Relatos de Amor Prohibido y Mundos de Fantasía | Romantasy YA

La última noche de la ninfa


Las ninfas no envejecen. No conocen el tiempo como lo conocen los humanos. Para ellas, los siglos son como días, y las estaciones pasan sin dejar huella en sus cuerpos. Pero sí dejan huella en sus almas. Porque las ninfas, aunque inmortales, aman. Y amar, para un ser inmortal, es la única forma de experimentar la finitud. Es la única forma de saber que el tiempo existe. Y esa certeza, a veces, es más pesada que cualquier eternidad.

Ella se llamaba Náyade, como todas las ninfas de agua dulce. Pero su nombre, que había compartido con cientos de hermanas a lo largo de los siglos, había adquirido un significado distinto desde que lo conocía a él. Él la llamaba Naya, y en su boca, el nombre sonaba como una caricia. Como una promesa. Como un recordatorio de que, aunque ella fuera inmortal, él la hacía sentir viva.

Llevaban juntos cuarenta años. Para una ninfa, cuarenta años son apenas un suspiro. Pero para él, que era humano, cuarenta años eran casi toda una vida. Y ella, que había visto marchitarse a otros amores, que había enterrado a humanos antes de que su propia piel mostrara arruga, sabía que aquel tiempo se estaba agotando. Lo veía en sus ojos, que antes brillaban como el sol sobre el agua, y que ahora tenían la luz cansada del atardecer. Lo veía en sus manos, que habían perdido la firmeza de la juventud. Y lo veía, sobre todo, en la forma en que él la miraba. Con urgencia. Con despedida.

—Naya —le dijo una noche, mientras veían las estrellas desde la orilla del río—. Quiero que sepas algo.

—Dime —respondió ella, con la voz más suave que podía, como si hablar fuerte pudiera romper el momento.

—No me queda mucho tiempo. Lo sé, y tú también lo sabes. Pero no quiero que mi muerte sea un final. Quiero que sea un recuerdo. Algo que puedas guardar sin que te pese.

Ella sintió que el pecho se le encogía. No era la primera vez que veía morir a alguien a quien amaba. Pero cada vez, el dolor era nuevo. Cada vez, la herida se abría en un lugar distinto. Y él, con sus palabras, estaba poniendo el dedo en la llaga.

«Las ninfas no mueren. Pero aman como si fueran a morir. Y eso, quizá, es lo que las hace más humanas que los propios humanos.»

—No quiero guardar un recuerdo —dijo ella, con la voz temblorosa—. Quiero guardarte a ti. Pero sé que no puedo. Y eso es lo que más duele.

—No me guardes a mí, Naya —respondió él, tomando su mano con la suavidad de siempre—. Guarda lo que hemos sido. Guarda las mañanas en el río, las noches bajo las estrellas, las risas y los silencios. Guarda todo eso, y llévatelo contigo cuando yo ya no esté. Porque eso, aunque yo no esté, seguirá siendo real.

Ella no pudo contener las lágrimas. No eran lágrimas de ninfa, de esas que se evaporan antes de tocar el suelo. Eran lágrimas humanas, calientes, saladas, que caían sobre la arena y se perdían en el agua. Porque él, con su amor, la había hecho más humana que cualquier mortalidad.

—¿Y si no puedo? —preguntó, con la honestidad de quien ya no tiene nada que perder—. ¿Y si el dolor de perderte es más grande que cualquier recuerdo?

—Entonces el dolor también será parte de ti —respondió él, con esa sabiduría tranquila que había ido ganando con los años—. Y lo cargarás, y te hará más fuerte. Y un día, cuando el dolor se haya transformado, lo recordarás no como una herida, sino como una cicatriz. Una cicatriz que te recuerda que amaste.

Ella lo abrazó. No quería soltarlo. Sabía que, cuando lo soltara, el tiempo empezaría a correr más rápido, y la noche se acabaría, y el día llegaría, y él se iría. Pero también sabía que no podía detener el tiempo. Ni siquiera una ninfa podía hacer eso.

~ ✦ ~

Aquella noche, la última noche que pasarían juntos, ella le pidió que le contara algo. Algo que no le hubiera contado nunca. Y él, que siempre había sido reservado, se abrió.

—La primera vez que te vi —dijo, con la mirada perdida en el pasado—, supe que mi vida cambiaría. No porque fueras una ninfa, sino porque había algo en ti que no había visto en nadie. Una mezcla de fortaleza y fragilidad. Como si llevaras dentro un río que corría en ambas direcciones. Y pensé: «Si alguna vez tengo la oportunidad de conocer a esa mujer, no la dejaré escapar.» Y no la dejé escapar. Y ahora, al final de mi vida, sé que fue la mejor decisión que tomé.

—Y yo —respondió ella—, la primera vez que te vi, pensé: «Este hombre no durará. Es humano. Y los humanos se van.» Pero no me fui. Y ahora, después de cuarenta años, sigo aquí, sintiendo que cada día contigo ha sido un regalo.

—¿Y si hubieras sabido que el final sería así, habrías seguido adelante?

—Sí —dijo ella, sin dudar—. Porque el amor no es el final. Es el camino. Y aunque el camino se acabe, el amor sigue. Como el agua del río, que sigue fluyendo aunque cambie de cauce.

Él sonrió. Y en esa sonrisa, ella vio al hombre joven que había conocido, al que había amado, al que seguía amando. El tiempo no lo había borrado. Lo había transformado. Y ella, que había visto transformarse a tantas cosas a lo largo de los siglos, supo que aquella transformación era la más hermosa de todas.

—Naya —dijo él, con la voz más débil pero igual de firme—. No quiero que estés triste cuando me vaya. Quiero que sonrías. Porque tú eres la única persona que ha hecho que mereciera la pena vivir. Y aunque no pueda estar contigo siempre, quiero que sepas que te he amado cada día de mi vida.

Ella lo abrazó con fuerza. Sintió su corazón latir contra el pecho de él, y supo que aquel latido, aunque débil, era el más importante de todos.

—Y yo te he amado, y te amaré, aunque pasen los siglos. Porque el amor no entiende de tiempo. El amor es eterno, aunque los que aman no lo sean.

Ella lo sostuvo en sus brazos durante toda la noche. Sintió cómo su respiración se volvía más lenta, cómo su cuerpo se iba quedando quieto, cómo la vida se retiraba de él como el agua que se retira de la orilla. Y cuando llegó el amanecer, y los primeros rayos de sol tiñeron el cielo de rosa, él abrió los ojos por última vez.

—Gracias —dijo, con un susurro que apenas se oía—. Gracias por amarme.

—Gracias a ti —respondió ella—. Por enseñarme que el tiempo no es una medida. Es una intensidad.

Él sonrió. Y su mano, que había estado agarrando la de ella, se aflojó lentamente. Y luego, ya no se movió.

Ella lo sostuvo un rato más, sin soltarlo, como si el abrazo pudiera detener el tiempo. Pero sabía que no podía. Y cuando por fin lo soltó, no sintió que se fuera. Sintió que se quedaba. En sus recuerdos, en sus gestos, en las palabras que él le había dicho aquella noche. Sintió que él seguía allí, en el río, en el viento, en la luz del amanecer.

«Los humanos creen que la eternidad es larga. Pero la eternidad es un instante vivido con intensidad. Y ella, aquella mañana, supo que había vivido más en cuarenta años que en todos los siglos anteriores.»

Los días siguientes, ella no lloró. No porque no sintiera dolor, sino porque el dolor era demasiado grande para las lágrimas. Se sentaba en la orilla del río, con las manos en el agua, y recordaba. Recordaba cada palabra, cada mirada, cada gesto. Y al recordar, sentía que él seguía allí, en la corriente, en el rumor del agua.

Un día, una ninfa más joven se acercó a ella y le preguntó:

—¿Cómo es posible que estés tan tranquila? Has perdido a tu amor. ¿No te duele?

—Me duele —respondió ella, con una serenidad que no había tenido antes—. Pero el dolor no es el final. Es el recordatorio de que amé. Y el amor, aunque el otro se haya ido, sigue vivo. En el agua, en el viento, en el río que corre. Él sigue aquí, y yo también. Y mientras recuerde, mientras ame, él no se habrá ido del todo.

La ninfa joven la miró sin entender. Pero ella no necesitaba que la entendieran. Necesitaba saber que lo que había vivido era real. Y lo era.

~ ✦ ~

El tiempo pasó. Los años se convirtieron en décadas, las décadas en siglos. Y ella, la ninfa que había amado a un hombre durante cuarenta años, siguió viviendo. Pero no como antes. Ahora, el río tenía un significado distinto. Ya no era solo agua. Era la memoria de sus palabras, de sus manos, de su mirada. Y cada vez que alguien se sentaba en la orilla, ella veía en ellos el reflejo de lo que había tenido.

Y una noche, cuando la luna llena iluminaba el río, ella comprendió algo que no había comprendido antes. Que el amor no es posesión. Es presencia. Que quien ama de verdad no necesita que el otro esté físicamente. Necesita que su recuerdo esté vivo. Y ella, con su memoria, había mantenido vivo a él durante todos aquellos siglos.

—No te has ido, ¿verdad? —dijo en voz alta, mientras el agua corría entre sus dedos.

Y sintió que una brisa suave le rozaba la mejilla, como una caricia. Y supo que él, de alguna manera, seguía allí.

No era un fantasma. No era una ilusión. Era la certeza de que el amor, cuando es verdadero, trasciende el tiempo. Y que ella, aunque inmortal, había aprendido a ser humana gracias a él. Y que esa humanidad, esa capacidad de sentir, de recordar, de amar, era lo que la hacía eterna.

Reflexión final — Esta historia no habla de una ninfa inmortal. Habla de todas las personas que han amado sabiendo que perderían. De todas las que han abrazado la finitud, la fragilidad, la certeza de que el amor no es eterno, pero sí real. La ninfa, al amar a un hombre, no perdió su inmortalidad. La transformó. Porque la inmortalidad no es la capacidad de no morir, sino la capacidad de seguir amando después de la muerte.

Ella aprendió que el tiempo no es una medida, sino una intensidad. Que cuarenta años con el amor de su vida valen más que siglos de soledad. Y que, aunque él se fuera, su amor seguía fluyendo en el río, en el viento, en la luz. Porque el amor verdadero no se acaba. Se transforma. Y ella, la ninfa, lo supo. Y por eso, pudo sonreír. Porque el amor, aunque el otro se haya ido, sigue siendo eterno.

Alba Romansy · Romansy emocional con base psicológica

Alba Adey Montenegro

Soy Alba Adey Montenegro, aunque a veces escribo bajo el nombre de Alba Romansy. Soy maestra de profesión y escritora por vocación. Formada en Máster en Escritura Creativa y Magisterio. Me gustan las historias que hablan de amor, de elecciones difíciles, de magia, de pérdidas y de todo aquello que nos cambia por dentro. Escribo romance, fantasía romántica y literatura para jóvenes adultos porque sigo creyendo que los libros son un lugar al que regresar cuando buscamos emoción, aventura o una forma distinta de mirar el mundo. Entre páginas, personajes y cuadernos llenos de notas, continúo persiguiendo historias y, de paso, mis sueños.

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