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Mi madre. La Bruja. El linaje que me condenó o me salvó.

«Mi madre me dio la vida. También me dio la mirada que ve fantasmas, la mano que cura y la lengua que dice verdades que nadie quiere oír. No fue un regalo. Fue una condena. Y también, una salvación.»

— Marta la Mala


Mi madre, la bruja: el linaje que me condenó y me salvó

Mi madre se llamaba Soledad. Y vaya si cumplió con el nombre. Era una mujer flaca, de pelo negro con canas prematuras, y unos ojos que te traspasaban. No era alta, pero cuando entraba en una habitación, se hacía grande. No porque gritara, sino porque su silencio pesaba más que las palabras de los demás.

Era chamana. Bruja. Curandera. Como le quieras llamar. La gente del barrio llegaba a nuestra casa con sus problemas: el niño que no dormía, la mujer que había sido abandonada, el hombre que había perdido el trabajo. Mi madre los recibía, les daba un té de hierbas, les leía las cartas o les hacía una limpia con huevo. Y la gente se iba mejor. O al menos, se iba con una esperanza. Y la esperanza, en un barrio pobre, vale más que el oro.

Yo, que la veía, que la observaba, que la escuchaba, aprendí su oficio. No porque me enseñara. Porque era imposible no aprender viéndola. Veía cómo movía las manos sobre el cuerpo de un enfermo, cómo leía el humo del incienso, cómo sabía cuándo alguien le mentía. Y un día, sin darme cuenta, yo también sabía. Sabía cuándo alguien mentía. Sabía qué hierba usar para el insomnio. Sabía que el miedo tiene olor. Y que el amor, cuando es falso, también.

«Mi madre no me enseñó a rezar. Me enseñó a mirar las estrellas, a leer el humo del incienso y a saber cuándo alguien te está mintiendo. Y eso, en este mundo, vale más que cualquier oración.»

La herencia que pesa

Pero mi madre también era una mujer rota. Una mujer que había sido abandonada por mi padre, que había criado a tres hijas sola, que había trabajado de limpiadora para poder poner comida en la mesa. Y el dolor de su vida, ese dolor que no se cura con hierbas ni con incienso, me lo transmitió. No con palabras. Con silencios. Con la forma en que se sentaba en la cocina después de una limpia, con la mirada perdida y un vaso de vino en la mano. Con la forma en que, a veces, me miraba y no me veía.

—»Marta, tú también lo tienes», me dijo una vez, cuando yo tenía quince años. «El don. La mirada. La mano. Lo vas a heredar, como yo heredé de mi madre. Y vas a sufrir, como yo he sufrido. Porque ver lo que otros no ven, querida, no es un regalo. Es una condena.»

Y yo, que quería ser como ella, que quería tener su poder, no entendí. Creí que me estaba dando un regalo. Creí que me estaba diciendo que era especial. Y lo era. Pero no sabía que el don, el maldito don, me iba a hacer ver cosas que no quería ver. Como la infidelidad de mi primer marido, que yo supe desde el primer día, antes de que él mismo lo supiera. Como la muerte de mi segundo marido, que yo vi venir en una lectura de cartas, meses antes de que pasara. Como la traición de mi hija, que nunca quise ver, pero que siempre supe que llegaría.

«El don de mi madre no era un regalo. Era una maldición. Ver lo que otros no ven, saber lo que otros no saben, te aísla. Te convierte en la rara, en la loca, en la que inventa cosas. Y la gente, querida, no quiere oír la verdad. Quiere oír lo que la calma.»

Los rituales de mi madre

Mi madre tenía rituales. Cosas que hacía sin pensar, como quien respira. Y yo, que la veía, los aprendí sin que ella me los enseñara. Son cosas que todavía hago. Que me salen solas. Como si mi madre me las hubiera metido en la sangre.

  • El incienso. Mi madre lo encendía cada mañana, antes de que el sol saliera. Decía que el humo limpiaba la casa de las energías de la noche. Yo, que dormía en la habitación de al lado, me despertaba con su olor. Y ese olor, todavía hoy, me da paz.
  • La limpia con huevo. Cuando alguien llegaba a casa con problemas, mi madre cogía un huevo, lo pasaba por el cuerpo de la persona, y luego lo rompía en un vaso de agua. Y en el huevo, veía. Veía el mal de ojo, el miedo, la envidia, la enfermedad. Y entonces, sabía qué hacer. Yo, ahora, hago lo mismo. Y el huevo, siempre, me dice la verdad.
  • Las cartas. Mi madre las leía los jueves. Solo los jueves. Decía que era el día de Júpiter, el día de la suerte y la expansión. Yo, que nunca fui muy creyente de los días, las leo cualquier día. Pero siempre, cuando las toco, siento su mano. Como si ella estuviera ahí, guiándome.
  • El vino. Mi madre bebía vino todas las noches. «Es para dormir», decía. Pero yo sabía que no era para dormir. Era para no sentir. Era para apagar el don, que era demasiado fuerte. Yo bebo vino por lo mismo. Y cuando bebo, siento que ella está a mi lado. Callada. Mirando. Entendiendo.

«Mi madre me enseñó a leer las cartas, a curar con hierbas, a ver en el humo lo que otros no ven. Pero no me enseñó a quererme. Y esa, querida, es la única lección que no supe aprender. Y la única que me ha costado toda una vida.»

El día que murió

Mi madre murió un jueves. Como ella quería. Dijo que los jueves eran su día, y se fue un jueves. No estaba yo cuando pasó. Estaba trabajando en un restaurante, friendo huevos, cuando mi hermana me llamó para decirme que se había ido. No lloré. No pude. Porque ya lo sabía. Las cartas me lo habían dicho. Tres semanas antes, en una tirada, vi su muerte. Y no hice nada. No podía hacer nada. El don no te permite cambiar lo que ves. Solo te permite verlo.

Cuando llegué a casa, su cuerpo ya se lo habían llevado. Solo quedaba su olor. El incienso, el humo, la hierba. Y su vino, la botella medio vacía, en la mesita de noche. La cogí. Me la bebí. Y sentí su presencia. Como si me dijera: «Ya está, Marta. Ahora te toca a ti».

Lo que me dejó

Mi madre no me dejó dinero. No me dejó una casa. No me dejó nada material. Me dejó su don. Su mirada. Su mano. Su lengua. Y también su dolor. Su soledad. Su incapacidad para quererse.

Y yo, que la quería, que la odiaba, que la admiraba y que la resentía, he tenido que cargar con todo eso. Con su herencia. Con su condena. Con su salvación. Porque el don, el maldito don, me ha salvado tantas veces como me ha condenado.

Me ha salvado cuando supe que no debía casarme con el primer marido, aunque lo hice igual. Me ha salvado cuando supe que el segundo se iba a morir, y pude prepararme. Me ha salvado cuando supe que mi hija me iba a traicionar, y pude no sorprenderme. Me ha condenado a saber. A ver. A no poder cerrar los ojos. Y a veces, quisiera no saber. Quisiera ser como los demás, que viven sin ver, que se equivocan sin saber, que sufren sin entender. Pero no puedo. Porque soy hija de Soledad. Y Soledad me dio su don. Y su don, querida, no se devuelve.

«Mi madre me dejó su don, su dolor y su vino. Y yo, con sesenta y tres años, sigo bebiendo su vino, sigo usando su don y sigo llevando su dolor. Pero también, sigo viva. Y eso, querida, es la única herencia que vale la pena.»

Y ahora, yo soy la bruja

Ahora, la gente viene a mí. Como venía a mi madre. Me piden que les lea las cartas, que les haga una limpia, que les dé un consejo. Y yo, que he heredado su oficio, lo hago. Pero no como ella. Ella era una santa. Yo soy una puta. Ella perdonaba. Yo no. Ella curaba con amor. Yo curo con rabia. Ella daba esperanza. Yo doy verdad. Y la verdad, querida, no siempre es esperanza. A veces es un puñetazo en el estómago. Y yo, que he recibido muchos puñetazos, sé que a veces, un puñetazo duele menos que una mentira.

Y así, con mi don y mi rabia, con mi vino y mi lengua, sigo el camino que ella empezó. El camino de las mujeres que ven. De las mujeres que curan. De las mujeres que dicen lo que otros no quieren oír. Y aunque a veces me pesa, aunque a veces quisiera no ver, no puedo negar que es mi herencia. Es lo que soy. Es quien soy. Es Marta la Mala. Y mi madre, la bruja, me hizo así.

Y si tú, que estás leyendo esto, tienes una herencia que te pesa, que te condena, que te duele, te digo una cosa: no la niegues. No la tires. No la escondas. Abrázala. Como yo abracé la de mi madre. Y conviértela en tu salvación. Porque la herencia, querida, no es lo que te pasó. Es lo que haces con lo que te pasó. Y yo, con la herencia de mi madre, he hecho mi vida. Mi vida de mierda, pero mi vida. Y esa, querida, es la única herencia que vale la pena.

Si te ha dolido, es que es tu historia. Y si es tu historia, compártela. O no. Pero al menos, recuerda: tu herencia no te define. Lo que haces con ella, sí.


👉 ¿Qué herencia llevas tú?

Cuéntame en comentarios. O no. Pero si te ha dolido, ya sabes que no estás sola. Y que la herencia, cuando la abrazas, puede convertirse en tu mayor fuerza.

— Marta la Mala, 63 años, tres maridos, dos viudeces, una hija que no me habla, y una madre bruja que me enseñó todo lo que sé.

Marta Hernandez Cruz

Marta Hernández Cruz es columnista en 13nix, donde escribe con el nombre de autor "Marta la Mala". Con 63 años y una vida entera de experiencia callejera, aborda la psicología humana desde el lado más oscuro y sin filtros. Autodidacta, cinética y despiadadamente honesta, es la voz que muchos necesitan y pocos se atreven a escuchar.

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