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El último saco de Eva

La torre se alzaba poderosa, fría, y en su interior, el trigo podía salvar o condenar a la humanidad.

Eva se agazapó detrás de un árbol seco, jadeando. Su pierna izquierda apenas respondía, rígida, pero la torre estaba cerca. Allí estaba el último saco de trigo, la esperanza para su mundo. Frente a la entrada, dos guardias bloqueaban el paso: un hombre fornido, con brazos como troncos, y una mujer de figura sinuosa y mirada afilada, reptiliana, con una cuerda enrollada en la cintura, jugando con su navaja oxidada, tal que la muerte fuera un juego entre sus manos.

Eva limpió el sudor de su frente y murmuró:

—Si lo consigo, volverá a crecer.

A su alrededor, el silencio pesaba. Vio un árbol cercano, observó una fruta de piel lisa y brillante, roja como la sangre, que parecía latir en su mano. Un aroma dulce y fresco se desprendía de ella, como el aroma de algo prohibido. Una idea se formó en su mente. Cojeando, la arrancó y la lanzó hacia el hombre

Él la atrapó. Observó la fruta con cara de asombro y duda. La mujer lo miró con severidad.

—¡Detente! —advirtió, sus palabras resonaban fuertes con nota de advertencia.

Pero él, tentado, mordió la fruta. El jugo corrió por su barbilla, jugoso y agradable, combatiendo la sequedad de sus labios.

Eva aprovechó ese instante. Era todo lo que ella necesitaba. Con pasos rápidos, corrió hacia la torre, esquivando la mirada de los dos guardias.

—¡Alto ahí! —gritó la mujer, girándose.

Eva ya estaba dentro, subiendo por la escalera de caracol. Cada escalón era un reto; su pierna rígida amenazaba con ceder. El sonido de los pasos de los guardias subiendo tras ella la asustaba.

—¡Jamás podrás escapar! —vociferó el hombre desde abajo.

Llegó al último piso, donde el saco de trigo descansaba en un pedestal. La tela ocre parecía frágil, pero los granos que contenía podían cambiarlo todo. Tomó el saco con esfuerzo, sujetándolo con ambas manos.

—¡Suéltalo! —Dijo la mujer.

Eva, jadeando, miró hacia la ventana. Afuera, el suelo parecía imposible de alcanzar, pero el árbol del fruto estaba cerca. Sin dudar, sujetó el saco con fuerza y se lanzó.

El golpe fue brutal, las ramas arañaron su piel y el dolor se apoderó de ella. Pero el saco de trigo seguía en sus manos, intacto. Cerca de ella, esas frutas rojas, aplastadas, envolvían su cuerpo con un aroma dulce.

Desde la torre, las voces de los guardias se alzaban furiosas:

—¡Corre tras ella!

Eva vaciló, cojeó hacia el bosque, su corazón retumbaba de miedo y de emoción. Cada paso era una victoria. Cada grano en ese saco significaba el futuro, y mientras más avanzaba, más se repetía a sí misma:

—Volveré a plantar. Esto solo acaba de empezar.

Cada grano era una ofrenda, un acto de creación. La tierra volvería a dar su fruto, porque había desafiado las reglas, porque había elegido ser el principio y desafiar al final.

Eva Álvarez i Sanz

Soy Eva Álvarez i Sanz, escritora apasionada por las historias que exploran las emociones, los vínculos humanos y los caminos inesperados que marcan una vida. Me atraen los personajes complejos, los secretos, los anhelos y los momentos capaces de cambiarlo todo. Escribo para quienes buscan emocionarse, reflexionar y sumergirse en relatos que permanecen en la memoria mucho después de la última página. Mi vocación es crear historias que entretengan, conmuevan y acompañen al lector.

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