La generación que nos ha tocado: qué piensan realmente los jóvenes sobre su futuro. Carrera
Llevo años escuchando a adultos decir: «estos jóvenes no saben lo que quieren». Y siempre respondo lo mismo: ¿y nosotros? ¿Acaso nosotros lo sabíamos a su edad? La diferencia es que ellos tienen el peso de un mundo que les exige decidir su vida con 16 años, mientras les cambian las reglas del juego cada dos por tres. He querido hacer un ejercicio sencillo: sentarme con tres jóvenes muy distintos y preguntarles qué piensan de verdad sobre su futuro. No les he dado un cuestionario. Solo he dejado que hablen. Esto es lo que he escuchado.
Lucía, 22 años, estudiante de Medicina en la Universidad de Oviedo
“Estoy en quinto de Medicina. Llevo seis años de carrera (contando el grado) y me quedan dos más de MIR, si es que entro. O sea, que terminaré con casi 30 años. Y no me arrepiento, porque es lo que me gusta. Pero lo que no soporto es que la gente me diga ‘qué bien, vas a ser médico, tendrás trabajo seguro’. Sí, pero a qué precio. He tenido que dejar de ver a mi familia, he pasado noches enteras estudiando, he llorado más veces de las que recuerdo, y sé que cuando empiece a trabajar tendré guardias de 24 horas y un sueldo que no compensa las horas extra. Mi futuro es incierto, pero no por falta de esfuerzo. Es incierto porque el sistema sanitario no está pensado para que podamos vivir, solo para que funcionemos.”
Lo que me llevo de Lucía: No es una quejica. Es una persona que ha asumido un sacrificio enorme y que, aún así, no se arrepiente. Pero pide que no le vendan el futuro como un cuento de hadas. Quiere reconocimiento real, no palmaditas en la espalda.
Hugo, 20 años, Técnico en Mecatrónica (FP) y trabajando en una empresa de logística
“Yo siempre fui mal estudiante en el instituto. Pero no porque fuera tonto, sino porque no le veía sentido a memorizar fechas de la historia de España que podía buscar en Google. Mis padres se preocuparon, los profesores me daban por perdido. Hasta que me apunté a un ciclo de mecatrónica. Allí todo era práctico: máquinas, motores, electricidad. Empecé a sacar notazas porque entendía lo que hacía. Ahora trabajo en una empresa de automatización, tengo contrato indefinido y cobro más que muchos amigos que están en la universidad. Mi futuro no es un problema. Mi problema es que la sociedad siga viendo la FP como un ‘plan B’ cuando debería ser un ‘plan A’ para mucha gente. Y otro problema: el alquiler. Gano 1.600 € al mes y me cuesta llegar a fin de mes en Santander. Eso sí que es una putada.”
Lo que me llevo de Hugo: Nos está diciendo algo muy simple y muy demoledor: el sistema educativo está desconectado de las vidas reales. Y la vivienda, ese gran elefante en la habitación, condiciona el futuro de los jóvenes más que cualquier título.
Aitana, 19 años, autodidacta en diseño gráfico y community manager
“Dejé el bachillerato en segundo porque no aguantaba el ambiente. Me sentía en un gallinero. Empecé a aprender por mi cuenta con tutoriales de YouTube, cursos de Domestika y mucho ensayo-error. Ahora trabajo para tres marcas pequeñas, gestiono sus redes y hago sus diseños. Gano lo suficiente para vivir, pero no tengo estabilidad. Un mes puedo ganar 2.000 € y al siguiente 500. No tengo contrato, no tengo vacaciones pagadas, no tengo derecho a paro. Mis padres están preocupados, pero yo les digo: ‘preocupaos por el sistema, no por mí’. Porque yo he aprendido a sobrevivir, pero ¿cuánto tiempo puedo aguantar así sin quemarme? Mi futuro es una pregunta abierta, pero al menos es mi pregunta.”
Lo que me llevo de Aitana: Es la imagen de la España freelance, sin red de protección, que ha encontrado un camino pero paga el precio de la precariedad. Su lucidez es asombrosa. Y su miedo, también.
Lo que estas tres voces tienen en común
Lucía, Hugo y Aitana no se conocen. Viven en ciudades distintas, han tomado caminos diferentes y sus realidades económicas no son idénticas. Pero al leer sus palabras, hay un hilo conductor que las une: todas han tenido que ingeniárselas en un contexto que les es adverso. Ninguna habla de «falta de ganas». Todas hablan de esfuerzo, de sacrificio, de adaptación. Y todas, sin excepción, señalan con el dedo a las estructuras: la vivienda, el mercado laboral, el sistema educativo, la precariedad.
Esto es lo que he visto en mis miles de entrevistas. No jóvenes quejumbrosos, sino jóvenes que han desarrollado un diagnóstico muy preciso de los males de nuestra sociedad. Son más lúcidos que muchos políticos y más responsables que muchos directivos. Y sin embargo, les seguimos pidiendo que «se esfuercen más». ¿Más? ¿Cuánto más?
“La generación que nos ha tocado no es la del ‘no futuro’ de los 80. Es la del ‘futuro hipotecado’. Y aún así, sonríen, crean, se organizan y no dejan de soñar. Si eso no es admirable, que alguien me explique qué lo es.”
El futuro que ellos imaginan
Cuando les pregunté cómo ven su vida dentro de diez años, las respuestas fueron sorprendentes. Ninguno dijo «millonario» o «jefe de una gran empresa». Lucía quiere ser médica de familia en un pueblo pequeño, porque cree que ahí es donde hace falta. Hugo quiere montar su propio taller de reparación de vehículos eléctricos. Aitana quiere consolidar su marca y poder contratar a alguien que la ayude. Todos hablan de autonomía, de propósito y de comunidad. Nadie habla de «triunfar» en el sentido capitalista. Hablan de construir una vida que tenga sentido.
Quizás ahí está la gran lección. Los adultos hemos medido el éxito en términos de dinero y estatus. Ellos lo miden en términos de equilibrio y de impacto. Y si eso es una generación perdida, entonces yo quiero estar perdido con ellos.
Así que la próxima vez que alguien te diga que «los jóvenes de ahora no quieren nada», cuéntale la historia de Lucía, de Hugo y de Aitana. Cuéntale que hay miles como ellos. Y que el problema no es que no quieran, es que el mundo que les hemos dado no les deja espacio para querer con tranquilidad. Cambiemos el mundo, no a los jóvenes.
— Esteban Luarca Mendizábal, desde mis cuadernos de campo, julio de 2026.
