Lo que arrastra el río
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Vivo junto al río desde que nací.
Lo conozco. Sus crecidas. Sus silencios. Sus muertos.
Porque el río se lleva gente.
Siempre ha sido así.
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La primera vez fue un niño. Se cayó jugando.
No lo encontraron nunca.
Mi padre dijo que el río se lo había tragado.
—No se lo traga —dijo mi abuela—. Lo guarda.
No entendí entonces. Ahora sí.
✧✧✧
Anoche vi algo en la orilla.
Una silueta. Sentada. Mirando el agua.
Me acerqué.
Era una mujer. Joven. Mojada. Con el pelo pegado a la cara.
—Buenas noches —dije.
No respondió.
—¿Estás bien?
Se giró. Tenía los ojos negros. No oscuros. Negros. Sin blanco. Sin nada.
—Búscame —dijo—. En el fondo.
Y desapareció.
✧✧✧
El río estaba tranquilo. Como si nada hubiera pasado.
Pero en la orilla quedó algo. Un zapato. Pequeño. De niño.
El mismo que llevaba el niño que se cayó hace treinta años.
Lo supe porque aún tenía la hebilla rota. La misma que mi padre guardó en un cajón. Para no olvidar.
✧✧✧
A la mañana siguiente, el zapato había desaparecido.
Y en su lugar, una nota mojada.
Mi letra.
Decía:
➤ «La próxima vez, baja conmigo.»
✧✧✧
El río no devuelve lo que toma.
Pero llama a quien se acerca demasiado.
Y yo llevo treinta años viviendo en su orilla.
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¿Has sentido alguna vez que algo te llama desde el agua?
Cuéntamelo abajo.
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