La chica que alquilaba novios para las cenas familiares
La chica que alquilaba novios para las cenas familiares
Extracto: Clara alquilaba novios para sobrevivir a las cenas familiares. Todo funcionaba hasta que uno de ellos dejó de actuar.
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Clara alquiló a su primer novio un jueves por la noche, después de que su madre le enviara el cuarto mensaje de la semana preguntándole si iba a ir sola al cumpleaños de la abuela.
No estaba sola. Tenía veinticinco años, un trabajo que le ocupaba demasiadas horas, una habitación llena de libros, dos amigas fiables, una colección de vestidos negros y una vida privada que, para su familia, resultaba escandalosamente insuficiente porque no incluía un hombre sentado a su lado en las comidas de domingo.
Su madre no lo decía con maldad. Lo decía con una delicadeza irritante.
—Cariño, solo quiero verte acompañada.
—Voy acompañada de mí misma.
—Eso está muy bien para una taza de café. No para una boda.
Clara había aprendido a respirar antes de contestar. A veces respiraba tanto que terminaba sin decir nada.
La web apareció en una búsqueda absurda. Parejas para eventos. Acompañantes sociales. Presencia elegante. Discreción absoluta. Perfiles verificados. Sin contacto posterior. Sin implicación emocional. Clara leyó esas frases con una mezcla de vergüenza, diversión y una curiosidad que le impidió cerrar la pestaña.
Había hombres para cenas de empresa, bodas, funerales, inauguraciones, presentaciones familiares y viajes breves. Cada perfil incluía edad, estudios, idiomas, aficiones y especialidad. Médico cordial. Arquitecto reservado. Músico encantador. Emprendedor discreto. Profesor universitario. Deportista educado. Actor.
Actor.
Clara pensó que su familia llevaba años actuando una versión de la felicidad doméstica, de modo que contratar a un profesional no le pareció una desviación excesiva.
El primero se llamó Bruno durante tres horas. En realidad se llamaba Daniel, aunque la agencia le permitió elegir el nombre de personaje. Clara le pidió que fuera sencillo, correcto, amable con los mayores y poco ambicioso con las muestras de afecto.
—¿Cuánto tiempo llevamos juntos? —preguntó él, revisando las notas en el portal de casa de sus padres.
—Tres meses.
—¿Dónde nos conocimos?
—En una librería.
—Buen detalle.
—No improvises poesía.
—Entendido. ¿Beso al entrar?
Clara lo miró con severidad.
—Ni se te ocurra.
Daniel sonrió.
—Novio tímido.
—Novio con instinto de supervivencia.
Funcionó tan bien que Clara sintió rabia. Su madre sirvió canelones con una felicidad indecente. Su padre preguntó a Daniel por fútbol, por impuestos y por el precio de los pisos. Su abuela le tocó la mano y anunció que tenía mirada de buen chico. Las tías hablaron entre ellas en la cocina con un volumen deliberadamente audible.
—Este me gusta.
—Demasiado guapo.
—Eso no es un defecto.
—Para Clara sí. Ella siempre complica lo sencillo.
Clara bebió agua y sonrió con una precisión de actriz barata. Daniel le tomó la mano debajo de la mesa, solo un segundo, para ayudarla a sostener la escena. Ella agradeció el gesto y al mismo tiempo lo detestó. Había pagado por esa calma. Eso la humillaba un poco.
Después vino Mateo, que fingió ser diseñador gráfico y cayó mal porque corrigió a su padre en una discusión sobre política municipal. Luego apareció Leo, que dijo ser chef y ganó puntos al preparar café. Más tarde, Iván, un falso abogado que su madre adoró hasta que él pronunció la palabra criptomonedas tres veces.
Durante cuatro meses, Clara llevó un hombre distinto a cada comida importante. La familia empezó a creer que su vida sentimental era deslumbrante, intensa, difícil de seguir.
—Hija, tienes muchísimo éxito —le dijo su madre una tarde.
—No tanto. Ninguno dura.
—Es que tú eres muy exigente.
—Por fin coincidimos.
Una mentira repetida con método acaba creando una rutina. Y toda rutina termina pidiendo una persona fija.
Gabriel no estaba entre los perfiles destacados. Su fotografía era sobria, sin sonrisa comercial. Treinta años. Actor de teatro. Inglés, francés, catalán. Especialidad: contextos familiares complejos. Clara se detuvo en esa frase.
Le escribió a la agencia.
Necesito a alguien para una comida de domingo. Familia muy invasiva. Debe ser tranquilo, convincente, afectuoso sin resultar excesivo.
La respuesta llegó una hora después.
Gabriel puede aceptar el servicio. Solicita una llamada previa de diez minutos.
Clara dudó. Los otros no habían pedido nada. Aceptó por irritación y por curiosidad.
Gabriel llamó a las nueve.
—Clara.
—Sí.
—Soy Gabriel. Antes de aceptar necesito saber una cosa.
—¿La alergia alimentaria? Mi madre pone almendras en sitios imprevisibles.
Él rió con discreción.
—No. Necesito saber qué necesitas exactamente. ¿Un novio convincente o alguien que te haga sentir tranquila durante tres horas?
Clara se quedó sin respuesta. La pregunta entró demasiado hondo para una transacción de domingo.
—Necesito que mi familia deje de mirarme con lástima.
—Eso puedo hacerlo.
—¿Así de fácil?
—No he dicho fácil. He dicho que puedo hacerlo.
—¿Y qué personaje vas a interpretar?
—El mínimo necesario.
—Eso no me sirve.
—Sí te sirve. Tu familia no necesita un currículum. Necesita ver que no estás a la defensiva.
Clara apretó el móvil.
—¿Siempre analizas a las clientas?
—Solo cuando me dan material en los primeros treinta segundos.
—Qué desagradable.
—Un poco.
—Te contrato.
—Lo suponía.
El domingo llegó con una camisa blanca, chaqueta azul y ninguna prisa. No intentó besarla. No preguntó dónde debía tocarla. Se limitó a mirarla antes de llamar al timbre.
—Respira.
—No empieces.
—Ya has empezado tú. Tienes la mandíbula tensa desde que he llegado.
—¿Cobras también por ser insoportable?
—Es cortesía.
La puerta se abrió. Su madre apareció con un delantal y una emoción indecorosa.
—Tú debes de ser Gabriel.
—Y usted Carmen. Clara me ha hablado mucho de sus arroces.
Clara lo miró. Ella jamás le había hablado de los arroces. Gabriel no se inmutó.
—Pasa, pasa. Qué educado.
—Gracias por recibirme.
A los siete minutos, su padre ya le estaba enseñando una grieta del balcón. A los doce, la abuela le había preguntado si quería tener hijos. A los veinte, Gabriel cortaba pan en la cocina mientras su madre le contaba que Clara de pequeña escribía obras de teatro y obligaba a sus primos a representarlas.
—No necesitaba obligarlos —dijo Clara desde la puerta—. Tenía autoridad artística.
Gabriel la miró con una luz divertida.
—Eso explica muchas cosas.
—No te acostumbres a hacer equipo con mi madre.
—Está ganando.
—Siempre gana.
La comida fue distinta. Clara lo notó con una incomodidad creciente. Gabriel no intentaba seducir a nadie. Escuchaba. Respondía sin adornarse. Cuando su tío hizo una broma pesada sobre las mujeres que trabajaban demasiado, Gabriel no se rio.
—Clara trabaja mucho porque es buena —dijo con naturalidad—. Eso no debería sorprender a nadie.
La mesa guardó un silencio breve. Clara bajó la vista al plato. Aquella defensa no figuraba en el contrato.
Lo peligroso de Gabriel no era que fingiera bien. Lo peligroso era que a veces parecía no fingir.
Al salir, Clara caminó con él hasta la esquina.
—Has improvisado demasiado.
—Tu tío lo necesitaba.
—Yo no te pedí que me defendieras.
—No. Me pediste que te hiciera sentir tranquila durante tres horas.
—No dije eso.
—Lo dijiste con otras palabras.
Clara quiso contestar algo afilado, brillante, definitivo. No encontró nada. Gabriel sacó el móvil.
—La agencia te enviará la factura.
—Qué romántico.
—No me pagan por romanticismo.
—Menos mal.
Él sonrió y se marchó. Clara lo observó alejarse con una molestia que no supo clasificar.
No quería volver a contratarlo.
Lo contrató el domingo siguiente.
Y el otro.
Y el siguiente.
Su familia empezó a adorarlo con una velocidad humillante. Su madre guardaba su cerveza favorita. Su padre lo llamaba para preguntarle por una estantería que nunca terminaba de instalar. Su abuela le enseñó fotografías antiguas. Sus tías dejaron de preguntar si aquello iba en serio porque ya lo daban por ganado.
Clara, en cambio, empezó a perder terreno.
Esperaba sus llamadas previas. Elegía la ropa con una atención que la ofendía. Guardaba frases para decirle, anécdotas que podían hacerlo reír, pequeñas quejas que él escuchaba con una paciencia peligrosa.
La cuarta vez, al despedirse, Gabriel no se marchó enseguida.
—No podrás volver a contratarme la semana que viene.
—¿Por qué?
—Norma de la agencia. Máximo cuatro servicios consecutivos con el mismo acompañante.
Clara sintió una punzada de orgullo herido.
—Perfecto. Cambiaré de novio. Tengo experiencia.
—Sí.
—No pareces muy afectado.
—Estoy trabajando.
—Claro.
Gabriel la miró en silencio.
—Eso era lo que querías recordar, ¿verdad?
Clara se cruzó de brazos.
—Buenas noches, Gabriel.
—Buenas noches, Clara.
Durante dos semanas no lo vio. Contrató a otro chico para una comida familiar y fue un desastre. Se llamaba Álvaro, hablaba demasiado alto y llamó señora a su hermana mayor. Su madre lo miró con sospecha desde el primer plato.
—No te pega —dijo al acompañarla a la cocina.
—No sabía que mi vida amorosa tuviera control de calidad.
—Ese chico no te mira.
Clara casi dejó caer la bandeja, aunque logró sostenerla.
—Mamá.
—Gabriel sí te miraba.
—Gabriel no está.
—Ya lo veo.
—No empieces.
Carmen bajó la voz.
—Hija, yo no sé qué haces. No soy tonta. Tampoco necesito saberlo todo. Solo te digo una cosa: cuando alguien te permita descansar, no lo trates como una amenaza.
Clara se quedó muy quieta. Su madre salió de la cocina con la bandeja de postres y ella tardó unos segundos en seguirla.
Aquella noche abrió la web de la agencia. El perfil de Gabriel aparecía como no disponible.
No disponible.
La frase le pareció una insolencia.
Pasaron tres días. El jueves, al salir del trabajo, lo vio frente a una cafetería del Eixample. Llevaba una chaqueta oscura y un pequeño corte junto a la ceja. Estaba hablando con una chica de pelo corto, elegante, furiosa.
Clara debió seguir caminando. Se detuvo.
La chica dijo algo que no alcanzó a oír. Gabriel respondió con calma. Ella lo empujó en el pecho con dos dedos, sin fuerza, con rabia íntima. Después se marchó.
Gabriel levantó la vista y la vio.
No sonrió.
Clara cruzó la calle.
—No disponible —dijo.
Él tardó un segundo en entender.
—Ah.
—Gran respuesta.
—No estoy trabajando.
—Ya lo veo. ¿Te has peleado con una clienta?
Gabriel se tocó el corte de la ceja.
—Con mi novia.
Clara sintió que la frase le llegaba tarde y mal.
—Tu novia.
—Sí.
—Qué práctico. Interpretas novios ajenos y tienes una en casa.
—No estaba en casa.
—No era una pregunta logística.
Él respiró hondo.
—Se llama Inés. Nuestra relación llevaba meses terminando.
—Qué frase tan limpia para algo sucio.
—No te debo explicaciones.
—No. Me debes una actuación coherente.
—Clara.
—¿Qué?
—No todo lo que sentiste fue actuación.
Aquello fue mucho peor que una disculpa.
—No hables de lo que sentí.
—Entonces habla tú.
—Yo te pagaba.
—Sí.
—Mi familia te pagaba con cariño involuntario.
—Sí.
—Y tú aceptabas.
—Sí.
Clara dio un paso atrás.
—Me das asco cuando eres honesto.
Gabriel bajó la mirada. No fingió ofensa. Eso la enfadó más.
—Tienes razón.
—No quería tener razón.
Se marchó sin esperar respuesta. Esa noche bloqueó la web de la agencia desde el navegador, borró los correos y se prometió no volver a llevar a nadie a las comidas familiares.
El domingo siguiente fue sola.
Su madre abrió la puerta y no preguntó nada. Su padre tampoco. La abuela la besó en las dos mejillas y le sirvió vino sin hacer comentarios. Aquello resultó más difícil que cualquier interrogatorio.
Durante la comida, su tío volvió a hacer una broma sobre mujeres exigentes. Clara dejó el tenedor.
—No soy exigente. Estoy cansada.
La mesa se quedó quieta.
—¿De qué? —preguntó su padre.
—De venir a comer con la sensación de tener que demostrar que alguien me ha elegido. De inventar historias. De necesitar un hombre al lado para que parezca que mi vida está en orden.
Su madre cerró los ojos un instante.
—Clara…
—He traído novios falsos.
La abuela dejó el vaso en la mesa.
—¿Todos?
—Todos.
—El abogado no me gustaba —dijo su padre.
Clara soltó una risa nerviosa. Su madre también. Luego la risa se extendió con una torpeza preciosa, incómoda, humana.
—¿Y Gabriel? —preguntó la abuela.
Clara miró el plato.
—Gabriel también.
—Ese no parecía falso.
—Pues lo era.
Nadie respondió. La comida siguió con otra temperatura. Más rara. Más verdadera. Su madre le tomó la mano antes del postre.
—Perdón.
Clara negó con la cabeza.
—Yo también.
—No tenías que inventar tanto.
—Ya lo sé.
—Aunque el músico era encantador.
—Mamá.
—Último comentario.
Por primera vez en años, Clara salió de casa de sus padres sin sentir que había rendido examen.
En el portal encontró a Gabriel.
No llevaba flores. No llevaba disculpas preparadas. Tenía las manos en los bolsillos y una expresión sobria.
—Tu madre me ha escrito —dijo.
—¿Perdona?
—Me pidió que viniera a recoger una fuente que olvidé aquí.
—Tú no olvidaste ninguna fuente.
—Lo sé.
Clara miró hacia el balcón. La cortina se movió con descaro. Su madre iba a pagar aquello caro.
—No voy a volver a contratarte.
—No trabajo ya para la agencia.
Clara volvió a mirarlo.
—¿Desde cuándo?
—Desde el martes.
—Qué oportuno.
—Bastante inoportuno para mi alquiler.
Ella quiso no sonreír. No lo consiguió del todo.
—¿Y tu novia?
—Exnovia. Desde antes de ti, aunque no tuve el valor de cerrarlo bien.
—Mal comienzo para una conversación de honestidad.
—Lo sé.
—¿Qué quieres?
Gabriel tardó en responder. Esa vez no tuvo frase brillante.
—Invitarte a un café sin cobrar.
—Eso suena poco profesional.
—Es la idea.
—¿Y si digo que no?
—Diré buenas tardes y me iré.
Clara lo estudió. En los pisos superiores, alguna vecina fingía no mirar. Barcelona seguía su curso alrededor de ellos, con motos, persianas, voces lejanas y el sol de las siete cayendo sobre la acera.
—Un café —dijo ella—. Treinta minutos. Sin personaje.
Gabriel asintió.
—Sin personaje.
Caminaron hasta la esquina. Por primera vez, Clara no tenía guion. No había familia, ni contrato, ni explicación preparada. Solo un hombre que había mentido menos de lo que ella temía y más de lo que podía perdonar en una tarde.
En la cafetería, Gabriel pidió un cortado. Clara, té.
—Dime una verdad desagradable —pidió ella.
Él la miró con seriedad.
—Me gustabas cuando aún no debía gustarme nadie.
—Eso no es desagradable.
—Lo fue para mí.
Clara sostuvo la taza entre las manos.
—Ahora me toca a mí.
—Te escucho.
—Yo no alquilaba novios para engañar a mi familia.
—¿No?
—Los alquilaba para no admitir que me importaba demasiado que me quisieran de una forma concreta.
Gabriel no respondió enseguida. Ella agradeció esa pausa. La gente solía llenar las confesiones ajenas con consejos, y Clara estaba agotada de los consejos.
—¿Otra verdad? —preguntó él.
—Depende.
—Tu madre me cae muy bien.
—Eso sí es desagradable.
Él sonrió. Clara también. No fue un final perfecto. Fue algo mejor: una primera conversación real, llena de fallos, pausas, datos incómodos y una posibilidad pequeña, tan peligrosa que ninguno quiso nombrarla.
Dos meses después, Clara volvió a una cena familiar con Gabriel. Esta vez nadie le pagaba por sentarse a su lado. Su madre no preguntó si iban en serio. Su abuela tampoco. Solo su padre, al servir el vino, dijo con absoluta tranquilidad: Este me sigue gustando más que el abogado.
