RelatosHistorias de Misterio y Suspenso | Thriller PsicológicoRelatos de Amor Prohibido y Mundos de Fantasía | Romantasy YA

Relatos en dos perspectivas. El sótano. Soy yo, Martín, a quien llamarías psicópata. Y esta es mi versión.

Cuando la vi por primera vez, supe que el mundo era demasiado grande para ella. Demasiado ruidoso. Demasiado cruel. Demasiado lleno de gente que no merecía su luz. Yo, en cambio, sí la merecía. Y haría cualquier cosa para protegerla. Cualquier cosa.

Me llamo Martín. Tengo treinta y siete años, una casa heredada de mis padres, y un sótano que durante años fue el lugar donde guardaba mis miedos. Ahora es el lugar donde guardo mis sueños. Ella es mi sueño. Y si para tenerla tengo que encerrarla, lo haré. Porque el amor, cuando es verdadero, no entiende de normas. El amor, cuando es verdadero, lo justifica todo.

La conocí en la biblioteca del pueblo. Estaba sentada junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas y la luz de la tarde iluminándole el rostro. Tenía el pelo suelto, oscuro como la noche, y unos ojos que parecían haber visto el mar. No era la mujer más hermosa del mundo. Era algo más. Era la mujer que había estado esperando todas mis vidas.

Me acerqué. Le pregunté por el libro. Me respondió con una sonrisa que me desarmó. Y en ese instante, supe que no podía dejarla ir. Que el mundo, con toda su brutalidad, la rompería. Que yo era el único que podía salvarla. Que era mi deber. Mi destino. Mi única razón para seguir viviendo.

«El amor, cuando es verdadero, lo justifica todo.»

La primera vez

La biblioteca se convirtió en nuestro lugar. Yo llegaba siempre antes que ella, la esperaba sentado en la misma mesa, con un libro abierto que no leía. Ella llegaba, me sonreía, se sentaba frente a mí. Hablábamos de todo y de nada. De los libros que nos gustaban, de los viajes que queríamos hacer, de las vidas que imaginábamos. Y cada vez que ella hablaba, yo sentía que el mundo se detenía. Que el tiempo se suspendía. Que solo existía ella.

—¿Por qué me miras así? —me preguntó una tarde, con una mezcla de curiosidad y timidez.

—Porque eres lo más hermoso que he visto nunca —respondí—. Y no quiero olvidar ni un solo detalle.

Ella se ruborizó. Bajó la mirada. Y yo, en ese gesto, vi todo lo que necesitaba ver. Vi su vulnerabilidad. Vi su miedo. Vi su necesidad de ser protegida. Vi que ella también sentía algo. Algo que no sabía nombrar. Algo que yo, sin embargo, sabía muy bien lo que era: el principio del fin del mundo que conocía.

Empezamos a vernos fuera de la biblioteca. Paseos por el parque. Cenas en mi casa. Noches enteras hablando hasta que el sol se asomaba por la ventana. Ella se abría a mí como una flor que finalmente encuentra la luz. Me contaba sus miedos, sus sueños, sus heridas. Y yo la escuchaba, la abrazaba, la protegía. Pero siempre había algo que no encajaba. Algo que me decía que, por mucho que ella me quisiera, no me quería lo suficiente. Que el mundo, con sus tentaciones, con sus distracciones, con sus otras personas, podía arrebatármela en cualquier momento.

Y entonces, empecé a verlo. A verlo todo. Las miradas que ella le dedicaba a otros hombres. Las sonrisas que no eran para mí. Las conversaciones que no me contaba. El mundo que la llamaba. El mundo que quería arrebatármela. El mundo que no merecía su luz. Y supe que tenía que actuar. Que el amor no era suficiente. Que el amor, a veces, necesitaba ser protegido. Incluso a costa de la libertad. Incluso a costa de todo.

La decisión

La noche en que decidí encerrarla, ella había llegado tarde a nuestra cita. Llegó con el pelo mojado, con el aliento agitado, con una excusa que no me creí. «He estado con unos amigos», dijo. «Lo siento, se me ha hecho tarde.»

Pero yo ya no podía creerle. Ya no podía confiar en ella. Porque el mundo, con su ruido y su gente, la había contaminado. Porque ella ya no era solo mía. Y yo necesitaba que fuera solo mía. Que no hubiera nadie más. Que no hubiera nada más. Que solo existiera yo.

Esa noche, mientras ella dormía en mi cama, bajé al sótano y lo preparé todo. Una cama. Una lámpara. Libros. Ropa. La comida suficiente para semanas. No era una prisión. Era un refugio. Un lugar donde ella estaría a salvo. Un lugar donde el mundo no pudiera dañarla. Un lugar donde sería solo mía. Para siempre.

Cuando terminé, subí y me senté a su lado. La miré dormir. Y supe que era lo mejor que podía hacer por ella. Que el amor no es dejar ir. El amor es proteger. Es cuidar. Es asegurarse de que la persona amada esté a salvo. Incluso de sí misma. Incluso de sus propias decisiones. Incluso de su deseo de libertad.

—Te quiero —susurré—. Te quiero tanto que el mundo no puede tenerte. Te quiero tanto que solo yo puedo cuidarte. Te quiero tanto que vas a entenderme. Algún día. Cuando el tiempo pase. Cuando veas que todo lo que hice fue por ti.

«El amor no es dejar ir. El amor es proteger. Es cuidar. Es asegurarse de que la persona amada esté a salvo.»

El día que bajó

No fue difícil. La desperté con un beso en la frente. Le dije que tenía una sorpresa. Que quería enseñarle algo. Que confiara en mí. Y ella, que siempre confiaba en mí, me siguió. Bajó las escaleras del sótano sin preguntar, con los ojos brillantes de curiosidad. Y cuando llegó abajo, cuando vio la cama, los libros, las velas, me miró con una mezcla de confusión y sorpresa.

—¿Qué es esto? —preguntó, y su voz era un hilo.

—Es nuestro lugar —respondí—. El lugar donde estarás a salvo. El lugar donde el mundo no puede hacerte daño. El lugar donde serás solo mía.

Vi el miedo en sus ojos. Vi cómo el color se drenaba de su rostro. Vi cómo el cuerpo se le tensaba. Vi cómo, por primera vez, ella entendía lo que yo llevaba tanto tiempo queriendo decirle. Que el amor no es solo palabras. Que el amor es acción. Que el amor es protección. Y que yo estaba dispuesto a todo. Absolutamente a todo. Incluso a esto.

—No —susurró, y su voz era un temblor—. No hagas esto. No puedes hacer esto.

—Ya lo he hecho —respondí, y mi voz era suave, como si hablara con una niña asustada—. Y algún día, cuando entiendas, me lo agradecerás. Cuando veas que el mundo te habría destrozado. Cuando veas que solo yo podía salvarte.

Dio un paso atrás. Pero no había salida. No había puerta que la llevara de vuelta. No había nada más que la cama, los libros, las velas. Y yo. Siempre yo. Su protector. Su salvador. Su carcelero.

Cerré la puerta con llave. La oí golpear. Oí sus gritos. Oí sus súplicas. Y me quedé al otro lado, escuchando, sintiendo cómo cada golpe contra la madera era un latido de mi corazón. Porque no era su enemigo. Era su amante. Su salvador. Su única razón para seguir viviendo.

Los días en el sótano

Los primeros días fueron difíciles. Ella no hablaba. No comía. Solo se sentaba en un rincón, con los brazos alrededor de las rodillas, mirando el vacío. Yo bajaba cada mañana, cada tarde, cada noche. Le llevaba comida. Le llevaba libros. Le llevaba palabras que ella no quería escuchar. Le hablaba de nuestro amor, de nuestro futuro, de la vida que tendríamos cuando entendiera.

—Vas a entenderme —le decía, mientras ella me miraba con unos ojos que ya no eran los suyos—. Vas a entender que todo lo que hago es por ti. Por nosotros. Por nuestro amor.

Pero ella no entendía. No podía entender. Porque el amor, para ella, era otra cosa. Era libertad. Era confianza. Era no tener miedo. Era poder irse sin mirar atrás. Y yo no podía darle eso. Porque si se lo daba, la perdería. Y perderla era lo único que no podía soportar.

Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en meses. Y ella, poco a poco, fue cambiando. Ya no gritaba. Ya no suplicaba. Ya no intentaba escapar. Se quedaba en el sótano, sentada en la cama, mirando la pared, como si esperara algo que nunca llegaba. Y yo, que quería verla feliz, que quería verla sonreír, empecé a preguntarme si lo que había hecho estaba bien. Si el amor, para ser verdadero, tenía que doler. Si el amor, para ser eterno, tenía que ser una prisión.

La última vez que la vi mirar al sol

Un día, mientras bajaba al sótano, la encontré mirando la pequeña ventana que daba al exterior. La única ventana. La única conexión con el mundo que había dejado atrás. Estaba mirando el sol. Un rayo de luz se colaba entre las rendijas y le iluminaba el rostro. Y en sus ojos vi algo que no había visto en mucho tiempo: vida.

—¿Qué ves? —pregunté, y mi voz era apenas un susurro.

—El sol —respondió—. El color del cielo. Lo que he perdido.

Aquellas palabras me atravesaron como un cuchillo. Porque supe que, en su mirada, yo ya no estaba. Que el amor que le había ofrecido no era suficiente. Que la protección que le había dado no era lo que necesitaba. Que encerrarla no la había salvado. La había matado. Lentamente. Día tras día. Sin que yo pudiera detenerlo.

Pero ya era tarde. Demasiado tarde. Porque el sótano se había convertido en su mundo. Y yo, en su carcelero. Y el amor, que había empezado como un sueño, se había convertido en una pesadilla. Una pesadilla que yo mismo había creado.

Esa noche, mientras ella dormía, me senté a su lado y lloré. Lloré por ella, por mí, por todo lo que podríamos haber sido y no éramos. Lloré porque había confundido el amor con la posesión. La protección con la prisión. La libertad con la pérdida.

No sé si algún día podrá perdonarme. No sé si algún día podrá salir de este sótano. Pero sé que, aunque salga, ya no será la misma. Porque el amor, cuando es una prisión, no deja cicatrices. Devasta. Y yo, que quería salvarla, la he devastado.

«El amor, cuando es una prisión, no deja cicatrices. Devasta.»

La otra orilla

Esta es mi historia. La del hombre que encerró a la mujer que amaba. La del que confundió la protección con la posesión. La del que, queriendo salvar a su amor, lo condenó a la oscuridad. Pero hay otra historia. La de ella. La mujer que olvidó el color del cielo. La que dejó de ver el sol porque yo se lo arrebaté.

Si quieres conocer su verdad, lee «La mujer que olvidó el color del cielo». Porque el amor siempre tiene dos caras. Y la verdad, como la luz, nunca es una sola sombra. Es el conjunto de todas ellas. Es la historia de quien encierra y la de quien es encerrada. Es la historia de un amor que se volvió oscuridad.

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Dos perspectivas. Una misma historia. El amor y la locura vistos desde ambas orillas.

Ahora, la versión de ella: «La mujer que olvidó el color del cielo»

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Próximamente, nuevos relatos de amor oscuro, obsesión y locura en «Relatos en dos perspectivas».

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«El amor, cuando es una prisión, no deja cicatrices. Devasta.»

Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

4 comentarios en «Relatos en dos perspectivas. El sótano. Soy yo, Martín, a quien llamarías psicópata. Y esta es mi versión.»

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