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Relatos en dos perspectivas. Díptico de la máscara. La que se enamoró de una mentira

Cansada de las miradas. Cansada de los focos. Cansada de los hombres que querían algo de mí. Mi nombre era Victoria. Veintisiete años, una carrera que había empezado en el teatro y que se había disparado hasta el cine, una vida que parecía perfecta y que, sin embargo, se estaba desmoronando. Y entonces, lo encontré a él.

No fue en una alfombra roja. No fue en una fiesta de estreno. Fue en una aplicación de citas. Una de esas donde la gente se esconde detrás de perfiles falsos y promesas vacías. Yo también me había escondido. Pero él no. Él era real. O eso parecía.

Su nombre era Gael. O eso decía. Arquitecto, veintiocho años, un perfil sencillo y unas fotos que no eran él. Pero no lo supe hasta mucho después. No lo supe hasta que ya era demasiado tarde. Hasta que ya lo amaba.

La primera vez que me escribió, no esperaba nada. Recibía decenas de mensajes al día, todos iguales. «Eres hermosa», «me encantaría conocerte», «eres mi sueño». Pero él, Gael, no era así. Me preguntó por la película que había visto. Por el libro que estaba leyendo. Por la canción que sonaba en el café donde estaba. Y yo, que estaba rodeada de falsedades, me sentí escuchada.

—¿Quién eres? —le pregunté una noche, después de horas de conversación—. ¿Por qué eres tan diferente?

—No soy diferente —respondió—. Solo soy yo. Y tú eres la primera persona que me escucha sin querer nada a cambio.

No sabía que, en realidad, él quería todo. Que su vida, su identidad, su perfil, era una mentira. Que las fotos no eran suyas. Que el trabajo no era suyo. Que todo lo que me había contado era falso. Pero yo no lo sabía. Y, mientras tanto, me enamoraba.

«Estaba rodeada de falsedades. Y él, con su mentira, me hizo sentir escuchada.»

La voz que no necesitaba ver

Nunca nos vimos. No podíamos. O él no podía. Siempre tenía una excusa. Un viaje, un trabajo, una urgencia. Pero yo, que estaba acostumbrada a los hombres que querían verme, que querían poseerme, no entendía su ausencia. No entendía por qué no quería verme. Hasta que, una noche, él me dijo la verdad. O parte de ella.

—No soy quien crees que soy —escribió, y en sus palabras sentí un temblor—. No soy el hombre de las fotos. No soy arquitecto. Soy un acomodador de cine. Y llevo meses mintiéndote.

El mundo se detuvo. Las palabras, tan sinceras, tan rotas, me llegaron al alma. No era su mentira lo que me dolía. Era su miedo. El miedo de perder lo que habíamos construido. Y yo, que había sido engañada tantas veces, entendí que aquella mentira no era como las otras. No era para herirme. Era para protegerse. Para protegernos.

—¿Por qué me lo dices ahora? —pregunté, y mis dedos temblaban sobre el teclado.

—Porque no puedo seguir mintiéndote —respondió—. Porque te quiero. Y porque quiero que me conozcas de verdad. No como el hombre que inventé, sino como el hombre que soy.

Y entonces, le perdoné. No porque mereciera ser perdonado, sino porque el amor no entiende de méritos. El amor solo entiende de elecciones. Y yo había elegido quererlo.

El encuentro

Nos vimos por primera vez en la Gran Vía, en el estreno de una de mis películas. Yo no sabía que él estaría allí. Él no sabía que yo lo sabía. Pero cuando lo vi entre la multitud, cuando sus ojos se encontraron con los míos, supe que era él. No por las fotos que no eran suyas. Por la forma en que me miraba. Por la forma en que su sonrisa temblaba. Por la forma en que, sin palabras, me dijo todo lo que no había podido decirme durante meses.

—Eres tú —dije, caminando hacia él—. Eres exactamente como te imaginaba.

—¿Y si no soy quien crees que soy? —preguntó él, con el miedo en la voz—. ¿Y si todo lo que te he dicho es mentira?

—No importa —respondí, y en mis ojos vi la certeza de que el amor no entiende de mentiras—. No importa quién eres. Lo que importa es lo que siento cuando estoy contigo. Y eso no es mentira.

Y entonces, lo besé. Fue un beso que sabía a todas las palabras no dichas. A todas las mentiras que se habían convertido en verdad. A todas las máscaras que, al final, nos habían enseñado a ser quienes realmente somos.

La decisión

Ahora, mientras escribo esto, sé que el amor no es una elección. Es un destino. Y aunque todo empezó con una mentira, la verdad que encontré en sus ojos era más real que cualquier otra cosa que hubiera conocido. No importa que no fuera el hombre de las fotos. No importa que no fuera arquitecto. No importa que su vida fuera más pequeña que la que me había contado. Porque él me había dado algo que nadie más me había dado: la certeza de que, detrás de la máscara, hay siempre una verdad. Y esa verdad, a veces, es más valiosa que cualquier mentira.

«El amor no entiende de mentiras. El amor solo entiende de elecciones.»

La otra orilla

Esta es mi historia. La de la actriz que se enamoró de una mentira. La que, rodeada de falsedades, encontró una verdad en la mentira más grande de su vida. Pero hay otra historia. La de él. El hombre que la amaba sin conocerla. El que construyó un amor sobre una mentira y descubrió que la única mentira era la suya. Si quieres conocer su verdad, lee «El que la amaba sin conocerla». Porque el amor siempre tiene dos caras. Y la verdad, como la máscara, nunca es una sola. Es el conjunto de todas las identidades que creamos para ser amados. Y de todas las que, al final, nos enseñan a ser nosotros mismos.

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Dos perspectivas. Una misma historia. El amor y la locura vistos desde ambas orillas.

Ahora, la versión de él: «El que la amaba sin conocerla»

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Próximamente, nuevos relatos de amor oscuro, obsesión y locura en «Relatos en dos perspectivas».

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«El amor no entiende de mentiras. El amor solo entiende de elecciones.»

Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

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