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El día que decidí no amarte

✦ 13nix ✦ — Eva Álvarez
Hay días que deberían venir con advertencia. Días que sabes que van a romperte antes de que empiecen. Aquel día, yo lo sabía. Y aun así, entré. Porque el amor, querido lector, no es valiente. El amor es terco. Y yo, contra todo pronóstico, decidí no amarte. Y no pude.

Fue un martes. No sé por qué lo recuerdo. Los martes no son días importantes. Son días de transición, de espera, de nada. Pero aquel martes fue distinto. Aquel martes llegó con un peso. Con una humedad en el aire que no era del clima. Era otra cosa. Era una advertencia. Y yo, como siempre, la ignoré.

Te vi en la puerta del café. No era un café bonito. Era de esos lugares que no han sido renovados desde los años ochenta, con sillas de madera despintada y un olor a café quemado que se pegaba a la ropa. Pero tú estabas ahí, con tu chaqueta negra y tu mirada perdida en algún punto del horizonte que yo no podía ver. Y en ese instante, supe.

No supe tu nombre. No supe tu historia. No supe nada de ti. Pero supe que aquel encuentro, aquella casualidad que parecía tan insignificante, iba a cambiarlo todo. No era intuición. Era otra cosa. Era esa cosa que ocurre cuando el tiempo se detiene y el cuerpo sabe antes que la mente.

El cuerpo siempre sabe antes que la mente.
El cuerpo no miente. El cuerpo tiembla.
El cuerpo se agrieta.
El cuerpo, querido lector, es el único que nunca te engaña.

Y yo, en la puerta de ese café, sentí un temblor. Un temblor que empezó en la nuca y bajó por la columna vertebral como una corriente eléctrica. Y pensé: «Esto es. Esto es el principio del fin.» Y tenía razón. Pero no era un fin triste. Era un fin necesario. Como el incendio que arrasa el bosque para que vuelva a crecer.

Te miré. Y tú me miraste. Y en esa mirada, en ese cruce de ojos que duró apenas un segundo, ocurrió todo. Ocurrió el encuentro. Ocurrió el desencuentro. Ocurrió el amor. Ocurrió el desamor. Todo en un segundo. Porque el amor no es una historia larga. El amor es un instante. Un instante que luego se estira, se alarga, se convierte en meses y años. Pero el amor, en su esencia, es un solo segundo. Un segundo en el que dos personas se ven y deciden, sin saberlo, que van a perderse.

Yo no quería perderte. Pero no podía evitarlo. Así es el vértigo. No se elige. Se siente. Y yo, en la puerta de ese café, sentí el vértigo más profundo de mi vida. Era como estar al borde de un acantilado y saber que, si daba un paso, caería. Y quería caer. Dios, cómo quería caer.

◆ ◆ ◆

Nos sentamos. Pediste un café negro. Yo pedí un té de manzanilla, aunque odio el té de manzanilla. Pero quería parecer tranquila. Quería parecer una persona normal que se sienta a tomar algo con un desconocido. No quería que supieras que, por dentro, estaba ardiendo. Que mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podías oírlo desde tu lado de la mesa.

Hablamos de cosas sin importancia. Del clima. Del tráfico. De lo caro que está todo. Pero mientras hablaba, no podía dejar de mirarte. Y en tu mirada, en esa mirada tuya que era tan profunda y tan vacía a la vez, veía algo que no sabía nombrar. Era como si estuvieras buscando algo. Como si hubieras estado buscando toda tu vida y, en ese momento, hubieras decidido que yo era la respuesta. O la pregunta. O ambas.

El amor no es encontrar a alguien que te complete.
El amor es encontrar a alguien que te descomplete.
Que te deje en pedazos.
Y que tú, en tus pedazos, te sientas más entero que nunca.

Y entonces, sin previo aviso, sin que el cuerpo me avisara, te dije:

—No voy a amarte.

Te quedaste mirándome. No te reíste. No te ofendiste. Solo me miraste. Con esa mirada tuya que parecía ver más allá de lo que yo mostraba.

—¿Por qué dices eso? —preguntaste.

—Porque lo sé. Porque sé cómo termina esto. Porque te miro y sé que vas a romperme. Que vas a entrar en mi vida como un huracán y, cuando te vayas, me vas a dejar hecha pedazos. Y no quiero eso. No quiero volver a sentir ese dolor. No quiero volver a perderme.

Y tú, en lugar de consolarme o de decirme que no era cierto, sonreíste. Una sonrisa triste. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Ya estás perdida —dijiste—. Ya lo estabas desde antes de verme. Solo que no lo sabías.

Y tenías razón. Tenías toda la razón del mundo. Porque yo ya estaba perdida. No desde que te vi. Desde mucho antes. Desde el momento en que nací, quizás. Desde el momento en que entendí que el amor no era un cuento de hadas, sino un campo de batalla. Y yo, sin saberlo, había estado esperando a mi enemigo. A mi verdugo. A mi salvador.

◆ ◆ ◆

Pasaron las semanas. Y los meses. Y te fuiste convirtiendo en mi costumbre. En esa cosa que esperaba al despertar. En el mensaje que buscaba en el móvil apenas abría los ojos. En el olor que se quedaba en mi ropa después de cada encuentro. Y yo, contra todo lo que había dicho, te amé.

Te amé con la furia de los que han jurado no volver a amar. Te amé con el desgarro de los que saben que el final va a doler. Te amé con la desesperación de los que se agarran a un clavo ardiendo aunque sepan que van a quemarse.

Porque el amor, querido lector, no es inteligente. El amor es un animal. Un animal que no sabe razonar, que solo sabe sentir. Que se lanza al abismo sin calcular la altura. Que se mete en una tormenta sin mirar el pronóstico. Que te rompe y te recompone y te vuelve a romper. Y aun así, tú vuelves. Siempre vuelves. Porque no hay nada más adictivo que el dolor de amar.

Y aun así, tú vuelves. Siempre vuelves.
Porque no hay nada más adictivo
que el dolor de amar.

Y luego, como sabía que iba a pasar, te fuiste. No fue un adiós. Fue un desvanecerse. Un dejar de estar. Un dejar de llamar. Un dejar de ser. Un día estabas y al otro ya no. Y yo, como una idiota, seguía esperando tu mensaje. Seguía mirando el teléfono. Seguía pensando que tal vez, solo tal vez, el amor que había sentido era tan fuerte que te haría volver.

Pero no volviste.

Y en ese no volver, en ese vacío que dejaste, me encontré.

Porque el amor, cuando se va, no solo se lleva al otro. Se lleva también la mentira. Esa mentira que te contabas a ti misma de que eras feliz. De que estabas bien. De que no necesitabas a nadie. El amor, al irse, deja la verdad al descubierto. Y la verdad es que no necesitaba a nadie. Pero quería. Y querer, querido lector, a veces es más doloroso que necesitar.

◆ ◆ ◆

Han pasado tres años. Tres años desde aquel martes. Tres años desde que te vi en la puerta de ese café. Y todavía, cuando paso por delante, siento un cosquilleo en el estómago. Todavía busco tu chaqueta negra entre la multitud. Todavía, en el fondo de mi ser, espero que un día vuelvas a aparecer.

No sé si eso es amor. No sé si eso es locura. No sé si eso es simplemente la costumbre de haber amado. Pero sé que, aunque pudiera volver atrás, aunque pudiera elegir no conocerte, elegiría conocerte. Elegiría el café. Elegiría el té de manzanilla. Elegiría el dolor. Porque ese dolor, ese dolor que me dejaste, es la prueba más clara de que estuve viva.

Y yo, querido lector,
prefiero un dolor que me recuerde que existo
a una paz que me haga dormir.

Así que esto no es un adiós. Esto es un gracias. Gracias por el instante. Gracias por el vértigo. Gracias por el desgarro. Gracias por todo lo que fuiste y todo lo que no fuiste. Gracias por enseñarme que el amor no es para siempre. El amor es para ahora. Y el ahora, aunque haya pasado, sigue doliendo.

Y sigue vivo.

A veces, el amor no termina. Solo se transforma.
En silencio. En ausencia. En esta carta que nunca te enviaré.

Si has amado sabiendo que ibas a perder, esto es para ti.
El amor no es para cobardes. Es para los que se atreven a desgarrarse.

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📖 Eva Álvarez · 13nix Flash
⏱️ Lectura: 12 min

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Eva Álvarez i Sanz

Soy Eva Álvarez i Sanz, escritora apasionada por las historias que exploran las emociones, los vínculos humanos y los caminos inesperados que marcan una vida. Me atraen los personajes complejos, los secretos, los anhelos y los momentos capaces de cambiarlo todo. Escribo para quienes buscan emocionarse, reflexionar y sumergirse en relatos que permanecen en la memoria mucho después de la última página. Mi vocación es crear historias que entretengan, conmuevan y acompañen al lector.

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