Lo que esconde el pozo
Pero nadie lo decía.
Porque algunas verdades, cuando se sacan a la luz, envenenan el agua.»
Volví al pueblo para vender la casa de mi abuela.
No quería. Pero necesitaba el dinero. Y ella ya no estaba para impedirlo.
El pueblo era el mismo. Calles de tierra. Casas con persianas rotas. Gente que te miraba sin saludar.
La casa estaba al final de la calle. Blanca. Con el tejado hundido. Y un pozo en el patio trasero.
Tapiado con cemento.
No le hice caso. Nunca le hacía caso.
El primer día, mientras limpiaba la casa, escuché un ruido. Venía del pozo. Un golpe seco. Como si algo golpeara el cemento desde dentro.
Me acerqué. Apoyé la mano en el cemento. Estaba frío. Pero no frío de piedra. Frío de algo que nunca ha visto el sol.
El golpe se repitió. Más fuerte.
—¿Hay alguien? —pregunté.
Silencio.
Luego, una voz. Débil. Como si viniera de muy lejos.
—Ábreme.
No era la voz de mi abuela. Pero era una voz que conocía. No supe de quién. Pero la conocía.
Pasé tres días sin volver al pozo. Pero el ruido no se iba. Golpeaba. Golpeaba. Como si algo dentro quisiera salir.
El cuarto día, compré un martillo y un cincel.
Empecé a romper el cemento. Pedazo a pedazo. La noche caía. El pueblo estaba en silencio. Solo el golpe del martillo y mi respiración.
Cuando el agujero fue lo suficientemente grande, me asomé.
No vi agua.
Vi huesos.
Muchos huesos. Amontonados. Y encima de ellos, un vestido azul. El mismo que llevaba mi abuela en la foto de su boda.
Y entonces entendí.
No habían tapado el pozo para que nadie cayera. Lo habían tapado para que nadie viera lo que había dentro.
Bajé al pozo. No sé por qué. Bajé.
Al fondo, entre los huesos, encontré una caja metálica. Pequeña. Oxidada. Dentro, una carta.
La carta de mi abuela. Dirigida a mí.
Decía: *»Si estás leyendo esto, es que no me hiciste caso. El pozo guarda lo que enterré. No para protegerlo. Para protegerte a ti. Porque la verdad sobre tu abuelo no es lo que crees. Él no murió en la guerra. Murió aquí. Dentro. Y yo lo tapé para que nadie supiera que fui yo quien lo empujó.»*
No lloré. No podía. Solo me quedé allí, sentada entre los huesos, mirando el vestido azul, entendiendo que el pueblo no me había evitado por nada. Me había evitado porque sabían que algún día volvería. Y que ese día, la verdad saldría a la luz.
Algunos guardan lo que nunca debió ser visto.
Y cuando los abres, la verdad te ahoga.»
Salí del pozo. Tapé el agujero con una tabla. No volví a entrar en la casa.
Al día siguiente, vendí la propiedad al primer interesado. No preguntó por el pozo. No le dije nada.
Pero cuando me fui, el pueblo entero estaba en la calle. Mirándome. En silencio. Como si supieran que me había llevado el secreto conmigo.
Y lo hice.
Porque algunas verdades, cuando se sacan a la luz, envenenan el agua.
Y yo ya no quería beber de ese pozo.
Y esa, querido lector, es la única verdad que merece guardarse.
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