El espejo del pasillo
Los espejos no mienten. Pero este sí. Y lo peor es que siempre tiene razón.
El espejo del pasillo llegó con la casa. No lo compré. Estaba ahí. Grande. Oscuro. Con el marco de madera negra.
El primer día me vi bien. Normal.
A la semana, mi reflejo llegaba un segundo tarde.
Al mes, mi reflejo sonreía cuando yo no.
No es una sensación agradable. Verte hacer algo que no estás haciendo. Como si hubiera otra tú. Al otro lado.
—No es otro tú —dijo mi vecina, cuando se lo conté.
—¿Qué es entonces?
—Es lo que quiere ser. Y tú se lo estás dando.
No entendí. Hasta que empecé a notar cambios.
Cosas que perdía. Llaves. Pendientes. Una carta.
Cosas que aparecían. Un peine que no era mío. Una sortija. Una foto de alguien que no conocía.
Y en todas las fotos, mi cara. La misma. Pero distinta.
—Se está alimentando de ti —dijo la vecina—. Del tiempo que pasas mirándolo. De lo que ves en él.
—¿Y qué veo?
—Lo que podría ser. Lo que te da miedo ser.
No volví a mirarlo.
Pero una noche, pasando de largo, vi algo.
Mi reflejo estaba de espaldas. Mirando hacia otro lado. Como si estuviera en otra habitación. O en otro mundo.
Entonces se giró.
Y me sonrió.
Yo no sonreí.
Esa noche rompí el espejo.
Pero al día siguiente estaba ahí. Entero. Sin una raya.
Y mi reflejo ya no llegaba tarde.
Llegaba antes. Y siempre me esperaba.
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