Microrrelatos para Leer en 5 Minutos | Historias Cortas y Adictivas

Las reglas del juego y por qué las rompí todas

Él me pidió que no me enamorara. Fue lo único que me pidió. Y yo acepté. Pero el amor, querido lector, no obedece a reglas.

Y yo, que siempre había sido tan buena siguiendo las normas, rompí todas las que él me puso. Una por una. Hasta que ya no hubo reglas. Hasta que solo quedaron nosotros y un deseo que no debería haber nacido.

La primera regla fue la más fácil de romper: «No te enamores». Era una regla absurda, porque el amor no se elige. El amor te elige a ti. Y yo, querido lector, fui elegida. Elegida por él, elegida por el deseo, elegida por la pasión. Y en ese instante, en ese instante en que el amor me eligió, supe que no podía hacer nada para detenerlo. Era mío. Era algo que me pertenecía, algo que se había instalado en mi pecho sin pedir permiso. Y no podía, no quería, no iba a luchar contra ello.

⚡ LA PRIMERA REGLA

«No te enamores», me dijo. Y yo, con una sonrisa que no era una sonrisa, le prometí que no lo haría. Pero el amor, no entiende de promesas. El amor es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos. Y el mío, el mío se instaló en él. Y no se fue.

Recuerdo la primera vez que rompí aquella regla. Fue una noche en la que la luna se reflejaba en el agua como un camino de plata. Estábamos solos, en un lugar donde nadie podía vernos. Y entonces, él me miró. Y en su mirada, en esa mirada que había conocido tan bien, vi algo que no esperaba: vulnerabilidad. Y en esa vulnerabilidad, en ese instante en que él, el que siempre había estado en control, se mostró frágil, entendí que el amor no se elige. Se siente.

«El amor no entiende de reglas. El amor es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos. Y el mío, el mío se instaló en él. Y no se fue.»

La segunda regla fue más difícil de romper: «No me toques». Pero el deseo, el deseo no entiende de reglas. El deseo es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos. Y el mío, el mío se instaló en él. Y en esa instalación, en ese instante en que el deseo se convirtió en necesidad, supe que no podía, no quería, no iba a detenerme.

✦ EL DESEO

Y entonces, lo toqué. No fue un gesto planeado. Fue una rendición. Fue dejar caer todas las barreras, todos los «no debería», todas las advertencias. Fue rendirme al abismo, cerrar los ojos y saltar. Y en ese salto, en esa caída libre, entendí por qué el deseo, el deseo prohibido, es tan adictivo. No es solo el deseo. Es la transgresión. Es el saber que estás haciendo algo que no deberías. Es la adrenalina de lo clandestino. Es la intensidad de un toque que sabe a peligro.

Y él, querido lector, él no me detuvo. No pudo. Porque el deseo, el deseo que había estado conteniendo, también se desbordó. Y en ese desborde, en ese instante en que sus manos encontraron las mías, entendí que el amor no se negocia. Se siente. Y el mío, el mío lo sentía todo. Lo sentía con una intensidad que me asustaba. Lo sentía con una certeza que no dejaba lugar a dudas.

El cuerpo no miente. La mente se equivoca, se engaña, se inventa excusas. Pero el cuerpo… el cuerpo siempre sabe. Y el mío, sabía que lo quería. Y lo quiso. Y lo sigue queriendo. Aunque las reglas, las reglas que él me puso, hayan sido rotas una por una. Aunque el deseo, el deseo que nos unió, nos haya separado. Aunque el amor, el amor que sentí, siga siendo mío.

La tercera regla fue la más difícil de todas: «No me digas que me quieres». Pero el amor, el amor no entiende de reglas. Y yo, yo que había roto todas las demás, también rompí esta. Porque el amor, el amor de verdad, no se calla. El amor se grita. Y yo, querido lector, lo grité. Lo grité en una noche de lluvia, en la que el mundo se detuvo y solo existíamos nosotros. Lo grité con todas mis fuerzas, con todo mi ser, con toda mi alma.

☾ LA CONFESIÓN

—Te quiero —dije. Y en ese instante, en el momento exacto en que las palabras salieron de mi boca, sentí una liberación que no había sentido nunca. Era como si el peso de los años, el peso de las reglas, el peso de las promesas, se hubiera desvanecido. Y él, él me miró. Y en su mirada, en esa mirada que había conocido tan bien, vi algo que no esperaba: alivio.

Porque él, querido lector, él también las había roto. Todas las reglas. Una por una. Y en ese instante, en ese instante en que nuestras miradas se encontraron y nuestras almas se reconocieron, entendí que el amor no se negocia. El amor se siente. Y el nuestro, el nuestro lo sentía todo. Lo sentía con una intensidad que nos asustaba. Lo sentía con una certeza que no dejaba lugar a dudas.

El amor no entiende de reglas. El amor no pide permiso. El amor es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos. Y el nuestro, el nuestro se instaló en nosotros. Y no se fue.

Y entonces, en ese instante, en el momento exacto en que todas las reglas se habían roto, entendí que el amor no se encuentra. El amor irrumpe. Y cuando irrumpe, ya no hay manera de cerrar la puerta. Y nosotros, habíamos abierto la puerta. Y no queríamos, no podíamos, no íbamos a cerrarla.

✦ LA TRANSGRESIÓN ✦

Y ahora, querido lector, ya no hay reglas. Ya no hay límites. Ya no hay nada que nos detenga.

El amor, el amor que sentimos, es nuestro. Y no hay regla, no hay promesa, no hay nada que pueda cambiarlo.

—Nunca te dejaré —susurro, mientras lo abrazo.

Y esta vez, no es una promesa. Es una certeza.

El amor, querido lector, no entiende de reglas. El amor es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos. Y el nuestro, el nuestro se instaló en nosotros. Y no se fue. Y aunque el tiempo pase, aunque las circunstancias cambien, aunque el mundo se derrumbe, el amor, el amor que sentimos, seguirá siendo nuestro.

Y yo, querido lector, sigo rompiendo reglas. Porque el amor, el amor que siento, no entiende de límites. No entiende de promesas. No entiende de nada que no sea él. Y en esa certeza, en esa convicción, encuentro mi libertad.

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Si alguna vez has roto las reglas por amor, esto es para ti.

El amor no entiende de reglas. El amor es un animal salvaje que se cuela en la cama, que se instala en la piel, que se queda a vivir en el fondo de los ojos.

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📖 Eva Álvarez · 13nix
⏱️ Lectura: 10 min
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Eva Álvarez i Sanz

Soy Eva Álvarez i Sanz, escritora apasionada por las historias que exploran las emociones, los vínculos humanos y los caminos inesperados que marcan una vida. Me atraen los personajes complejos, los secretos, los anhelos y los momentos capaces de cambiarlo todo. Escribo para quienes buscan emocionarse, reflexionar y sumergirse en relatos que permanecen en la memoria mucho después de la última página. Mi vocación es crear historias que entretengan, conmuevan y acompañen al lector.

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