Relatos en dos perspectivas. Díptico de la máscara. El que la amaba sin conocerla
La vi por primera vez en una pantalla. No era una pantalla cualquiera. Era la pantalla del cine donde trabajaba como acomodador, en el barrio de Chueca, en Madrid. La película era un drama romántico, de esos que ella protagonizaba y que a mí me rompían el alma. Pero aquella noche, no estaba mirando la película. Estaba mirándola a ella.
Me llamo Gael. Tengo veintiocho años, un trabajo que no me llena, una vida que no me satisface, y una obsesión que me consume desde que vi el rostro de Victoria en aquella pantalla. No era una obsesión de fan. Era una obsesión de destino. Como si, al verla, hubiera entendido que mi vida, hasta entonces, había sido solo una espera. Una antesala del momento en que nuestros ojos se encontraran.
Pero nuestros ojos no se encontraron. No podían. Porque ella era una estrella y yo, un desconocido. Porque ella vivía en un mundo de alfombras rojas y flashes, y yo en un mundo de palomitas y butacas vacías. Porque ella era inalcanzable. Y yo, que siempre había huido de lo inalcanzable, decidí que aquella vez no huiría. Que haría lo que fuera necesario para llegar a ella. Incluso si eso significaba mentir. Incluso si eso significaba dejar de ser yo.
Así que creé una identidad falsa. Un nombre inventado, una vida inventada, un perfil en una aplicación de citas que estaba segura de que ella no usaba. Pero usaba. Y un día, ella me escribió. Y entonces, todo empezó.
«La vi en una pantalla. Y supe que mi vida, hasta entonces, había sido solo una espera.»
El perfil que no era mío
No fue difícil crear al otro Gael. Le puse un apellido que sonaba bien, un trabajo que impresionara (arquitecto), y unas fotos que no eran mías. Un amigo, que se parecía a mí pero era más guapo, más seguro, más todo, me prestó su imagen. Y yo, detrás de esa máscara, empecé a escribirle.
Los primeros mensajes fueron simples. «Hola», «¿cómo estás?», «me encanta tu trabajo». Pero pronto, las conversaciones se volvieron más profundas. Ella me contaba su vida, sus miedos, la soledad que sentía a pesar de estar siempre rodeada de gente. Y yo, que había empezado mintiendo, empecé a decir la verdad. Sobre mí. Sobre lo que sentía. Sobre el vacío que llevaba años llenando con sus películas.
—¿Por qué me escribes? —me preguntó una noche, después de horas de conversación—. No eres como los demás. No me pides fotos. No me pides encuentros. Solo me escuchas.
—Porque no quiero conocerte como un fan —respondí, y era verdad—. Quiero conocerte como la persona que eres. No como la que los demás ven.
No le dije que, en realidad, la había visto en todas sus películas. Que sabía sus gestos, sus silencios, sus miradas. Que, de alguna manera, la conocía mejor que nadie. Pero no podía decírselo. Porque si se lo decía, se rompería el hechizo. Y yo, que había construido mi vida alrededor de ese hechizo, no podía permitir que se rompiera.
El amor sin rostro
Pasaron semanas. Las semanas se convirtieron en meses. Y yo, que había empezado mintiendo, me encontré diciendo la verdad. La verdad de que la amaba. La verdad de que no podía dejar de pensar en ella. La verdad de que, aunque nunca la hubiera visto en persona, la conocía más profundamente que a nadie.
—Quiero verte —me dijo una noche, con la voz temblorosa—. Quiero conocerte de verdad. No solo a través de una pantalla.
El mundo se detuvo. No podía. No podía dejar que me viera. Porque, si me veía, descubriría que el Gael que amaba no existía. Que era solo un reflejo. Una máscara.
—No puedo —respondí—. Todavía no estoy preparado.
—¿Por qué? —preguntó ella, y en su voz había dolor—. ¿No confías en mí?
—Confío en ti más que en nadie —dije—. Pero no confío en mí. No sé si soy la persona que crees que soy.
No supo qué decir. Y yo, que había estado a punto de confesarlo todo, me callé. Porque sabía que, si confesaba, la perdería. Y perderla, después de haberla encontrado, era lo único que no podía soportar.
Esa noche, mientras ella dormía al otro lado de la pantalla, me senté en el suelo de mi habitación y lloré. No por ella. Por mí. Por el hombre que había dejado de ser para convertirse en el hombre que ella quería. Por la máscara que se había vuelto más real que mi propio rostro.
La verdad que lo cambió todo
El encuentro llegó sin avisar. Un día, ella me escribió: «Esta noche hay un estreno en la Gran Vía. Quiero que vengas. Quiero que te vea. Quiero que, por fin, nos conozcamos.»
No pude decirle que no. No pude seguir huyendo. Así que fui. Llegué al estreno con el corazón en la garganta, con el sudor corriendo por mi espalda, con la certeza de que, cuando ella me viera, todo se derrumbaría. Pero cuando la vi, cuando nuestros ojos se encontraron, ella sonrió. Y en su sonrisa, entendí que no le importaba quién era yo. Que le importaba quién había sido para ella durante todos aquellos meses. Que el amor, cuando es verdadero, no necesita máscaras.
—Eres tú —dijo, y su voz era un susurro—. Eres exactamente como te imaginaba.
—¿Y si no soy quien crees que soy? —pregunté, y el miedo me atravesaba—. ¿Y si todo lo que te he dicho es mentira?
—No importa —respondió ella, y en sus ojos vi la certeza de que el amor no entiende de mentiras—. No importa quién eres. Lo que importa es lo que siento cuando estoy contigo. Y eso no es mentira.
Y entonces, entendí que la máscara había caído. Que ella me había visto, no como el Gael que había inventado, sino como el Gael que realmente era. Y que, a pesar de todo, me había elegido.
«El amor, cuando es verdadero, no necesita máscaras.»
La otra orilla
Esta es mi historia. La del hombre que la amaba sin conocerla. La del que construyó un amor sobre una mentira y descubrió que, al final, la única mentira era la suya. Pero hay otra historia. La de ella. La actriz que se enamoró de una mentira. La que, cuando descubrió la verdad, tuvo que decidir si el amor podía sobrevivir a la falsedad. Si quieres conocer su verdad, lee «La que se enamoró de una mentira». Porque el amor siempre tiene dos caras. Y la verdad, como la máscara, nunca es una sola. Es el conjunto de todas las identidades que creamos para ser amados. Y de todas las que, al final, nos enseñan a ser nosotros mismos.
🌊 SERIE «RELATOS EN DOS PERSPECTIVAS»
Dos perspectivas. Una misma historia. El amor y la locura vistos desde ambas orillas.
Ahora, la versión de ella: «La que se enamoró de una mentira»
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Próximamente, nuevos relatos de amor oscuro, obsesión y locura en «Relatos en dos perspectivas».
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«El amor, cuando es verdadero, no necesita máscaras.»

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