El sexo no es amor: es un intento desesperado de no sentirte solo
«El sexo no es amor. Es un intento desesperado de no sentirte solo durante cinco minutos. Y luego, la soledad vuelve. Y duele más.»
— Marta la Mala
El sexo no es amor: es un intento desesperado de no sentirte solo
El primer hombre con el que estuve fue un chico del barrio, mayor que yo, que me prometió el cielo. Y yo, que tenía diecisiete años y un vacío en el pecho, le creí. El sexo fue rápido, torpe, casi doloroso. Pero yo, en mi inocencia, pensé que eso era el amor. Que el amor era eso. Que el amor era dejar que alguien entrara en tu cuerpo aunque no hubiera entrado en tu vida. Y él, después, se fue. No me llamó. No me miró. Desapareció. Y yo me quedé, con las piernas abiertas y el alma cerrada, sintiendo que el sexo no me había dado nada. Solo me había quitado. Una parte de mí. La parte que creía en el amor.
Y así fueron todas mis relaciones. El sexo como un intento desesperado de conectar. De sentir que no estaba sola. De sentir que alguien me quería, aunque fuera solo durante unos minutos. Y durante esos minutos, me sentía viva. Me sentía deseada. Me sentía importante. Pero después, cuando el sudor se secaba y el cuerpo se enfriaba, volvía la realidad. Volvía la soledad. Y yo, desnuda en la cama, me daba cuenta de que no había conseguido nada. Solo había perdido un poco más de mí. Un poco más de mi dignidad. Un poco más de mi tiempo. Un poco más de mi vida.
Con mi primer marido, el sexo era un deber. Una obligación. Él llegaba del trabajo, se sentaba, comía, y luego, sin mediar palabra, me llevaba a la cama. No era amor. Era rutina. Era costumbre. Era una forma de decir «esto es lo que se hace». Y yo, que quería ser una buena esposa, me dejaba hacer. Y cerraba los ojos. Y pensaba en otra cosa. En el vino. En la nevera. En cualquier cosa que no fuera él. Porque el sexo sin amor, querida, no es sexo. Es un trámite. Una tarea. Una obligación. Y cuando termina, solo te sientes más sucia. Más vacía. Más sola.
«El sexo sin amor no es sexo. Es un trámite. Una tarea. Una obligación. Y cuando termina, solo te sientes más sucia. Más vacía. Más sola.»
Con mi segundo marido, el sexo era una batalla. Una lucha de poder. Él quería demostrar que era el hombre. Yo quería demostrar que no era su objeto. Y en medio de esa guerra, el sexo se convertía en un campo de batalla. Con gritos. Con silencios. Con lágrimas. Y cuando terminaba, no había placer. Solo rabia. Solo resentimiento. Solo el sabor amargo de haber cedido una vez más.
Y luego, los amantes. Los que vinieron después. Los que no duraron. Los que solo querían un rato. Los que no querían saber nada de mí, solo de mi cuerpo. Y yo, que seguía buscando el amor en el sexo, les daba lo que querían. Y me quedaba con las manos vacías. Con la cama vacía. Con el alma vacía. Y entonces, me levantaba, me ponía la ropa, y me iba. Sin mirar atrás. Sin decir adiós. Sin sentir nada. Porque el sexo sin amor, cuando lo has hecho demasiadas veces, te deja insensible. Te deja fría. Te deja vacía. Y entonces, dejas de buscar. Dejas de esperar. Dejas de creer que el sexo puede ser algo más que un rato. Y te conformas con el rato. Con el cuerpo. Con la caricia. Con el orgasmo. Y te olvidas de que hay algo más. De que hubo un tiempo en que el sexo era amor. O en que creías que lo era.
Ahora, con sesenta y tres años, el sexo ya no me importa. O me importa, pero de otra manera. Ya no busco el amor en el sexo. Ya no busco que alguien me llene. Porque sé que nadie puede llenarme. Que el vacío, ese vacío, no se llena con cuerpos. Se llena con uno mismo. Con tiempo. Con paciencia. Con cariño. Y aunque el sexo sigue siendo sexo, y a veces apetece, ya no es la búsqueda de lo que no tengo. Es el disfrute de lo que tengo. De mi cuerpo. De mi deseo. De mi placer. Sin expectativas. Sin demandas. Sin la necesidad de que alguien me quiera después.
Y he aprendido, después de tres maridos y varios amantes, que el sexo y el amor no son lo mismo. Que el sexo es un instante. Y el amor, el verdadero amor, es una elección. Una elección que se hace cada día. Cada mañana. Cada noche. Que no se acaba cuando termina el orgasmo. Que no se va cuando se enfría el cuerpo. Que no se olvida cuando se apaga la luz. Y ese amor, ese que no se acaba, no lo he encontrado en el sexo. Lo he encontrado en mí. En mis amigas. En mi perro. En una botella de vino. En un atardecer. En la escritura. En todo lo que no pide nada a cambio. En todo lo que no se va después de cinco minutos.
«El sexo no es amor. Es un instante. Y el amor, el verdadero amor, es una elección que se hace cada día. Y yo, después de tres maridos, he aprendido a elegirme a mí.»
Y si tú, que estás leyendo esto, estás buscando el amor en el sexo, te digo una cosa: no lo busques. No está ahí. El sexo no es amor. Es deseo. Es necesidad. Es rabia. Es miedo. Es soledad. Es un intento desesperado de no sentirte solo durante cinco minutos. Pero el amor, el de verdad, no se encuentra en cinco minutos. Se encuentra en los silencios. En las miradas. En las decisiones que tomas a diario. En la gente que se queda cuando no hay sexo. En la gente que te quiere aunque no te toque. Y yo, que he buscado toda mi vida, he aprendido que el amor no se busca. Se encuentra. Y a veces, se encuentra donde menos lo esperas. En ti. En tu propia compañía. En tu propia piel. En tu propia vida.
Si te ha dolido, es que es tu historia. Y si es tu historia, compártela. O no. Pero al menos, deja de confundir el sexo con el amor. Porque te estás perdiendo el amor de verdad. Y ese, querida, es el único que merece la pena.
👉 ¿Has confundido el sexo con el amor?
Cuéntame en comentarios. O no. Pero si te ha pasado, ya sabes que no estás sola. Y que el sexo, por mucho que lo busques, no te va a dar el amor que necesitas.
— Marta la Mala, 63 años, tres maridos, dos viudeces, una hija que no me habla, y una vida entera de sexo sin amor que me enseñó a quererme a mí misma.

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