Llevo más de treinta años haciendo entrevistas. He pasado por redacciones, por radios locales, por televisiones que ya no existen, y he acumulado un archivo —físico y mental— de miles de personas. De esas, una buena parte son jóvenes. Estudiantes de instituto, universitarios, aprendices de oficios, chavales que empiezan su primer trabajo o que llevan meses buscándolo sin éxito. Y hay algo que me repito cada vez que termino una de esas conversaciones: la imagen que dan los medios de comunicación sobre la juventud no se parece en nada a la realidad.

“yo creo que sí comprendo a los jóvenes, no me parecen difíciles de comprender. No creo que la juventud esté tan alcoholizada como se ve en los medios. Yo voy mucho a institutos, a dar charlas y conferencias, y a menudo salgo muy estimulado. Me hacen preguntas interesantísimas y veo a gente de calidad y con interés.”

— Esteban Luarca Mendizábal

Este fragmento lo escribí hace unos años, después de una gira de conferencias por institutos de Cantabria y Asturias. Y hoy, en 2026, lo refrendo con más fuerza. He seguido yendo a las aulas, he seguido entrevistando a jóvenes en paro, a emprendedores de veintipocos, a chicas que compaginan tres trabajos para pagarse un máster. Y cada vez que escucho el discurso de que «la juventud está perdida», «no tiene valores» o «solo quiere vivir de subvenciones», me pregunto: ¿a qué jóvenes se refieren? Porque los míos no son esos.

El ruido mediático frente al susurro de las aulas

La semana pasada, en un instituto de Santander, una chica de 17 años me preguntó: «¿Cree que tiene sentido estudiar Filosofía si todo el mundo dice que no voy a encontrar trabajo?». No era una pregunta ingenua. Era una pregunta desgarradora, porque llevaba meses escuchando a sus padres, a sus profesores y a la televisión decirle que su vocación no valía nada. Y sin embargo, ella había leído a María Zambrano y a Simone Weil por su cuenta, y quería entender el mundo, no solo vivir en él.

Esa misma semana, en una charla en Gijón, un chico de 19 años me contó que había creado una pequeña cooperativa de reparto con sus amigos, porque no encontraban trabajo y decidieron hacerlo ellos mismos. No pedían ayudas. No se quejaban. Habían organizado turnos, gestionado rutas y negociado con pequeños comercios. Tenían más sentido de la responsabilidad que muchos directivos que he conocido en multinacionales.

Estas historias se repiten. No son excepciones. Son la norma. Pero no venden periódicos. El titular fácil es «los jóvenes no quieren trabajar», no «los jóvenes crean su propio trabajo». El titular fácil es «la juventud está alcoholizada», no «los jóvenes organizan festivales solidarios para recaudar fondos para la DANA».

“Entrevisté a más de 200 jóvenes para un reportaje sobre empleo. El 80% me habló de sus proyectos, de sus ganas de aprender, de su miedo a no llegar a fin de mes, pero también de su voluntad de salir adelante. Solo un 10% encajaba en el estereotipo del ‘nini’ desmotivado. Y a ese 10%, cuando profundizaba, le encontraba una historia detrás: problemas familiares, salud mental, falta de orientación… Nunca era pereza.”

— Extracto de mis cuadernos de entrevistas, 2024

¿Qué he aprendido en todos estos años?

He aprendido que los jóvenes no son difíciles de comprender. Son difíciles de escuchar. Porque escuchar de verdad implica dejar de lado los prejuicios y aceptar que su realidad es distinta a la nuestra. Ellos han crecido con una crisis tras otra, con un mercado laboral que les exige sobrecualificación para trabajos precarios, con una vivienda inalcanzable y con un discurso social que les dice que «se lo están dando todo hecho».

Y sin embargo, cuando les preguntas, cuando les dejas hablar, encuentras una lucidez que a muchos adultos nos falta. Son conscientes de las contradicciones del sistema. Saben que el culto al dinero y al éxito inmediato es una trampa. Y muchos están construyendo alternativas: desde huertos urbanos hasta aplicaciones de trueque, desde colectivos de ayuda mutua hasta plataformas de formación gratuita entre iguales.

Lo que he visto en mi archivo (y que los medios no cuentan)


  • Jóvenes que se forman en oficios tradicionales (fontanería, carpintería, pastelería) porque saben que ahí hay futuro, no porque «no les dé la cabeza» para una carrera.

  • Universitarios que compaginan sus estudios con voluntariado en bancos de alimentos, asociaciones de vecinos o clubes deportivos. No por currículum, por convicción.

  • Emprendedores que fracasan y lo asumen como aprendizaje, no como derrota. Y que al cabo de un año lo vuelven a intentar, con más cabeza.

  • Chavales de 16 años que cuidan de sus abuelos mientras estudian, porque el sistema de dependencia no llega a todos.

  • Colectivos de jóvenes que se organizan para limpiar playas, montes y ríos, sin esperar a que nadie les dé permiso.

La culpa no es de ellos

Y aquí llega el punto incómodo. Si realmente la juventud está tan mal como algunos dicen, ¿de quién es la culpa? Pues de los que les hemos formado. De nosotros. De los adultos que hemos construido una sociedad secularizada, sin referentes éticos claros, con una falta de perspectivas tremenda, donde el único valor que parece importar es el dinero. Hemos sido nosotros los que hemos normalizado la precariedad, los que hemos tolerado que los políticos den ejemplo de codicia y falta de escrúpulos, los que hemos convertido la educación en un negocio y no en un derecho.

Y sin embargo, como decía en el fragmento, los jóvenes no se han vuelto escépticos. A la falta de valores, muchos de ellos contestan con solidaridad. Con organizaciones al margen de los poderes. Con iniciativas que nacen de la rabia pero se convierten en acción positiva. He visto a chicos y chicas de 20 años montar comedores sociales en barrios marginales, dar clases de refuerzo a niños inmigrantes, crear apps para conectar a mayores solos con voluntarios.

“Los jóvenes no necesitan que los salven. Necesitan que los dejen de etiquetar. Y que los adultos nos hagamos responsables del mundo que les hemos dejado.”

Una invitación a mirar de otro modo

Este post no es un alegato naíf. No digo que todos los jóvenes sean ángeles ni que no haya problemas. Los hay, y graves: salud mental, adicciones a las pantallas, ansiedad por el futuro. Pero esos problemas no son suyos. Son nuestros. Son el reflejo de una sociedad que ha dejado de cuidar a los suyos y que luego se sorprende de que los jóvenes estén heridos.

Si hay algo que he aprendido en mis miles de entrevistas es que, cuando se les da la palabra, los jóvenes la usan con inteligencia y con honestidad. No piden soluciones mágicas. Piden que los escuchemos. Que dejemos de mirarlos como un problema y empecemos a verlos como lo que son: personas que están construyendo su vida en un mundo que nosotros hemos complicado innecesariamente.

Por eso, la próxima vez que alguien te diga que «la juventud está perdida», invítale a que se siente con un joven, a que le pregunte de verdad, a que escuche sin juzgar. Y si no sabe por dónde empezar, que se asome a mi archivo. Ahí tiene miles de respuestas. Y todas apuntan a lo mismo: no, los jóvenes no están perdidos. Están buscando su camino en un laberinto que nosotros diseñamos.

— Esteban Luarca Mendizábal, desde mi cuaderno de entrevistas, julio de 2026.