El día que el tiempo se detuvo
Ella tiene el poder de detener el tiempo. Y un día, en un arrebato de deseo, lo detiene. Y en ese instante, en ese segundo en que el tiempo no existe, lo besa. Cuando el tiempo vuelve a correr, él la mira y le dice: «¿Qué has hecho?»
El tiempo no es una línea recta. Es un río que fluye, que se curva, que a veces se detiene. Y yo, desde que tenía memoria, podía detenerlo. No era algo que hubiera aprendido. Era algo que llevaba dentro, como una segunda piel. Un don que no había pedido. Un poder que no sabía cómo usar. Hasta que lo vi a él.
Era un desconocido, sentado en un banco del parque. Leía un libro. Y en la forma en que pasaba las páginas, en la forma en que fruncía el ceño al leer, en la forma en que el sol se reflejaba en su pelo, vi algo que no había visto nunca. Vi la posibilidad. La posibilidad de un instante que no necesitaba tiempo. Y entonces, sin pensar, sin dudar, sin pedir permiso, detuve el tiempo.
Y el mundo, el mundo que había estado girando, se detuvo.
«El amor, el amor de verdad, no necesita tiempo. Solo necesita un instante.»
— Eva Álvarez
El mundo detenido: el silencio del tiempo
El silencio era absoluto. No había ruido de coches, no había canto de pájaros, no había nada. Solo yo, mi respiración, y el mundo congelado a mi alrededor. Las hojas de los árboles no se movían. El agua de la fuente no caía. El tiempo, el tiempo que había estado corriendo sin pausa, se había detenido. Y en ese silencio, en esa quietud, yo caminaba como quien camina sobre el agua.
Y entonces, lo vi. Sentado en el banco, con el libro abierto en las manos, los ojos fijos en la página, el dedo índice a medio camino de pasar la hoja. Congelado. Como una escultura de sí mismo. Y yo, en la quietud del tiempo detenido, me acerqué a él.
No sabía su nombre. No sabía su historia. Pero en la forma en que su pecho se elevaba, en la forma en que sus dedos descansaban sobre el papel, en la forma en que la luz del sol se posaba sobre su rostro, yo sabía que era él. El hombre que había estado esperando sin saberlo.
💬 La mirada de ella:
«En el tiempo detenido, él era mío. Solo mío. No había nadie más. No había nada más. Solo su rostro, sus manos, su aliento congelado. Y yo, en la quietud del momento, me permití mirarlo sin miedo. Sin vergüenza. Sin prisa.»
El beso robado: el instante de la verdad
Y entonces, sin saber cómo, sin saber cuándo, mis dedos rozaron su mejilla. Su piel, su piel congelada, era fría y cálida a la vez. Y en ese contacto, en ese instante en que mi piel se encontraba con la suya, sentí que el tiempo, el tiempo detenido, se volvía eterno.
Me incliné. Y mis labios, mis labios que habían estado esperando, encontraron los suyos. Y en ese beso, en ese instante que no duraba, que no podía durar porque el tiempo no existía, sentí todo. Sentí el deseo de todos los días que no habíamos vivido. Sentí el amor de todos los días que viviríamos. Sentí que el amor, el amor de verdad, no necesita tiempo. Solo necesita un instante.
Y cuando mis labios se separaron de los suyos, cuando el beso, el beso robado, se convirtió en un recuerdo, supe que no volvería a ser la misma. Porque el amor, el amor de verdad, no se mide en horas. Se mide en intensidad. Y aquel instante, aquel instante robado al tiempo, había sido el más intenso de mi vida.
«El amor no se mide en horas. Se mide en intensidad.»
— Eva Álvarez
El regreso del tiempo: la pregunta que lo cambió todo
Y entonces, el tiempo volvió. El ruido de los coches, el canto de los pájaros, el caer del agua. Todo volvió a su curso. Y él, él que había estado congelado, levantó la mirada. Y me vio. Y en sus ojos, en esa mirada que había visto en la quietud, vi algo que no esperaba: reconocimiento.
—¿Qué has hecho? —preguntó, con una voz que no era la suya.
Y yo, sin saber cómo, sin saber por qué, sonreí. Porque sabía que lo sabía. Que había sentido el beso. Que el tiempo, el tiempo que se había detenido, había dejado una huella en él. Una huella que no podía explicar, pero que podía sentir.
—¿Cómo sabes que he hecho algo? —pregunté, sin apartar la mirada de la suya.
—Porque he sentido algo —dijo él—. Algo que no sé explicar. Algo que no ha pasado en el tiempo. Algo que ha pasado fuera del tiempo.
✧ LO QUE APRENDÍ AQUELLA TARDE
- ☾ Que el amor, el amor de verdad, no necesita tiempo. Solo necesita un instante.
- ☾ Que el cuerpo, el cuerpo que siempre sabe, no necesita explicaciones para sentir.
- ☾ Que el deseo, el deseo que nace en el silencio, es el más intenso de todos.
- ☾ Que el tiempo, el tiempo que se detiene, es el único que realmente nos pertenece.
La pregunta, la respuesta: el amor fuera del tiempo
Y entonces, en el parque, en medio del ruido del mundo que había vuelto a girar, él me miró. Y en sus ojos, en esa mirada que había sentido en el tiempo detenido, vi la pregunta. La misma pregunta que yo me había hecho al besarlo.
—No sé qué has hecho —dijo él—, pero quiero que lo vuelvas a hacer.
Y yo, sin saber cómo, sin saber por qué, volví a detener el tiempo. Y en ese instante, en ese segundo en que el mundo se congeló y solo quedamos nosotros, él me besó. Sin necesidad de saber, sin necesidad de entender, sin necesidad de tiempo.
Porque el amor, el amor de verdad, no necesita tiempo. Solo necesita un instante. Y aquel instante, aquel instante robado al tiempo, era nuestro.
«El amor, el amor de verdad, no necesita tiempo. Solo necesita un instante.»
— Eva Álvarez
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El amor no se mide en horas. Se mide en intensidad.
A veces, un instante es suficiente para cambiar una vida.
