Historias de Misterio y Suspenso | Thriller PsicológicoRelatos

El hombre que llegó con la lluvia

El hombre que llegó con la lluvia

Llegó un día de lluvia. No llamó a la puerta. Simplemente estaba allí, en el umbral, mirándome como si yo fuera la única persona que quedaba en el mundo. Lo amé como se ama el peligro: sabiendo que podía quemarme, pero sin poder apartarme.

Llegó un día de lluvia. No llamó a la puerta. No hizo nada. Simplemente estaba allí, en el umbral, mirándome como si yo fuera la única persona que quedaba en el mundo.

No era joven. Ni siquiera era especialmente atractivo. Pero tenía una forma de mirar que desarmaba. Cuando entraba en una habitación, todo el mundo se callaba. No por respeto. Por algo más difícil de nombrar.

Yo lo quise como se quiere el peligro. Sabiendo que podía quemarme. Sabiendo que no había vuelta atrás. Y la primera noche me lo dijo sin rodeos:

—No soy de aquí. Y si te quedas conmigo, tú tampoco lo serás.

No lo entendí. Pensé que hablaba en metáforas. Un poeta. Un desgraciado con labios de verso. Pero hablaba en serio.

La primera vez que lo vi desnudo supe que algo no encajaba. Su piel era fría. No tenía el latido normal de la gente. Solo un rumor sordo, como si algo se moviera dentro de él. Algo que no era sangre.

—¿Qué eres? —le pregunté una noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales.

Él se rió. Una risa seca, sin alegría.

—Soy lo que queda de un hombre que murió hace trescientos años. Y tú eres la primera persona que no sale corriendo cuando lo sabe.

No salí corriendo. Y ese fue mi error.

Porque lo que sentí por él no era amor. Era otra cosa. Más vieja. Más oscura. Como un pozo sin fondo donde tiras piedras y nunca oyes el golpe.

Y él lo sabía. Me miraba con unos ojos que no reflejaban nada. Como si por dentro solo hubiera un eco de lo que había sido.

—Tienes miedo —me dijo una noche, mientras me acariciaba el pelo.

—Sí.

—Bien. Que lo tengas. Porque si no lo tuvieras, ya estarías muerta.

Y tenía razón. El miedo era lo único que me mantenía viva. Lo que me recordaba que era humana. Que aún sentía. Que aún podía escapar.

Pero no escapé.

Me quedé. Porque su vacío era más verdadero que cualquier mentira que hubiera conocido. Porque él nunca fingía. Ya no sabía cómo.

Y entonces, una noche, me dijo:

—Tengo que irme. No porque quiera. Porque puedo. Y si puedo, debo.

—¿Adónde?

—A donde voy siempre. Al lugar que hay entre la vida y la muerte. Donde no hay nada. Donde siempre estoy solo.

Lo miré. Y entendí.

No era un hombre. Era un instante. Un instante que se había alargado demasiado. Un error del tiempo. Un hueco que caminaba.

—¿Me llevas? —le pregunté.

Me miró. Y por primera vez, vi algo en sus ojos. No era miedo. Era tristeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tú todavía tienes luz. Y yo soy el que la apaga.

Y entonces se fue. Como llegó. Sin ruido. Sin despedida. Solo la certeza de haber estado allí. Y la habitación vacía.

A veces, cuando llueve, creo oír su voz.

Pero no. Es solo el viento. O mi memoria. O el eco de algo que nunca debió suceder.

O quizá no. Quizá todavía está ahí. En el umbral. Mirándome. Esperando.

Y lo peor de todo no es que vuelva.

Es que, a veces, deseo que lo haga.


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Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

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