La casa del espejo negro
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Nunca creí en las historias de mi abuela. Las escuchaba, asentía, pero no las tomaba en serio. Hasta que volví al pueblo.
La casa estaba donde siempre. Al final de la calle empedrada, con las persianas rotas y el tejado hundido. Los niños la evitan. Los adultos, cuando hablan de ella, bajan la voz.
—Allí hay un espejo —me dijo mi abuela la última vez que la vi—. Negro. Como el carbón. No lo mires dos veces, Cristina. La primera ves lo que eres. La segunda ves lo que te espera.
No le pregunté qué quería decir. Me arrepiento.
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Volví treinta años después. Ella ya no estaba. Pero la casa seguía allí. Y yo, con la llave que me dejó, abrí la puerta.
El polvo lo cubría todo. Sábanas blancas sobre los muebles. Silencio. Y un olor a humedad y a tiempo detenido.
Subí las escaleras. Madera que crujía. Paredes que sudaban. Al final del pasillo, una puerta entreabierta.
El desván.
Allí estaba. Apoyado contra la pared, mirando hacia la ventana tapiada. Un espejo. Grande. Con el marco de madera negra, sin adornos. Como si nunca hubiera sido un objeto bonito. Como si hubiera sido un objeto útil.
Me miré.
Primera vez.
Vi mi cara. Cansada. Con arrugas que no recordaba. Ojos que habían visto demasiado. Nada extraño.
Me di la vuelta. Bajé las escaleras. Pero algo me hizo detenerme.
La curiosidad. La misma que mata.
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Subí de nuevo.
Segunda vez.
El espejo seguía allí. Pero mi reflejo no estaba. No había nada. Solo una superficie negra, lisa, que parecía tragarse la luz de la habitación.
Me acerqué.
Y entonces lo vi.
No era yo. Era ella. La mujer del pueblo. La que desapareció hace cuarenta años. La que todos decían que se había ido. La que mi abuela decía que el espejo se había llevado.
Sonreía. Pero no era una sonrisa amable.
—Siéntate —dijo.
Su voz no salía del espejo. Salía de dentro de mi cabeza.
—No —dije.
—No tienes elección. Ya has mirado dos veces.
Quise apartarme. Pero mis pies no se movían. Mis manos no respondían.
Y entonces, vi que mi reflejo volvía a estar ahí. Pero no era yo. Era otra versión de mí. Más joven. Más tranquila. Como si el espejo hubiera elegido la mejor parte y la hubiera dejado dentro.
La mujer desapareció. Y en su lugar, mi otra yo me dijo:
—Lárgate. Antes de que ella salga.
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Salí corriendo. Bajé las escaleras sin mirar atrás. Salí de la casa y no volví a entrar.
Pero desde aquel día, en cualquier espejo que miro, veo algo más. Un destello. Una sombra. Como si ella me estuviera siguiendo.
Y algunas noches, cuando me miro al espejo del baño, mi reflejo llega un segundo tarde.
No he vuelto a hablar de ello. Pero sé que la casa del espejo negro sigue allí. Y sé que algún día, alguien más la abrirá.
Y mirará dos veces.
Y entonces, ella saldrá.
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