Mente

Lo que aprendí cuando dejé de salir con gente que no me gustaba por no estar solo

Por: Esteban Luraca | Tiempo de lectura: 7 minutos

Tuve un año, alrededor de los treinta, en el que no soportaba estar solo. Salía cada noche. No porque quisiera. Porque no soportaba el silencio de mi casa. Aceptaba cualquier plan: una copa con compañeros del trabajo que no me interesaban, una cita con alguien que sabía que no me gustaba, una fiesta donde no conocía a nadie. Todo valía. Todo menos volver temprano.

Una amiga, de las pocas que me lo decían a la cara, me soltó una noche:

«No es que te guste salir. Es que no soportas estar a solas contigo mismo.»

Le dije que se equivocaba. Pero esa noche, en casa, con el teléfono apagado y la televisión sin encender, supe que tenía razón.


🛋️ El sofá vacío (y lo que escondía)

El problema no era la soledad. Era lo que ocupaba su lugar. Un zumbido de fondo. Una voz que no se callaba. Un parloteo interno que me recordaba todo lo que no estaba haciendo con mi vida. El trabajo que no me gustaba. La relación que había dejado pudrirse. Los amigos que había perdido por dejadez.

Salir era una forma de apagar ese ruido. Con gente, el foco estaba fuera. Podía reír, fingir, distraerme. Pero cuando volvía a casa, el ruido volvía. Y cada vez era más fuerte. Porque sabía que estaba huyendo. Y los que huyen, tarde o temprano, se cansan.


🌑 La noche que no pude huir

Un viernes, después de una semana horrible, me quedé sin planes. Todos ocupados. Nadie disponible. El teléfono no sonaba. Me senté en el sofá. Sin tele. Sin música. Sin redes. Solo yo. Y el ruido.

Las primeras horas fueron terroríficas. Pensé en llamar a alguien, pero me obligué a no hacerlo. Me senté. Respiré. Y empecé a escuchar. No el ruido externo. El interno.

Lo que oí no era bonito. Era un tipo exigente, insatisfecho, que me decía que no valía la pena. Que no había logrado nada. Que mi vida no tenía sentido. Que estaba perdiendo el tiempo.

Supe entonces por qué huía. No de la soledad. De él. De ese crítico interno que me machacaba cada vez que me quedaba a solas.


🪞 El encuentro con el enemigo

Decidí no volver a huir. Me quedé. Al día siguiente también. Y al otro. Empecé a hablar con él. Discutí. Me enfadé. Lloré. Acepté. Poco a poco, el ruido bajó de volumen. No desapareció. Pero aprendí a convivir con él. Supe que no se iba a ir. Y que no tenía que irse. Solo tenía que dejar de gritar.

Lo que descubrí durante esas semanas de soledad forzada fue una verdad incómoda: el miedo a estar solo no era miedo a la soledad. Era miedo a descubrir quién era realmente cuando nadie miraba.

Y al descubrirlo, no me gustó. Pero al menos era mío. Y podía cambiarlo.


📋 Los síntomas (por si te suenan)

Si no estás segura de si te pasa lo mismo, aquí tienes algunas señales que he ido recogiendo en mis entrevistas y en mi propia experiencia:

  • Saltas de relación en relación sin apenas tiempo entre una y otra.
  • No soportas los fines de semana sin planes. El domingo por la tarde te entra ansiedad.
  • Aceptas citas o quedadas que sabes que no te van a gustar. Solo para no estar en casa.
  • El teléfono es tu extensión. No puedes estar sin mirarlo, sin contestar, sin saber qué hacen los demás.
  • Te duermes con la televisión o con un podcast. Porque el silencio te da miedo.
  • Cuando estás sola, te da por pensar en el pasado o en el futuro. Nunca en el presente.

Si te suenan varias, no estás rota. Estás huyendo. Y los que huyen pueden parar.


🕯️ Lo que aprendí (y por qué te lo cuento)

Aprendí que la soledad no es el problema. Es el síntoma. El problema está en la relación que tienes contigo misma. Si no te gusta estar contigo, ¿por qué iba a gustarle a alguien más?

Aprendí que salir no es malo. Lo malo es salir por no quedarte. Porque cuando haces las cosas por miedo, las haces mal. O con quien no debes. O en el momento equivocado. O sin disfrutar.

Aprendí que el silencio no es vacío. Es espacio. Espacio para pensar, para sentir, para decidir. Y que si no te das ese espacio, vivirás la vida que otros deciden por ti.

Ahora no salgo todos los fines de semana. Ahora a veces me quedo en casa. Leo. Escribo. Veo una película sin mirar el móvil. Y no me da miedo. Porque ese tipo que gritaba en mi cabeza ya no grita. A veces susurra. Y cuando lo hace, le respondo: «Ya te escucho. Pero ahora decido yo».


💬 ¿Te has sentido alguna vez así?

👉 Comparte tu experiencia en el foro de bienestar emocional (anónimo si quieres).


Nota: Esteban Luraca es periodista, no psicólogo. Este artículo es una reflexión basada en su propia experiencia y en las de las personas que ha entrevistado. No sustituye la terapia profesional. Pero a veces, saber que no estás solo en tus miedos es el primer paso para enfrentarlos.

Esteban Luarca Mendizabal

Esteban Luarca Mendizábal es periodista, cronista y coleccionista de historias. Durante treinta años ha recorrido España y Latinoamérica recopilando más de diez mil testimonios, leyendas y crónicas. Su obsesión: rescatar del olvido lo que merece ser recordado. Autor de Entrevistas Paranormales entre otras obras destacables. En 13Nix, escribe sobre lo que ha vivido.

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