RelatosRelatos de Amor Prohibido y Mundos de Fantasía | Romantasy YA

La maldición de tu beso



La primera vez que lo vi, estaba cubierto de sangre. No era la suya. Era la de los hombres que había matado para llegar hasta mí. Llevaba la espada desenvainada y la mirada de quien ha perdido demasiado como para tener miedo a la muerte.

—Eres ella —dijo, con la voz ronca—. La princesa maldita.

No preguntó. No dudó. Sabía quién era. Sabía lo que había hecho. Sabía que un solo beso mío podía matarlo. Y aun así, estaba allí, frente a mí, con la sangre de mis soldados en las manos y la determinación de quien ya no tiene nada que perder.

—Soy ella —respondí, sin apartar la mirada—. Y tú eres el guerrero que han enviado para matarme.

—No he venido a matarte —dijo, y en su voz había algo que no esperaba. No era odio. Era cansancio.— He venido a pedirte que me beses.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier batalla.

—¿Sabes lo que pasa cuando me besan?

—Sé que mueren. Pero también sé que, si el beso es verdadero, la maldición se rompe.

—¿Y quién te ha dicho que el beso sería verdadero?

—Nadie. Pero necesito creer que puede serlo. Porque si no, esta guerra no terminará nunca.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Leandro. Y tú, Valeria. La princesa que mata con un beso.

Sonrió. Y en esa sonrisa, vi algo que no había visto en ningún otro hombre. No vi miedo. Vi entrega.

Los dragones rugían al fondo, sobre el campo de batalla. El humo de las hogueras se alzaba hacia un cielo que ya no recordaba el azul. La guerra había durado demasiado. Mi padre, el rey, me había usado como arma. Mi beso era la sentencia de muerte para cualquier enemigo que osara enfrentarse a su ejército. Y yo, durante años, había obedecido. Había besado a hombres que no merecían ser besados. Y todos habían muerto.

Pero él era diferente.

—No voy a besarte —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. No voy a ser el arma de mi padre otra vez.

—Entonces ayúdame a romper la maldición —respondió él, sin inmutarse—. Ayúdame a terminar con esta guerra. No por tu padre, no por tu reino. Por ti.

Sentí que algo se rompía dentro de mí. Algo que había estado callado durante años. Algo que se llamaba deseo. No deseo de matar. Deseo de vivir.

—¿Y si el beso no es verdadero? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Y si mueres?

—Entonces habré muerto por algo que merece la pena —respondió—. Habré muerto por intentar romper una maldición que no deberías llevar tú sola.

Y entonces, sin saber cómo, sin saber por qué, me acerqué a él. El campo de batalla se desvaneció a mi alrededor. Los dragones, los soldados, el humo, todo desapareció. Solo quedamos nosotros. Y el deseo. Y el miedo.

«El amor verdadero no se encuentra. Se elige. Se elige en medio del caos, en medio de la guerra, en medio de la certeza de que puedes perderlo todo. Y aun así, se elige.»

—Cierra los ojos —susurré—. No quiero que veas lo que va a pasar.

—No tengo miedo —respondió él, y su voz era tan suave que casi no la oí—. He tenido miedo toda mi vida. Pero ahora, contigo, no lo tengo.

Y entonces, lo besé.

No fue un beso de guerra. No fue un beso de muerte. Fue un beso de rendición. De entrega. De la decisión de dejar atrás todo lo que había sido para empezar a ser algo nuevo.

Al principio, no pasó nada. Solo sentí sus labios sobre los míos, cálidos, firmes, como si siempre hubieran estado esperando ese momento. Luego, sentí un escalofrío. Y después, una luz. Una luz que no venía de fuera, sino de dentro. De mi pecho. De mi corazón. De algo que había estado dormido durante años y que, en aquel beso, despertaba.

Me separé lentamente. Él abrió los ojos. Y sonrió.

—No he muerto —dijo, con una mezcla de sorpresa y alivio—. No he muerto, Valeria.

—No has muerto —repetí, sintiendo que las lágrimas me llenaban los ojos—. El beso era verdadero.

Y entonces, el mundo empezó a cambiar. El humo se disipó. Los dragones dejaron de rugir. El cielo, que había estado cubierto de ceniza durante años, empezó a aclararse. Y supe que la maldición se había roto. Pero también supe que algo más había ocurrido. Algo que no esperaba. Algo que cambiaría nuestra vida para siempre.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él, mirando sus manos—. Siento algo diferente.

—La maldición no se ha roto del todo —respondí, con la voz temblorosa—. Se ha transferido. Ahora la llevas tú.

Él guardó silencio. Luego, con una calma que me heló la sangre, levantó la mirada y me miró.

—Entonces, ahora soy yo quien mata con un beso.

—Sí.

—Y si te beso, ¿morirás?

—Sí. Pero hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Que tú puedes elegir no besar a nadie. Yo no podía.

Él sonrió. Y en su sonrisa, vi la misma determinación de antes.

—Entonces no besaré a nadie —dijo—. Solo a ti. Y si eso significa que nunca podré besarte, me conformaré con mirarte. Porque verte, Valeria, es más que suficiente.

Y en aquel momento, en medio de un campo de batalla que empezaba a florecer, supe que el amor verdadero no era un beso. Era una elección. La elección de quedarse, aunque todo lo demás se desmorone. La elección de amar sin tocar, de desear sin poseer, de vivir sin miedo.

~ ✦ ~

Pasaron los meses. La guerra terminó. Mi padre, al ver que la maldición se había roto, me desterró. No le servía como arma. Y yo, libre por primera vez, me fui con él. Con Leandro. El hombre que había aceptado llevar mi maldición para liberarme de ella.

No podíamos besarnos. No podíamos tocarnos. Pero aprendimos a amarnos de otra forma. A través de las miradas, de los silencios, de las palabras que decíamos sin pronunciar. Y en cada una de ellas, había un beso. Un beso que no mataba, porque no era de labios. Era de alma.

—¿Te arrepientes? —le pregunté una noche, mientras las estrellas brillaban sobre nosotros.

—¿De qué?

—De haber aceptado mi maldición.

—No —respondió, sin dudar—. Porque la maldición no es un castigo. Es un recordatorio. Un recordatorio de que el amor verdadero no se demuestra con besos. Se demuestra con la decisión de quedarse, aunque no puedas tocar.

Y entonces, entendí que el amor verdadero no era el que te salvaba. Era el que te transformaba. Y él, con su elección, me había transformado en alguien que ya no necesitaba ser salvada. Alguien que podía salvarse a sí misma.

«El amor no siempre termina con un beso. A veces, termina con una decisión. La decisión de no besar, de no tocar, de no poseer. Pero de estar. De estar siempre.»

Años después, cuando supe que la maldición empezaba a consumirlo, me acerqué a él por última vez. Ya no podía hablar. Ya no podía verme. Pero cuando mi mano rozó la suya, sonrió.

—No ha sido un final —susurró, con la voz apenas un hilo—. Ha sido un principio. El principio de algo que no necesita besos para ser eterno.

—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiendo que el corazón se me rompía.

—Ahora, me despido —respondió—. Pero no para irme. Para quedarme. En tu recuerdo. En tu vida. En cada estrella que mires al cielo.

Y entonces, cerró los ojos. Y su mano, que había estado tan firme, se aflojó. Pero yo no lloré. Porque sabía que no se había ido. Solo se había transformado. Y que, a partir de aquel momento, su presencia sería eterna.

El amor verdadero no siempre se besa. A veces, se mira. A veces, se sostiene. A veces, se guarda en la memoria y se lleva como un tesoro. Y yo, que había matado con un beso, aprendí a amar sin tocar. Y ese amor, el amor que no necesita contacto, fue el más real de todos.


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Reflexión final — El beso que rompió la maldición no es una historia sobre un beso. Es una historia sobre la elección. Sobre cómo el amor verdadero no siempre se demuestra con gestos grandiosos, sino con la decisión de quedarse, de sostener, de transformarse. Valeria y Leandro no pudieron besarse, pero aprendieron a amarse de una forma más profunda. Y esa forma, la que no necesita contacto, fue la que los hizo eternos.

Porque el amor verdadero no se besa. Se elige. Y cuando se elige, aunque todo lo demás se desmorone, el amor permanece. Como la luz de las estrellas. Como el eco de una voz que nunca se apaga.

Alba Romansy · Relatos Romantasy · «El beso que rompió la maldición»

Cristina Isant Varela

Cristina Isant Varela es escritora, consultora y divulgadora. Master en Gestión y Dirección de Empresas, su trayectoria profesional se ha desarrollado entre el mundo corporativo y la creación literaria. Colabora habitualmente en medios de comunicación abordando temas de actualidad, sociedad y gestión del talento. Como autora, explora el romance, la fantasía y los territorios más complejos de la psique humana, siempre con una mirada crítica y profundamente empática. Cree que el arte de dirigir es también el arte de entender a las personas.

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