El mensaje que borraste antes de leerlo
Ella ve el mensaje. Lo ve aparecer y desaparecer en la pantalla. Solo le da tiempo a leer tres palabras: «Siempre te he…». Y entonces, él lo borra.
Fue un martes. A las tres de la madrugada. Esa hora en la que el mundo está en silencio y los pensamientos se vuelven más nítidos, más afilados, más peligrosos. Esa hora en la que uno se atreve a decir lo que durante el día se calla. Esa hora en la que él escribió el mensaje.
Y ella lo vio. Lo vio aparecer en la pantalla de su móvil, con el nombre de él iluminando la oscuridad de su habitación. Y su corazón, su corazón que llevaba años esperando ese mensaje, dio un vuelco.
Pero entonces, el mensaje desapareció. Borrado. Como si nunca hubiera existido. Solo le dio tiempo a leer tres palabras: «Siempre te he…».
«El arrepentimiento no duele por lo que hiciste. Duele por lo que no te atreviste a hacer.»
— Eva Álvarez
Ella, después del mensaje: la espera que nunca termina
Ella pasó el resto de la noche mirando la pantalla. Esperando que el mensaje volviera a aparecer. Esperando que él escribiera otra vez. Esperando que las tres palabras, esas tres palabras que habían quedado suspendidas en el aire, se completaran.
Pero no volvió. Nunca volvió.
Y ella, en el silencio de su habitación, empezó a imaginar cómo terminaba aquella frase. «Siempre te he…» ¿Querido? ¿Amado? ¿Extrañado? ¿Esperado? ¿Recordado? Las posibilidades eran infinitas. Y cada una de ellas era una herida.
Porque no saber, no saber cómo terminaba aquella frase, era peor que cualquier rechazo. El rechazo duele, pero termina. La duda, la duda, se queda para siempre.
Y ella, con la pantalla apagada en la mano, entendió que aquel mensaje, aquel mensaje que no llegó a completarse, la acompañaría toda la vida.
✧ LAS POSIBILIDADES QUE LA PERSIGUIERON
- ☾ «Siempre te he querido.» La más esperada. La que le habría devuelto la vida.
- ☾ «Siempre te he amado.» La más profunda. La que le habría abierto el corazón.
- ☾ «Siempre te he extrañado.» La más dolorosa. Porque significaba que él también la recordaba.
- ☾ «Siempre te he esperado.» La más esperanzadora. Pero también la más cruel.
- ☾ «Siempre te he recordado.» La más real. La que sabía que era verdad.
Él, después del mensaje: el arrepentimiento que nunca se va
Él lo escribió con las manos temblorosas. Con el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo a través de la pantalla. Lo escribió porque no podía más. Porque llevaba años guardando aquella frase, y ya no podía seguir guardándola.
Pero entonces, el miedo. El miedo a su respuesta. El miedo a que ella no sintiera lo mismo. El miedo a que aquella frase, aquella frase que llevaba años esperando, lo destruyera.
Y entonces, la borró. En el mismo instante en que la envió. Como si pudiera deshacer lo que ya había hecho.
Pero el arrepentimiento, el arrepentimiento, no se borra con un click. Y él, con la pantalla apagada en la mano, entendió que acababa de cometer el error más grande de su vida. No por haber escrito el mensaje. Sino por haberlo borrado.
💬 La confesión de él:
«La escribí con las manos temblorosas. La envié sin pensar. Y en el mismo instante en que la envié, la borré. Porque tenía miedo. Miedo de que ella no sintiera lo mismo. Miedo de que aquella frase, aquella frase que llevaba años guardando, me destruyera. Pero el arrepentimiento, el arrepentimiento, no se borra con un click.»
El reencuentro: cuando las palabras no dichas se encuentran
Pasaron cinco años. Cinco años desde aquel mensaje que nunca se completó. Cinco años en los que ella se preguntó cómo terminaba aquella frase. Cinco años en los que él se arrepintió de haberla borrado.
Y entonces, se encontraron. En una cafetería. Por casualidad. Como si el destino, ese viejo amigo, hubiera decidido darles una segunda oportunidad.
—Hola —dijo ella, con la voz temblorosa.
—Hola —respondió él, sin saber qué más decir.
Y entonces, en ese instante, en ese momento en que las palabras no sabían cómo salir, ella lo dijo. Lo dijo con una calma que no sentía.
—¿Cómo terminaba aquella frase?
Él la miró. Y en sus ojos, en esa mirada que había visto tantas veces, ella vio el arrepentimiento. Vio la respuesta que había estado esperando cinco años.
—«Siempre te he querido» —respondió él, con la voz rota—. Y nunca me atreví a decírtelo.
«A veces, las palabras que no decimos son las que más pesan. Y a veces, cuando por fin las decimos, ya es tarde. Pero a veces, solo a veces, el destino nos da una segunda oportunidad.»
— Eva Álvarez
La respuesta: cuando el miedo se convierte en verdad
Y entonces, ella se levantó. Y en ese instante, en ese momento en que todo parecía perdido, ella se acercó a él. Y su boca, su boca que había estado cinco años sin decir la verdad, susurró:
—«Siempre te he esperado.»
Y en ese instante, en ese instante en que las palabras, las palabras que habían estado cinco años sin decirse, por fin se encontraron, todo cambió. El miedo desapareció. La duda se disipó. Y el amor, el amor que había estado esperando cinco años, por fin se hizo verdad.
Porque el amor, el amor de verdad, no muere por un mensaje borrado. Espera. Y cuando llega el momento, se encuentra.
«El amor no muere por un mensaje borrado. Espera. Y cuando llega el momento, se encuentra.»
— Eva Álvarez
Lo que queda después del reencuentro: la verdad que siempre estuvo ahí
Y entonces, en la cafetería, en medio del ruido de las tazas y las conversaciones, se abrazaron. Y en ese abrazo, en ese instante en que sus cuerpos se encontraron después de cinco años, entendieron que el amor, el amor de verdad, no se borra con un click.
El miedo, el miedo que él había sentido aquella noche, se había desvanecido. La duda, la duda que ella había sentido durante cinco años, se había disipado. Y solo quedaba la verdad. La verdad que siempre había estado ahí, esperando a ser dicha.
—Nunca borres un mensaje que diga te quiero —susurró ella, sin soltarlo.
—Nunca volveré a hacerlo —respondió él.
Y entonces, en ese instante, en ese momento en que las palabras, las palabras que habían estado cinco años sin decirse, por fin se encontraron, supieron que el amor, el amor de verdad, no necesita pantallas. Necesita valentía.
✧ LO QUE APRENDIMOS DE AQUEL MENSAJE
- ☾ Que el miedo, el miedo a decir lo que sientes, es más peligroso que cualquier rechazo.
- ☾ Que el arrepentimiento, el arrepentimiento de no haber dicho lo que sentías, no se borra con un click.
- ☾ Que el amor, el amor de verdad, espera. Y cuando llega el momento, se encuentra.
- ☾ Que las palabras, las palabras que no decimos, son las que más pesan.
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El arrepentimiento no duele por lo que hiciste. Duele por lo que no te atreviste a hacer.
Nunca borres un mensaje que diga te quiero. Las palabras no dichas son las que más pesan.
