Relatos de Amor Prohibido y Mundos de Fantasía | Romantasy YA

La marca en la piel


Dicen que hay un dragón que no guarda tesoros. No acumula monedas de oro ni joyas engarzadas en plata. Lo que atesora, lo que protege con el fuego de su aliento y la escama de su lomo, son sentimientos. Sentimientos que la gente no supo qué hacer con ellos. Rabias tragadas. Tristezas aplazadas. Amores que no se atrevieron a decir. Miedos que se disfrazaron de indiferencia. Todo eso, el dragón lo recoge cuando los humanos lo dejan caer por el camino, como quien pierde una moneda sin darse cuenta.

Su cueva está en lo profundo de un bosque de alcornoques, donde la luz apenas llega y el silencio tiene peso. No es una cueva oscura ni amenazante. Es un lugar de penumbra cálida, con paredes de piedra caliza donde cuelgan, como estalactitas invertidas, los sentimientos que ha ido guardando. Cada uno brilla con un color distinto: los rojos son rabias, los azules son tristezas, los dorados son amores no dichos. Y cuando alguien se acerca, el dragón los reconoce. Sabe a quién pertenece cada uno. No los ha robado. Los ha recogido del suelo, de los bolsillos que se vacían sin querer, de las bocas que callan.

«El problema de los sentimientos no es que pesen. Es que la gente los deja caer y no se agacha a recogerlos. Y entonces, un dragón tiene que hacer su trabajo.»

El dragón no habla mucho. Cuando habla, lo hace con una voz que parece el rumor de las brasas cuando se apagan. Y lo primero que dice cuando te acercas a su cueva es:

—Toma —dice, y te alarga una esfera de luz entre sus garras—. Esto te pertenece.

Y entonces ves lo que es. La rabia que tragaste a los doce años, cuando tu padre no vino a tu cumpleaños. La tristeza que aplazaste en la mudanza, cuando dejaste tu ciudad y no lloraste porque no debías. El amor que no te atreviste a decir, aquella vez que te quedaste mirando la espalda de alguien que se iba.

La gente, cuando ve lo que el dragón les devuelve, suele huir. No quieren cargar con eso. No quieren volver a sentir lo que enterraron. Prefieren seguir vacíos antes que llenos de lo que duele. Y el dragón los ve correr y no les culpa. Solo guarda de nuevo esos sentimientos, los coloca en su sitio, y espera al siguiente.

Pero ella no huyó. Llegó una tarde de otoño, cuando las hojas de los alcornoques crujían bajo sus pies y el viento olía a tierra mojada. No sabía muy bien por qué había ido. Solo sabía que llevaba años con un peso en el pecho que no sabía nombrar. Un peso que no la dejaba dormir, que se instalaba en su garganta cada vez que intentaba hablar de sí misma. Y alguien, en algún lugar, le había hablado del dragón.

—Dicen que tú guardas lo que la gente pierde —dijo, con la voz temblorosa.

El dragón levantó la cabeza. Sus ojos eran dos ascuas doradas. La miró durante un largo instante, como si leyera en ella algo que ella misma no sabía que llevaba escrito.

—Tienes algo mío —dijo ella, con la voz más firme—. Algo que dejé caer hace mucho y no supe recoger. Y he venido a buscarlo.

El dragón se incorporó lentamente. Su cola rozó el suelo.

—¿Estás segura? —preguntó—. Lo que guardo no es bonito. Es lo que duele. Lo que se evita. Lo que se entierra porque no se sabe sostener.

Ella tragó saliva. Sintió el nudo en la garganta, el mismo que llevaba años. Pero no dio un paso atrás. Porque sabía, en el fondo de su pecho, que aquel nudo no se desharía solo. Y que si no lo miraba, si no lo tocaba, seguiría allí, apretando cada vez más.

—Estoy segura —dijo.

El dragón se giró hacia el fondo de la cueva, donde las paredes relucían con miles de luces pequeñas. Buscó entre ellas con la paciencia de quien conoce cada objeto de su colección. Y al cabo de unos minutos, volvió con una esfera de un azul grisáceo, casi transparente, que temblaba como si tuviera dentro un latido.

«Esto lo dejaste caer el día que tu madre se fue. No lloraste entonces. Pero el llanto se quedó dentro de ti, esperando. Y yo lo recogí.»

Ella sintió un golpe en el pecho. Recordó. Recordó la puerta cerrándose. El ruido de una maleta. El silencio después. Y la forma en que se había dicho a sí misma: «No pasa nada. No necesito llorar. Soy fuerte.» Y cómo, desde aquel día, nunca había vuelto a llorar. Ni siquiera cuando quería.

—¿Qué hago con esto? —preguntó, con la voz quebrada.

—Lo abrazas —respondió el dragón—. Lo sostienes. Lo dejas que sea lo que es. No tienes que arreglarlo. Solo tienes que sentirlo.

Ella extendió las manos y el dragón puso la esfera sobre sus palmas. Era fría, pero al contacto con su piel empezó a calentarse. Y entonces, sin saber cómo, comenzó a llorar. No un llanto limpio ni silencioso. Un llanto de esos que salen de lo más hondo, que sacuden los hombros, que mojan la cara y no se pueden detener. El llanto que había guardado durante años.

El dragón no se movió. No le dijo «no llores» ni «tranquila» ni «ya pasará». Solo se quedó allí, en silencio, dejando que ella llorara todo lo que tenía guardado. Y cuando el llanto se fue convirtiendo en un suspiro, en un temblor más pequeño, el dragón habló de nuevo.

—Eres la primera —dijo, con su voz de brasa que se apaga—. La primera que no huye. La primera que se queda y abraza lo que le devuelvo.

Ella levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora lo llevas contigo. Pero no como un peso. Como un recuerdo de que puedes sostenerlo. Como una prueba de que no te rompes por sentir.

Ella miró la esfera en sus manos. Ya no temblaba. Ya no era fría. Era solo una luz suave, como una linterna que alumbraba desde dentro. La apretó contra su pecho y sintió que, por primera vez, el nudo en su garganta se aflojaba. No desaparecía. Pero ya no era un nudo. Era algo que podía nombrar.

Salió de la cueva con la esfera en las manos. El aire del bosque olía a hojas mojadas, a tierra, a vida. Y supo que no iba a ser fácil. Que habría días en que el peso volvería. Días en los que querría devolver la esfera al dragón y olvidarse de todo. Pero también supo, con una certeza nueva, que podía sentirlo sin morir. Que la tristeza no era el fin del mundo. Que la rabia no la convertía en mala persona. Que el amor no dicho no era una vergüenza, solo una historia que aún no había terminado.

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El dragón, en su cueva, volvió a su lugar. Miró las paredes llenas de luces. Sabía que volverían más personas. Que la mayoría huiría. Que algunos se quedarían a medio camino, sin atreverse a tocar lo que les devolvía. Pero también sabía que, de vez en cuando, llegaría alguien como ella. Alguien que, en lugar de correr, se sentaría en el suelo de la cueva y abrazaría su dolor. Y eso, para el dragón, era suficiente. Porque su trabajo no era curar. Su trabajo era devolver. Y lo que cada uno hacía con lo devuelto, ya no era cosa suya.

Reflexión final — Esta historia no habla de un dragón. Habla de todas las personas que guardan lo que no se atreven a sentir. De todas las que han aprendido que llorar es una debilidad, que enfadarse es un error, que querer sin ser correspondido es una humillación. Y se han ido vaciando, dejando caer pedazos de sí mismas por el camino, sin saber que alguien —o algo— los recogía.

El dragón no juzga. No te dice que está bien o mal lo que sientes. Solo te devuelve lo que es tuyo. Y la verdadera valentía no está en no sentir. Está en atreverse a sostener lo que duele, a abrazarlo, a decir: «Esto es mío. Y puedo con ello.» Porque no es valiente quien no siente. Es valiente quien se atreve a sentir todo lo que guardó. Y a quedarse, como ella, con la esfera en las manos, y seguir caminando.

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Alba Romansy · Romansy emocional con base psicológica

Alba Adey Montenegro

Soy Alba Adey Montenegro, aunque a veces escribo bajo el nombre de Alba Romansy. Soy maestra de profesión y escritora por vocación. Formada en Máster en Escritura Creativa y Magisterio. Me gustan las historias que hablan de amor, de elecciones difíciles, de magia, de pérdidas y de todo aquello que nos cambia por dentro. Escribo romance, fantasía romántica y literatura para jóvenes adultos porque sigo creyendo que los libros son un lugar al que regresar cuando buscamos emoción, aventura o una forma distinta de mirar el mundo. Entre páginas, personajes y cuadernos llenos de notas, continúo persiguiendo historias y, de paso, mis sueños.

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