Historias de Misterio y Suspenso | Thriller Psicológico

BAJO CONTROL CAPÍTULO 6 ·El final del juego



La carretera que subía a la sierra de Guadarrama se perdía entre pinos y niebla. Valeria miraba por la ventanilla del coche, con el papel de Diego Bowen en la mano y el corazón latiéndole con fuerza. No sabía lo que les esperaba al final de aquel camino. Pero sabía que no podía dar marcha atrás.

—¿Crees que estará allí? —preguntó Leandro, con los ojos fijos en la carretera.

—Sí —respondió ella, con la voz firme—. Estará allí. Porque quiere verme. Quiere demostrarme que puede controlarme incluso ahora.

Leandro apretó el acelerador. No necesitaba más palabras. Había una tensión en el aire que ninguno de los dos quería nombrar. La tensión de quien se acerca al borde de un abismo y no sabe si va a saltar o a caer.

La casa apareció al doblar una curva, escondida entre los árboles como un secreto que no quería ser descubierto. Era una construcción antigua, de piedra, con ventanas cerradas y persianas bajadas. Parecía vacía. Pero Valeria sabía que no lo estaba.

—Es aquí —dijo, con la voz apenas un susurro.

Aparcaron a cierta distancia, para no ser vistos. Caminaron por el sendero de tierra que llevaba hasta la puerta principal. El silencio era absoluto. Solo el viento movía las hojas de los pinos, como un susurro de advertencia.

—¿Estás lista? —preguntó Leandro, tomándole la mano.

—Sí —respondió ella, apretándole los dedos—. Estoy lista para terminar con esto.

Golpeó la puerta. No hubo respuesta. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza. Y entonces, la puerta se abrió lentamente, como si alguien la hubiera estado esperando.

El doctor Meade estaba al otro lado, con la misma sonrisa tranquila de siempre. Llevaba una chaqueta de tweed y las manos metidas en los bolsillos. Parecía un hombre que acababa de salir de una conferencia, no un depredador que acechaba en la oscuridad.

—Valeria —dijo, con la voz grave y rítmica—. Sabía que vendrías. Siempre has sido mi mejor obra.

Ella sintió que el cuerpo se le tensaba. Pero no retrocedió. No iba a darle ese placer.

—No soy tu obra, Meade —respondió, con la voz firme—. Soy la mujer que ha venido a destrozarte.

Él soltó una risa suave, casi paternal.

—¿Y crees que puedes? ¿Crees que puedes conmigo? Llevo años perfeccionando mis técnicas. Años estudiando el cerebro humano. Tú no eres más que un experimento, Valeria. Un experimento que ha salido mejor de lo que esperaba.

Leandro dio un paso al frente.

—No le hagas caso —dijo, con la voz tensa—. Solo intenta manipularte. No dejes que te llegue.

Meade sonrió.

—Ah, Leandro. Siempre tan protector. Siempre tan… predecible. ¿Crees que puedes protegerla de mí? ¿Crees que puedes borrar lo que ya he hecho?

—No necesito borrarlo —dijo Valeria, con la voz que no temblaba—. Necesito que pague por ello.

Y entonces, sin que nadie esperara, Iván apareció detrás de ellos, con una cámara de vídeo en la mano y una sonrisa de triunfo en el rostro.

—La prueba, Meade —dijo el periodista—. La he estado grabando todo. Cada palabra. Cada confesión. Esto va a salir en todos los periódicos de España.

Por primera vez, la sonrisa de Meade se borró. Sus ojos se endurecieron, y algo parecido al miedo cruzó su rostro.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo, con la voz cortante.

—Lo sé perfectamente —respondió Iván—. Estoy haciendo mi trabajo. Y tú, doctor, vas a pagar por todo lo que has hecho.

Pero Meade no se rindió tan fácilmente. Su mirada se fijó en Valeria, y su voz se volvió hipnótica, rítmica.

—Valeria, escúchame. No quieres hacer esto. No quieres que esto salga a la luz. No quieres que el mundo sepa que has sido manipulada. No quieres que sepan que has sido… débil.

Ella sintió que el nudo en su pecho se apretaba. Su voz, su maldita voz, volvía a hacer efecto. Pero entonces, sintió la mano de Leandro apretando la suya. Y supo que no estaba sola.

—No soy débil —dijo, con la voz firme—. Y no voy a dejarte controlarme. Ni a mí ni a nadie más.

—Entonces —dijo Meade, con una sonrisa fría—. Tendré que usar métodos más drásticos.

De repente, un hombre salió de las sombras. Un hombre de unos sesenta años, con el pelo blanco y la mirada vacía. Xavier Sullivan. El mentor de Meade. El hombre que había desaparecido hacía décadas.

—Valeria —dijo Sullivan, con una voz que era un eco de la de Meade—. No sabes lo que has hecho. Has despertado algo que no puedes controlar.

Pero ella no le tuvo miedo. No a él. No a ninguno de ellos. Porque había visto la verdad. Y la verdad, una vez vista, no se olvida.

—No puedo controlarlo —dijo, mirando fijamente a Sullivan—. Pero puedo enfrentarlo. Y voy a hacerlo. Por mí. Por Andrea. Por todas las mujeres que no han podido hablar.

Dio un paso adelante, y, para sorpresa de todos, se giró hacia Leandro, lo besó con pasión, y luego se separó lentamente, con una sonrisa que era todo lo que él necesitaba ver.

—Te quiero, Leandro. Y ahora, voy a terminar con esto.

Y entonces, la policía llegó. No porque alguien los hubiera avisado, sino porque Iván, el periodista, había preparado el terreno. Tenía contactos, pruebas, y una historia que nadie podía ignorar.

—Hay una orden de registro —dijo el agente que se acercó a Meade—. Y una orden de detención. Doctor, está usted arrestado.

Meade no opuso resistencia. Solo miró a Valeria con una mezcla de rabia y admiración.

—Has ganado —dijo, en voz baja—. Pero el juego no ha terminado.

—Para ti, sí —respondió ella, con la voz fría—. Para ti, el juego ha terminado.

Mientras se llevaban a Meade y a Sullivan esposados, Valeria sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros. No era el final de todo. Pero era el final de aquel capítulo. El principio de un nuevo comienzo.

Leandro la abrazó. Y en ese abrazo, ella supo que todo había valido la pena. El dolor, el miedo, las lagunas. Todo había sido necesario para llegar hasta allí. Hasta él. Hasta el amor que nunca se había ido.

—¿Y ahora qué? —preguntó, con la cabeza apoyada en su pecho.

—Ahora, vivimos —respondió él—. Vivimos la vida que siempre merecimos. Juntos.

Y mientras el sol se ponía sobre la sierra de Guadarrama, dos personas que habían estado rotas empezaron a reconstruirse. Juntas. Para siempre.


📌 Enlace interno: Capítulo 3: Lo que no recuerdo

📌 Enlace interno: Capítulo 4: La seda de la memoria

Gracias por leer «Bajo control» — Esta novelette ha llegado a su fin. Si te ha gustado, compártela con quien creas que puede disfrutarla. Y recuerda: el amor verdadero siempre encuentra el camino.

Alba Romansy · Novelette por entregas · «Bajo control» · Fin

Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *