El día que cruzamos la línea y el mundo se incendió.
Hay líneas que no se cruzan. Límites que no se traspasan. Fronteras que, una vez cruzadas, ya no tienen vuelta atrás. Pero aquel día, en aquella hora en la que el tiempo se detuvo y el mundo desapareció, cruzamos todas las líneas. Y el mundo, querido lector, se incendió. Y nosotros, en medio de las llamas, no quisimos apagarlo.
Hay amores que deberían venir con advertencia.
Pero el amor, querido lector, no avisa.
El amor irrumpe.
Y cuando irrumpe, ya no hay reglas.
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La primera vez que te vi, supe que eras peligroso. No era una intuición. Era una certeza física, una sacudida que recorrió mi columna vertebral como una corriente eléctrica. Era como estar al borde de un acantilado y saber que, si daba un paso, caería. Y quería caer. Dios, cómo quería caer.
Tú no sabías nada de mí. O eso creía. Pero tus ojos, esa primera vez que se cruzaron con los míos, me dijeron que también lo sentías. Que también habías sentido ese temblor. Que también habías mirado al abismo y habías querido saltar. Y en ese cruce de miradas, en ese instante que duró apenas un segundo, ocurrió todo. Ocurrió el principio del fin. Ocurrió el amor. Ocurrió el incendio.
El amor prohibido es un incendio.
Y nosotros, sin saberlo,
ya estábamos ardiendo.
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No me preguntes cómo empezó. No te sabría decir. No hubo un momento exacto. Fue un proceso lento, como la marea que sube sin que te des cuenta. Como el invierno que se cuela sin avisar. Un día, eras un desconocido. Al otro, ya eras mi secreto. Mi condena. Mi salvación. Mi fuego.
Las primeras veces fueron inocentes. Una mirada que duraba un segundo más de lo debido. Una sonrisa que no debía ser tan cómplice. Un roce de manos al pasar que se quedaba grabado en la piel durante horas. Pequeñas transgresiones que, una a una, iban construyendo algo más grande. Algo que no podíamos controlar. Algo que nos estaba devorando desde dentro.
Cuando una mirada se convierte en un pacto.
Cuando un roce es más íntimo que cualquier caricia.
Cuando el silencio entre dos personas grita más que cualquier palabra.
Cuando el deseo se convierte en necesidad.
Y entonces, ocurrió. No fue un momento planeado. No fue una decisión consciente. Fue una rendición. Fue dejar caer todas las barreras, todos los «no debería», todas las advertencias que mi cabeza me repetía. Fue rendirme al abismo, cerrar los ojos y saltar. Y en ese salto, en esa caída libre, entendí por qué el amor prohibido es tan adictivo.
El amor prohibido no es el amor que te rompe.
Es el amor que te deshace.
Que te deja en pedazos.
Y en tus pedazos, te sientes más tú que nunca.
No es solo el amor. Es la transgresión. Es el saber que estás haciendo algo que no deberías. Es la adrenalina de lo clandestino. Es el riesgo de ser descubierto. Es la intensidad de un beso que sabe a peligro. Es la certeza de que, aunque el mundo se derrumbe, ese instante vale la pena. Y el mundo, querido lector, se derrumbó.
Y entonces, te besé.
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Y el mundo se detuvo.
❞
Y supe que ya no había vuelta atrás.
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Después, todo fue un torbellino. Encuentros a escondidas. Mensajes que se borraban al leerlos. Miradas que decían todo y no decían nada. Vivíamos en ese limbo, en esa burbuja que habíamos creado, donde el mundo exterior no existía. Donde solo existías tú y yo. Donde solo existía el deseo. Donde solo existía el amor. Donde solo existía el fuego.
El amor prohibido no termina cuando te descubren.
Termina cuando te descubres a ti mismo.
Y te das cuenta de que has perdido
más de lo que has ganado.
Y llegó el día en que tuvimos que elegir. No me preguntes cómo fue. No te sabría decir. Solo sé que, de repente, el mundo exterior entró en nuestra burbuja. Que las consecuencias se hicieron reales. Que el amor, por muy prohibido que fuera, no podía ser el centro de todo. Que la vida, la de verdad, estaba ahí fuera, esperando con sus reglas y sus límites.
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Te fuiste. No fue un adiós. Fue un «no puedo más». Fue un «esto nos está destruyendo». Fue un «te quiero, pero no puedo quererte así». Y yo, como una idiota, te dejé ir. Te dejé ir porque sabía que tenías razón. Porque sabía que el amor prohibido, por muy intenso que sea, no es sostenible. Porque sabía que, al final, el amor no siempre gana.
Y yo, querido lector, me quedé.
Me quedé con el recuerdo.
Me quedé con el deseo.
Me quedé con el amor prohibido.
Me quedé con las cenizas de aquel incendio
que no quisimos apagar.
☾
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