La mujer que recogía recuerdos
Ella recoge recuerdos que la gente pierde. Y un día, encuentra un recuerdo que no es suyo. Un recuerdo de amor. De un hombre que amó a una mujer que ya no está.
Me llamo Iris, y desde que tengo memoria, he podido ver los recuerdos que la gente pierde. No son objetos, ni fotos. Son destellos, imágenes que flotan en el aire, como pequeñas pompas de jabón que se desvanecen si no las atrapas. Yo las atrapo. Las guardo en frascos de cristal, en cajas de madera, en el fondo de mi memoria. No sé por qué hago lo que hago. Solo sé que hay recuerdos que merecen ser guardados.
Y un día, en un banco del parque, encontré uno que no era mío. Un recuerdo de amor. De un hombre que había amado a una mujer con una intensidad que no había visto nunca. Y en ese recuerdo, en ese destello que flotaba en el aire, vi sus ojos, sus manos, su sonrisa. Vi el momento exacto en que se habían conocido, el instante en que él supo que era ella. Y sentí que aquel recuerdo, aquel recuerdo que alguien había perdido, necesitaba ser devuelto.
Y entonces, sin saber cómo, sin saber por qué, decidí encontrarlo.
«El amor no se pierde. Se guarda. Y a veces, solo a veces, el recuerdo más hermoso es el que encuentras en el lugar donde no lo esperabas.»
— Eva Álvarez
El recuerdo encontrado: la huella de un amor
El recuerdo era una imagen nítida, como una fotografía en movimiento. Estaba en una plaza, en una ciudad que no conocía. Había una fuente, y alrededor, árboles viejos. Y en el centro, una mujer. Joven, de pelo oscuro, riendo. Y él, él la miraba como si el mundo se redujera a ella. Y en su mirada, en esa mirada que había visto en el recuerdo, vi el amor. No el amor que se dice. El amor que se siente.
Y entonces, en el recuerdo, ella habló. Y su voz, su voz que no podía oír pero que podía sentir, dijo algo. Y él, sin apartar la mirada, respondió. Y en ese instante, en ese momento en que el recuerdo se hacía presente, entendí que aquel hombre, aquel que había perdido el recuerdo, la había amado con una intensidad que no se olvida. Y que el recuerdo, el recuerdo que había encontrado, era la prueba.
💬 Iris, la guardiana de recuerdos:
«En el recuerdo vi su mirada, su sonrisa, la forma en que sus dedos rozaban los de ella. Vi el amor. El amor que no se dice. El amor que se siente. Y supe que aquel recuerdo, aquel recuerdo que alguien había perdido, necesitaba ser devuelto.»
La búsqueda: encontrar al hombre del recuerdo
No fue fácil. El recuerdo no daba pistas. No había nombres, ni direcciones, ni fechas. Solo la imagen de aquella plaza, de aquella fuente, de aquella mujer riendo. Pero yo, yo que había pasado años recogiendo recuerdos, sabía que los recuerdos siempre dejan una huella. Y aquella, aquella era más profunda que las demás.
Recorrí la ciudad. Pregunté en librerías, en cafeterías, en tiendas de discos. Y un día, en una pequeña librería del centro, una anciana me habló de él. De un hombre que iba siempre a la misma hora, que pedía siempre el mismo libro, que se sentaba siempre en el mismo rincón. Y en su descripción, en la forma en que la anciana hablaba de él, vi el recuerdo. Vi al hombre de la plaza, de la fuente, del amor.
Y entonces, supe dónde encontrarlo.
«Los recuerdos siempre dejan una huella. Y la del amor, la del amor de verdad, es la más profunda de todas.»
— Eva Álvarez
El reencuentro: devolver el amor perdido
Lo encontré en la librería, sentado en el mismo rincón, leyendo el mismo libro. Y en el instante en que lo vi, en el momento en que mis ojos se encontraron con los suyos, supe que era él. Y que el recuerdo, el recuerdo que había encontrado, era suyo. Y que llevaba años esperando a que alguien se lo devolviera.
—Hola —dije, sin saber cómo empezar.
Él levantó la mirada. Y en sus ojos, en esa mirada que había visto en el recuerdo, vi la misma intensidad. La misma luz. El mismo amor.
—¿Te conozco? —preguntó, con una voz que no era la suya.
—No —respondí—. Pero tengo algo que es tuyo. Algo que perdiste hace mucho tiempo.
Y entonces, sin saber cómo, sin saber por qué, extendí la mano. Y en la palma de mi mano, en el espacio vacío, el recuerdo cobró vida. La imagen de la plaza, de la fuente, de la mujer riendo. Y él, al verla, al ver el recuerdo que había perdido, no pudo contener las lágrimas.
✧ LA DEVOLUCIÓN
- ☾ «La perdí» —dijo él, con la voz rota—. «La perdí hace diez años. Y con ella, perdí el recuerdo de cómo la amaba.»
- ☾ «Pero no la perdiste del todo» —respondí—. «El recuerdo, el recuerdo de cómo la amabas, seguía aquí. Esperando a que alguien te lo devolviera.»
- ☾ Y entonces, en la librería, en medio de los libros y del silencio, él abrazó el recuerdo. Y en ese abrazo, en ese instante en que el amor, el amor perdido, volvía a casa, entendí que el amor, el amor de verdad, no se pierde. Se guarda.
Lo que aprendí: el amor no se pierde, se guarda
Y entonces, en el silencio de la librería, mientras él abrazaba el recuerdo, entendí que el amor, el amor de verdad, no se pierde. Se guarda. Se guarda en los recuerdos, en las imágenes, en los instantes que parecen olvidados pero que siempre están ahí, esperando. Y que a veces, solo a veces, el recuerdo más hermoso es el que encuentras en el lugar donde no lo esperabas.
Yo, Iris, la guardiana de recuerdos, había devuelto uno. Y en esa devolución, en ese instante en que el amor volvía a casa, entendí que el amor, el amor de verdad, no se pierde. Se guarda. Y que el recuerdo, el recuerdo que habíamos compartido, era nuestro.
«El amor no se pierde. Se guarda. Y a veces, solo a veces, el recuerdo más hermoso es el que encuentras en el lugar donde no lo esperabas.»
— Eva Álvarez
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El amor no se pierde. Se guarda.
Y a veces, solo a veces, el recuerdo más hermoso es el que encuentras en el lugar donde no lo esperabas.
