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El jardinero de las cartas de luna llena

Por: Alba Adey Montenegro | Tiempo de lectura: 4 minutos

La primera carta llegó un jueves de luna llena. No tenía remite. No tenía fecha. Solo mi nombre escrito con una caligrafía antigua, de esas que ya no se enseñan en los colegios.

Dentro, un papel arrugado, como si hubiera viajado mucho tiempo antes de llegar a mis manos. Decía:

«He visto tu reflejo en el agua de un río que nace en mis sueños. No sé tu nombre, pero sé que tu luz es de las que no se apagan.»

Me reí. Pensé que era una broma de alguna amiga. Tiré la carta a la papelera. Esa noche soñé con un jardín que no existe.


🌕 La luna siguiente

Un mes después, otra carta. Misma caligrafía. Mismo papel envejecido. Mismo olor a tierra mojada y a flores que no crecen en esta ciudad.

«Hoy planté un jazmín junto al río. Me acordé de ti. Las raíces crecen hacia tu casa. No sé por qué. Solo sé que te buscan.»

Esta vez no la tiré. La guardé en un cajón. Junto a un libro de poemas que nadie me había regalado.

Soñé otra vez con ese jardín. Había un hombre de espaldas, regando las flores. No vi su rostro. Pero sentí que me esperaba.


✉️ Las cartas que cambiaron mi forma de ver la noche

Durante un año, cada luna llena, una carta llegaba a mi buzón. La décima decía:

«Las rosas rojas las plantan los enamorados. Las blancas, los que esperan. Las azules no existen. Pero yo he hecho una por ti. Crece en mi pecho. Duele. Pero duele bien.»

La undécima:

«Esta noche la luna está llena otra vez. Y yo estoy aquí, escribiendo esto con la misma tinta con la que dibujo tu cara en los pétalos que caen. No sé si existe el amor a primera vista. Pero existe el amor a primera carta.»

La duodécima carta no llegó. Esperé toda la noche. Me asomé al buzón una y otra vez. Nada. Al amanecer, abrí la puerta de mi casa. En el suelo, junto a un jazmín recién cortado, había una llave vieja y una nota:

«Si quieres saber quién soy, abre la puerta del jardín que has visto en tus sueños. Allí estaré. O no. Depende de si tú también has soñado conmigo.»


🔑 La noche que decidí encontrarlo

Esperé a la siguiente luna llena. Cogí la llave. Cerré los ojos. Y deseé con todas mis fuerzas estar en ese jardín de mis sueños.

Cuando los abrí, estaba allí. Las flores azules. El río que reflejaba la luna. Un jazmín más alto que una casa. Y él, de espaldas, regando las rosas.

No dijo nada. Se giró despacio. Su rostro era humano. Pero sus ojos… sus ojos tenían raíces. Como si hubiera crecido en ese jardín desde antes de que yo naciera.

—No soy de aquí —dijo—. Pero te he esperado mucho tiempo.

—¿Cuánto? —pregunté.

—El tiempo que tarda una semilla en convertirse en bosque. Y un bosque en olvidar que un día fue semilla.

Extendió la mano. En su palma, una rosa azul. No era una flor. Era un latido. El suyo. Me lo ofreció sin pedir nada a cambio.

—Si la aceptas —dijo—, cada luna llena podrás venir aquí. Y yo te esperaré. Siempre.

—¿Y si no vuelvo?

Sonrió. Una sonrisa que dolía de tan hermosa.

—Entonces seguiré escribiéndote cartas. Por si algún día cambias de opinión. Las semillas no tienen prisa. Ni yo tampoco.

Cogí la rosa azul. No era un latido. Era el suyo. Y el mío, de repente, latió al mismo ritmo.


🌙 El jardín que aprendí a querer

No volví a casa esa noche. Me quedé en el jardín. Hablamos de cosas que no recuerdo pero que siento en los huesos. Me dijo que él no era humano. Que era un recuerdo que alguien plantó hace siglos. Que creció sin saber para qué. Hasta que me soñó.

No entendí todo. Pero no necesité entenderlo.

Al amanecer, me desperté en mi cama. Con la rosa azul en la mesilla. No se había marchitado. Tampoco lo ha hecho desde entonces.

Vuelvo al jardín cada luna llena. Él me espera. Siempre de espaldas, regando las flores. Siempre con esa sonrisa que duele de tan hermosa.

Nunca me ha pedido que me quede. Nunca le he dicho que me voy. Solo existimos. En ese jardín que no está en ningún mapa. En ese tiempo que no corre. En ese amor que no tiene nombre pero lo tiene todo.

Las cartas dejaron de llegar. Ya no hacen falta. Porque ahora, cuando escribo, él lo siente. Y cuando él planta una flor, yo la sueño.


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Nota: Este relato es una obra de ficción de Alba Romansy. La autora explora el amor como encuentro entre almas, sin prisas, sin explicaciones. Solo flores azules que no existen y jardines que crecen dentro de nosotros.

Alba Adey Montenegro

Soy Alba Adey Montenegro, aunque a veces escribo bajo el nombre de Alba Romansy. Soy maestra de profesión y escritora por vocación. Formada en Máster en Escritura Creativa y Magisterio. Me gustan las historias que hablan de amor, de elecciones difíciles, de magia, de pérdidas y de todo aquello que nos cambia por dentro. Escribo romance, fantasía romántica y literatura para jóvenes adultos porque sigo creyendo que los libros son un lugar al que regresar cuando buscamos emoción, aventura o una forma distinta de mirar el mundo. Entre páginas, personajes y cuadernos llenos de notas, continúo persiguiendo historias y, de paso, mis sueños.

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