Historias de Misterio y Suspenso | Thriller PsicológicoRelatos

El sillón del nigromante: el pacto que aún espera sentencia

«Solo aquellos sabios de la medicina podrán sentarse en este sillón.
Quienes no sean merecedores de este título, morirán en un plazo de tres días.»

Hay objetos que no deberían existir. Objetos que, más allá de su materia, guardan una memoria. Una historia. A veces, una maldición.

Uno de ellos se conserva hoy en el Museo de Valladolid. Es un sillón de madera de nogal y cuero. A simple vista, no parece más que un mueble antiguo. Pero si te acercas, si prestas atención, el aire a su alrededor se vuelve más denso. No es imaginación. Es el peso de un pacto que aún no se ha cerrado.

Esta es la historia del estudiante que se sentó en él y vendió su alma por conocimiento.

«Valladolid, 1550. Un joven de 22 años, portugués y de origen sefardí, llegó a la universidad con un apetito insaciable por el conocimiento. Su nombre: Andrés de Proaza.»

El estudiante que quería saber demasiado

Andrés de Proaza era diferente a sus compañeros. Mientras ellos estudiaban los textos de Galeno y Hipócrates, él quería ver. No le bastaba con leer sobre el cuerpo humano. Quería abrirlo, observarlo, entender su maquinaria interna.

Sus maestros lo admiraban por sus dotes. Pero también lo temían. Había en su mirada algo que no encajaba. Una obsesión que iba más allá de la ciencia. Una urgencia que no podía explicar.

Un día, un extraño personaje se le acercó. Un nigromante. Le ofreció un sillón.

—Siéntate en él —le dijo—. Y todo lo que deseas saber será tuyo.

Proaza aceptó.

El pacto

El sillón no era un mueble cualquiera. Era un umbral. Al sentarse, Proaza no sentía la madera ni el cuero. Sentía una presencia. Un susurro que llegaba desde muy lejos y, a la vez, desde muy dentro.

El Diablo le habló. Le ofreció lo que ningún maestro podía darle: conocimiento absoluto. Los secretos de la anatomía humana. Los misterios de la vida y la muerte.

A cambio, Proaza tendría que realizar experimentos. Terribles experimentos. No con animales. Con seres humanos.

Proaza aceptó.

«No hay crimen más oscuro que aquel que se comete en nombre del conocimiento. Porque el conocimiento, cuando no tiene alma, se convierte en crueldad.»

El crimen

Una noche, el estudiante secuestró a un niño de nueve años. Lo llevó a su sótano, a orillas del río Esgueva. Allí, en la penumbra, practicó una autopsia en vida.

El niño gritó. Pero nadie lo oyó. O quizá sí.

Los vecinos denunciaron llantos y gemidos que salían de la casa. También que el agua del río bajaba teñida de rojo.

La policía entró. Encontraron el cuerpo descuartizado del niño. Y restos de animales. Y en medio de aquel escenario macabro, el sillón. Testigo mudo de la barbarie.

El juicio

Proaza fue juzgado por la Inquisición. No solo por asesinato. Por pacto demoníaco. Por nigromancia.

Condenado a la horca. Pero antes de morir, lanzó una advertencia:

—Solo aquellos sabios de la medicina podrán sentarse en este sillón. Quienes no sean merecedores de este título, morirán en un plazo de tres días.

Y añadió, con una sonrisa que heló la sangre de los presentes:

—No podrá ser destruido.

«Algunas maldiciones no necesitan ser pronunciadas. Basta con que el objeto que las guarda siga existiendo.»

La maldición cumplida

El sillón no fue destruido. Se trasladó a la universidad. Y la maldición comenzó a cumplirse.

Cuenta la leyenda que dos bedeles de la facultad, por curiosidad o por descuido, se sentaron en él. Ambos murieron exactamente tres días después. Sin causa aparente. Sin explicación.

Desde entonces, nadie se atreve a sentarse. El sillón se conserva en el Museo de Valladolid, protegido por un cordón que lo separa de los visitantes. No es una medida de seguridad. Es un aviso.

El eco de Proaza

La historia del estudiante nigromante nos interpela. Nos habla de los límites del conocimiento. De la tentación de traspasarlos. Del precio que se paga por saber demasiado.

Proaza no fue un monstruo. Fue un hombre que quiso ver más allá de lo permitido. Y que, al hacerlo, perdió su humanidad.

Su sillón aún existe. Y su maldición aún espera a quien se atreva a sentarse.

Quizá, algún día, alguien lo haga. Y entonces sabremos si la advertencia era verdad o solo el delirio de un hombre que supo demasiado tarde que el conocimiento sin alma no es sabiduría: es condena.


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¿Conocías esta leyenda? ¿Te atreverías a sentarte en el sillón?

Cuéntamelo en los comentarios. Me interesa saberlo.


Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

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