El hombre que me enseñó a desear
Estoy en una cita con el hombre perfecto. Y no puedo dejar de pensar en él.
El hombre que tengo delante es perfecto. Educado, atento, guapo. Tiene un futuro brillante y una sonrisa que promete estabilidad. Me abre la puerta, me pregunta cómo ha sido mi día, me escucha con atención. Es todo lo que una mujer debería desear. Y yo, querido lector, no lo deseo. No puedo.
Porque hay otra persona. Hay otro hombre. Hay un recuerdo que se ha instalado en mi piel como un tatuaje que no se borra. Y mientras el hombre perfecto habla de sus planes de futuro, yo recuerdo. Y el recuerdo es tan vívido que el presente se desvanece.
☾ EL RECUERDO
Él no era perfecto. Era impredecible, intenso, peligroso. Llegaba sin avisar y se iba sin despedirse. Me enseñó que el deseo no se pide, se toma. Me mostró que el amor no se negocia, se siente. Y yo, querido lector, lo sentí todo.
La primera vez que me besó, supe que no volvería a ser la misma. No era un beso normal. Era un beso que lo cambiaba todo. Un beso que te desarmaba, que te desnudaba, que te dejaba sin palabras y sin aliento. Fue en una calle vacía, bajo una farola que parpadeaba. Y en ese instante, en ese instante que duró apenas un segundo, entendí que el amor no es lo que te construye. Es lo que te deshace.
Y entonces, sin saber cómo, sin saber cuándo, empezó todo. Empezó el deseo. Empezó la pasión. Empezó la locura. Empezó la certeza de que, pase lo que pase, aquel hombre, aquel que no era perfecto, aquel que era impredecible e intenso, había cambiado mi vida para siempre.
El hombre perfecto, el que tengo delante, sigue hablando. Habla de su trabajo, de sus viajes, de su familia. Es amable, es atento, es todo lo que debería querer. Pero yo no puedo escucharlo. Porque en mi cabeza, en mi piel, en mi alma, solo hay un nombre. Solo hay un recuerdo. Solo hay un hombre que me enseñó a desear.
✦ EL DESEO
El deseo, querido lector, no se elige. El deseo te elige a ti. Y cuando te elige, ya no hay vuelta atrás. Y él, aquel hombre, me eligió. Me eligió con la misma intensidad con la que yo lo elegía a él. Me eligió como si no hubiera mañana. Me eligió como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Y en ese instante, en ese instante en el que todo se volvió posible, entendí que el amor no se encuentra. El amor irrumpe. Y cuando irrumpe, ya no hay manera de cerrar la puerta.
Y entonces, lo recuerdo. Recuerdo sus manos. Recuerdo su olor. Recuerdo la forma en que me miraba, como si yo fuera el único ser humano en el universo. Recuerdo la forma en que me tocaba, como si mi piel fuera un mapa que necesitaba explorar. Recuerdo todo. Porque todo era mío. Y todo te lo estaba dando. Y no me importaba. No me importaba el mañana. No me importaba el después. Solo me importaba el ahora. Solo me importaba tú.
Y entonces, el hombre perfecto me pregunta: «¿Estás bien? Pareces distraída.» Y yo sonrío. Sonrío porque no puedo decirle la verdad. No puedo decirle que estoy pensando en otro. No puedo decirle que el otro me enseñó a desear y que, desde entonces, ningún hombre perfecto puede llenar el vacío que dejó.
—Sí, estoy bien —miento. Y en mi mente, en la parte más profunda de mi ser, sé que no es cierto. No estoy bien. No lo he estado desde que te fuiste. No lo he estado desde que el deseo se convirtió en recuerdo. No lo he estado desde que entendí que el amor no siempre es para siempre.
✦ AQUELLA NOCHE ✦
Lo recuerdo todo. La noche en que me enseñaste a desear. La noche en que cruzamos la línea. La noche en que el mundo se incendió y nosotros, en medio de las llamas, no quisimos apagarlo.
Recuerdo el sabor de la sal. Recuerdo el temblor de tus dedos. Recuerdo el sonido de tu respiración, entrecortada, como si el aire se hubiera vuelto un lujo que solo podíamos compartir.
Recuerdo todo. Porque todo era mío. Y todo te lo estaba dando. Y no me importaba. No me importaba el mañana. No me importaba el después. Solo me importaba el ahora. Solo me importaba tú.
Y ahora, aquí, en esta cita con el hombre perfecto, entiendo que no volveré a sentir lo que sentí contigo. Entiendo que el deseo que me enseñaste no se repite. Entiendo que el amor que me diste no se vuelve a encontrar. Y en ese entendimiento, en esa certeza que duele más que cualquier otra, encuentro una paz extraña.
El hombre perfecto sigue hablando. Habla de sus planes, de sus sueños, de su futuro. Y yo, mientras tanto, pienso en ti. Pienso en la última vez que te vi. Pienso en la última vez que te toqué. Pienso en la última vez que supe que el deseo no se elige. Se siente. Y el mío, querido lector, sigue sintiéndote.
✦ LA DECISIÓN ✦
El hombre perfecto me pregunta: «¿Quieres que quedemos otro día?»
Y yo, querido lector, le digo que no. No porque no sea perfecto. Sino porque el deseo, el verdadero deseo, no se encuentra en la perfección. Se encuentra en la imperfección. Se encuentra en el riesgo. Se encuentra en el hombre que me enseñó a desear.
—Lo siento —digo, y me levanto. Y en el momento en que salgo del restaurante, sé que he tomado la decisión correcta. Porque el deseo no se negocia. Y el amor, el amor de verdad, no se encuentra en las personas perfectas. Se encuentra en las que te deshacen.
Y mientras camino por la calle vacía, bajo una farola que parpadea, sonrío. Sonrío porque sé que, aunque no estés, aunque te hayas ido, aunque el tiempo haya pasado, sigues siendo mío. Y siempre lo serás. Porque el deseo, querido lector, no se olvida. Se transforma. Se vuelve recuerdo. Se vuelve deseo. Se vuelve vida.
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Si alguna vez has deseado a alguien que no era perfecto, esto es para ti.
El deseo no se elige. Te elige a ti. Y cuando te elige, ya no hay vuelta atrás.
📖 Eva Álvarez · 13nix
⏱️ Lectura: 10 min
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