haberlo atacado. Podía haberlo devorado, como su naturaleza le exigía. Pero no lo hizo. Porque en el rostro de aquel hombre había algo que le resultaba familiar. No era el miedo que solían mostrar los humanos cuando la veían. Era una tristeza parecida a la suya. Y esa tristeza, en lugar de despertar su hambre, despertó algo que creía muerto: la curiosidad.

Salió de las sombras lentamente, arrastrando su cola sobre la piedra. Él levantó la cabeza, la vio, y no gritó. No huyó. La miró con una mezcla de cansancio y asombro, como si ella fuera un sueño más en su larga noche de insomnio.

—Eres una lamia —dijo él, con una voz que no temblaba.

—Y tú eres un humano que debería tener miedo —respondió ella, con una voz áspera por el desuso.

—Ya tengo miedo —dijo él, con una sonrisa amarga—. Miedo de mí mismo. De lo que he perdido. De lo que no sé recuperar. Un miedo más no va a cambiar nada.

Liria se quedó en silencio. Aquel hombre no era como los demás. No la veía como una amenaza. La veía como un espejo. Y eso, para una lamia que había pasado siglos siendo vista solo como un monstruo, era más aterrador que cualquier ataque.

—¿Por qué no huyes? —preguntó, con la voz más baja.

—¿A dónde voy a huir? —respondió él—. Llevo años huyendo. Estoy cansado de huir.

Liria sintió que algo se rompía dentro de ella. No era el hambre. Era otra cosa. Una cosa que no sabía nombrar, que no había sentido en siglos. Y en lugar de devorarlo, como su instinto le ordenaba, se sentó a su lado. No demasiado cerca. Pero lo suficientemente cerca para que él pudiera ver que ella también estaba cansada de huir.

Pasaron la noche en silencio. No se tocaron. No hablaron. Solo estuvieron. Y cuando el amanecer tiñó el cielo de colores pálidos, él se levantó, la miró y dijo:

—Voy a volver.

—¿Por qué? —preguntó ella, con la voz quebrada.

—Porque no he tenido miedo. Y eso, para mí, es más de lo que he tenido en mucho tiempo.

Y se fue. Pero, como había dicho, volvió. Y volvió otra vez, y otra. Llevaba fruta y pan, y también preguntas. Y Liria, que había jurado no amar nunca más, se encontró esperando sus visitas con una ansiedad que no recordaba.

~ ✦ ~

Pero el hambre no olvida. Y una noche, cuando él llegó más tarde de lo habitual, Liria sintió que algo se despertaba en su interior. No era el deseo. Era algo más primitivo. Algo que le decía que lo quería tanto que necesitaba poseerlo, consumirlo, hacerlo parte de ella. Y ese impulso, que reconocía como su maldición, la aterrorizó.

—Vete —dijo, con la voz tensa, sin mirarlo.

—¿Qué? —preguntó él, confundido.

—Vete ahora mismo —repitió ella, con un tono que ya no era suyo—. No soy segura. No soy quien crees que soy. Soy una lamia. Y las lamias devoran a los hombres. Es lo que hacemos. Es lo que soy.

Él no se movió. La miró con esa mirada suya, que no juzgaba, que no huía.

—No me voy —dijo él, con una calma que desarmaba—. No me voy porque te conozco. Te conozco desde la primera noche. Y sé que el hambre que sientes no es de carne. Es de amor. Es de ser vista. Es de no tener que esconderte. Y si me devoras, lo entenderé. Pero no voy a dejar que te devores a ti misma.

Liria sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Lágrimas que no había derramado desde que era niña, desde antes de que su madre le enseñara que las lamias no lloran, devoran.

—No entiendes —susurró, con la voz rota—. Si me acerco demasiado, si te quiero demasiado, te haré daño. Es lo que hago. Es lo que siempre he hecho.

—Entonces no te acerques —respondió él, tendiéndole la mano sin llegar a tocarla—. Yo me acercaré a ti. Y si te da miedo devorarme, te esperaré. El tiempo que haga falta. Hasta que el miedo se convierta en otra cosa.

Ella extendió la mano, temblando. Sus dedos rozaron los de él. Y sintió que el hambre, en lugar de crecer, se aquietaba. No desaparecía. Pero ya no era un agujero que lo absorbía todo. Era una presencia, un latido, una posibilidad.

—No sé si puedo cambiar —dijo, con la honestidad de quien ya no tiene nada que perder.

—No te pido que cambies —respondió él—. Te pido que me dejes estar. Y que, si algún día el hambre te vence, me lo digas. Y yo me apartaré. Pero no me iré. Solo me apartaré. Y esperaré a que vuelvas.

«No hay monstruo que no pueda ser amado. Solo hay monstruos que no han encontrado a alguien que se quede el tiempo suficiente para aprender a amarlos.»

Los meses siguientes fueron un aprendizaje mutuo. Liria aprendió que el hambre no se combatía con distancia, sino con presencia. Que cuando él estaba cerca, el vacío se llenaba de otra cosa. Y Elías aprendió que amar a una lamia no era más difícil que amar a cualquier otra persona: solo requería más paciencia, más escucha, y una disposición a no huir cuando las cosas se ponían difíciles.

Hubo noches en que Liria sintió que el hambre la devoraba por dentro. Noches en que se alejaba, en que se escondía en lo más profundo de la cueva, en que le decía «vete, no soy segura». Y él se apartaba. Pero no se iba. Se quedaba en la entrada, esperando. Y cuando ella volvía, con el rostro bañado en lágrimas y el corazón en carne viva, él la recibía como si no hubiera pasado nada. Como si el tiempo fuera un aliado, no un enemigo.

—¿Por qué esperas? —le preguntó una noche, después de una de esas crisis—. ¿Por qué no te vas y buscas a alguien que no te dé miedo?

—Porque el amor no es no tener miedo —respondió él, con su sonrisa tranquila—. El amor es tener miedo y quedarse igualmente. Y yo tengo miedo. Pero me quedo.

Liria lo miró. Y supo que, por primera vez en su larga vida, no estaba sola. Que la maldición de las lamias no era devorar, sino creer que solo podían ser devoradoras. Y que el amor, el amor de verdad, no era un acto de posesión, sino un acto de elección. De elegir quedarse, a pesar de todo.

~ ✦ ~

Pasó el tiempo. La cueva dejó de ser un refugio solitario para convertirse en un hogar compartido. Y una mañana de primavera, cuando las flores del bosque empezaban a abrirse, Liria se sentó en la entrada de la cueva con Elías a su lado. Ya no miraba hacia adentro, hacia el vacío de su maldición. Miraba hacia adelante, hacia un futuro que no sabía qué traería, pero que no le daba miedo.

—He entendido algo —dijo, con la voz serena—. No soy una lamia que devora. Soy una lamia que ama. Y que, por miedo a devorar, dejó de amar. Pero tú me has enseñado que el amor no se devora. Se sostiene. Y yo quiero aprender a sostenerte. Aunque me tiemble la mano.

Él la tomó de la mano, con esa suavidad suya que no exigía nada.

—No tienes que aprender sola —dijo—. Yo también estoy aprendiendo. Y juntos, quizá, podamos inventar una forma de amar que no sea devorar, sino cuidar.

Liria apoyó la cabeza en su hombro. Y sintió que el hambre, la maldición de las lamias, se aquietaba. No desaparecía. Pero ya no era un monstruo. Era una parte de ella que podía ser domesticada, como se domestica a un animal salvaje: con paciencia, con presencia, con amor.

Reflexión final — Esta historia no habla de una lamia. Habla de todas las personas que han creído que su naturaleza las condenaba a hacer daño. De todas las que han sentido un hambre que no es de comida, sino de ser amadas, y que, al no saber cómo saciarla, se han convencido de que son peligrosas. Liria no necesitaba que nadie la salvara de su maldición. Necesitaba que alguien se quedara el tiempo suficiente para que ella aprendiera a convivir con ella.

El amor no es un acto de posesión. Es un acto de elección. Y quien elige amar, a pesar del miedo, a pesar del hambre, a pesar de todo, está diciendo: «Te veo. Y no me voy.» Porque no hay monstruo que no pueda ser amado. Solo hay monstruos que no han encontrado a alguien que se quede el tiempo suficiente para aprender a amarlos. Y ese tiempo, para Liria, llegó en forma de un hombre que no le tenía miedo. Que, en lugar de huir, se quedó. Y que, al quedarse, le devolvió la humanidad que ella creía haber perdido.

Alba Romansy · Romansy emocional con base psicológica

Alba Adey Montenegro

Soy Alba Adey Montenegro, aunque a veces escribo bajo el nombre de Alba Romansy. Soy maestra de profesión y escritora por vocación. Formada en Máster en Escritura Creativa y Magisterio. Me gustan las historias que hablan de amor, de elecciones difíciles, de magia, de pérdidas y de todo aquello que nos cambia por dentro. Escribo romance, fantasía romántica y literatura para jóvenes adultos porque sigo creyendo que los libros son un lugar al que regresar cuando buscamos emoción, aventura o una forma distinta de mirar el mundo. Entre páginas, personajes y cuadernos llenos de notas, continúo persiguiendo historias y, de paso, mis sueños.

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