Historias de Misterio y Suspenso | Thriller Psicológico

EXPEDIENTE 13-02: El espejo que devolvía más de lo que reflejaba

Por: Esteban Luarca | Tiempo de lectura: 10 minutos

EXPEDIENTE 13-02: El espejo que devolvía más de lo que reflejaba

Empezó como empiezan casi todas estas historias: en un mercadillo dominical, con una oferta imposible de rechazar.

La protagonista se llama Marta. Tiene treinta y cuatro años, trabaja en una óptica y vive sola en un bajo de Lavapiés. No es una mujer especialmente supersticiosa. Ni siquiera creía en fantasmas cuando compró el espejo.

Fue un impulso. El marco era bonito, tallado a mano, con un color caoba que encajaba perfectamente con el mueble del recibidor. El vendedor, un hombre mayor con acento extremeño, le pidió veinte euros. Marta regateó. Quince. El hombre aceptó demasiado rápido. Cuando ella pagó, el vendedor la miró a los ojos y dijo algo que entonces le pareció una broma de mal gusto: «No lo mires demasiado tiempo, guapa».

Marta se rió. Metió el espejo en la bolsa y se fue a casa sin darle más vueltas.


Los primeros días

Colgó el espejo en la pared del recibidor, justo enfrente de la puerta de entrada. Era la primera cosa que veías al llegar. Y la última al salir.

Los primeros días no pasó nada. Marta se miraba al salir, se arreglaba el pelo, se retocaba el pintalabios. El espejo hacía su trabajo. Hasta que una mañana, algo falló.

Estaba a punto de salir. Echó un vistazo rápido, como hacía siempre, y se detuvo. El reflejo no era ella. Era una mujer mayor, de pelo cano, con una expresión cansada. Marta parpadeó. El reflejo volvió a ser el suyo.

Pensó que eran las prisas. El sueño. Esas cosas que le pasan a cualquiera. Siguió con su día. Pero algo la había dejado inquieta.


La cara que no se iba

La segunda vez fue peor. Marta llegó a casa después de cenar con unas amigas. Entró, dejó las llaves en la mesita y, sin pensar, levantó la vista hacia el espejo.

Allí seguía la mujer mayor. Pero esta vez no parpadeó al mirarla. La mujer la miraba fijamente. Con los mismos ojos cansados. Con la misma expresión de quien ha visto demasiadas cosas y ya no le sorprende nada.

Marta dio un paso atrás. El reflejo seguía allí. Movió la mano. La mujer no movió la suya.

—No es un fallo de luz —me dijo meses después, cuando la entrevisté—. Es que el espejo no reflejaba lo que había delante. Reflejaba otra cosa. Otra persona. Y esa persona me conocía.

No supo explicar cómo lo sabía. Pero lo sabía. La mujer del espejo la había estado esperando.


La investigación del marco

Marta intentó racionalizarlo. Se cubrió el espejo con una sábana. Durante una semana, no lo miró. Se arreglaba en el baño, como hacía antes. Todo volvió a la normalidad.

Pero una noche, al volver de trabajar, la sábana estaba en el suelo. Alguien —o algo— la había retirado.

Marta empezó a investigar. Buscó marcas en el marco, algún sello, alguna inicial. En la parte trasera, grabada a fuego, encontró una fecha: 1874. Y un nombre: «Casa Beltrán, Madrid».

Preguntó en foros de antigüedades. Un usuario le respondió que Casa Beltrán era una conocida casa de antigüedades del Madrid del siglo XIX. Especializada en mobiliario de casas nobles. Y, según algunos rumores, en la compra de enseres de difuntos.

—Compraban lotes enteros de casas de muertos —me explicó un experto en antigüedades funerarias—. Muebles, ropa, cuadros, espejos. Luego los limpiaban y los vendían como piezas de época. No siempre se libraban de lo que venía con ellos.


La mujer del espejo

Marta no pudo averiguar quién era la mujer del espejo. Pero una vecina anciana del edificio, que había vivido en Lavapiés toda su vida, le dio una pista.

—Ese espejo me suena —le dijo la señora, mientras tomaban café en su casa—. Cuando yo era pequeña, vivía aquí una señora mayor. Muy mayor. Viuda de un militar. Decían que tenía un espejo en su cuarto donde hablaba sola. No era un espejo normal. Era como si estuviera esperando a alguien que no llegaba.

La vecina no recordaba el nombre de la viuda. Solo que murió sola, en su cama, con los ojos abiertos mirando al espejo.

—La enterraron un martes —dijo la señora—. Y esa misma noche, alguien se llevó el espejo. No sabemos quién. Pero nadie lo echó de menos.


Lo que Marta hizo (y lo que no debió hacer)

Marta decidió que no podía seguir así. Una noche, quitó la sábana, se sentó frente al espejo y habló.

—¿Quién eres? —preguntó, con la voz más firme de la que se sentía capaz.

El espejo no respondió. Pero la imagen de la mujer mayor se hizo más nítida. Ya no era un reflejo borroso. Se veía cada arruga, cada cana, cada sombra bajo sus ojos.

La mujer levantó la mano. No una mano. La sombra de una mano. Y la apoyó en el cristal, como si quisiera atravesarlo.

Marta sintió un frío en el pecho. No en la piel. Dentro. Como si alguien le hubiera tocado el corazón con un dedo helado.

—No vuelvas a hablarme —susurró la mujer. O eso creyó oír Marta. No estaba segura de si lo había escuchado o si lo había pensado ella misma.

Pero el caso es que la imagen desapareció. Y Marta no volvió a sentarse frente al espejo.


El final del espejo

Marta intentó deshacerse del espejo en varias ocasiones. Lo llevó a un contenedor. Apareció de nuevo en su recibidor. Lo dejó en la calle, apoyado en una farola. Al día siguiente, estaba otra vez colgado en la pared.

No era magia. Era insistencia.

Finalmente, llamó a un cura amigo de su madre. El cura vino, vio el espejo, palideció y bendijo la casa. Luego se llevó el espejo en el maletero de su coche. No le dijo a Marta qué iba a hacer con él.

Marta durmió esa noche como no lo había hecho en meses.

Le pregunté si sabía qué había pasado con el espejo. Me dijo que no. Pero que el cura la había llamado una semana después para decirle, con una voz rara, que el asunto estaba resuelto. Y que no volviera a comprar nada en mercadillos sin preguntar primero de dónde venía.


Lo que aprendí de esta historia

No todos los objetos malditos son joyas familiares o talismanes rituales. A veces son simples espejos de veinte euros en un mercadillo de barrio. Lo que los maldice no es la intención de quien los hizo. Es el tiempo que pasan junto a alguien que no quería irse.

La mujer del espejo, sea quien fuera, no quería ser olvidada. Se aferró a lo único que le quedaba: su reflejo. Y cuando Marta colgó el espejo en su casa, encontró a alguien que podía mirarla.

No sé si el cura la ayudó o solo la trasladó. No sé si el espejo sigue en el maletero de su coche, o si lo colgó en la sacristía sin contarlo a nadie. Prefiero no saberlo.

Lo único que sé es que desde que Marta me contó esta historia, no he vuelto a mirarme en un espejo ajeno sin preguntar antes: ¿quién se miró aquí antes que yo?


💬 ¿Tienes un objeto en casa que te da mala espina?

👉 Cuéntalo en el foro. Anónimo si quieres. No eres la única persona que vive con algo que no debería estar allí.


Nota: La historia de Marta es real. El nombre, la profesión y el barrio han sido modificados por petición de la protagonista. El espejo, la fecha grabada y la respuesta del cura, no.

Esteban Luarca Mendizabal

Esteban Luarca Mendizábal es periodista, cronista y coleccionista de historias. Durante treinta años ha recorrido España y Latinoamérica recopilando más de diez mil testimonios, leyendas y crónicas. Su obsesión: rescatar del olvido lo que merece ser recordado. Autor de Entrevistas Paranormales entre otras obras destacables. En 13Nix, escribe sobre lo que ha vivido.

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