Historias de Misterio y Suspenso | Thriller PsicológicoRelatos

La mano que salió del pantano

Por: Esteban Luarca | Tiempo de lectura: 10 minutos

David llegó al bar con una camiseta de pesca desgastada y las uñas llenas de tierra. No las limpió en toda la conversación. Como si esa tierra fuera una prueba. Como si necesitara que yo viera que no estaba inventando nada.

Pidió una cerveza sin alcohol, la bebió de un trago, y pidió otra. No le pregunté si estaba nervioso. Se le notaba en las manos.


El pescador solitario

David pesca desde niño. Es de esas personas que se sienten más cómodas junto al agua que en su propia casa. Conoce cada pantano de la Comunidad de Madrid. El de San Juan es su favorito.

—Es grande, está limpio y hay menos gente que en El Atazar —me explicó—. Además, tiene algo. Una sensación. Como si el agua estuviera más viva que en otros sitios.

Lleva yendo allí desde los veinte años. Conoce los caladeros, las horas, los sitios donde nadie se acerca porque dicen que no hay peces. Él sabe que los hay.

—Pero aquella madrugada —dijo, bajando la voz— no fui a pescar. Fui a otra cosa. A estar solo. A pensar. Y eso fue lo que me pasó.


La noche del encuentro

Era un sábado de octubre. David había salido de casa a las cuatro de la madrugada. No podía dormir. Llevaba semanas dando vueltas a un problema personal que no viene al caso. Cogió la caña, la caja de aparejos y el coche. Media hora después, estaba en el pantano.

—Había luna llena —recordó—. Se veía casi de día. El agua estaba muy quieta, como un espejo. Eso me gusta. Cuando el agua está así, parece que no hay separación entre el cielo y el suelo.

Se instaló en su sitio habitual. Una pequeña lengua de tierra que se adentra en el pantano, cerca de la presa. Echó el cebo. Esperó.

Pasó una hora sin nada. Otra. David estaba medio dormido, con la caña sujeta entre las piernas, cuando sintió un tirón.

—No fue un tirón normal —me dijo, moviendo las manos para explicarse—. Cuando pica una carpa o una trucha, el movimiento es rápido, seco. Esto fue distinto. Fue lento. Como si algo estuviera tirando de la caña sin prisa. Como si quisiera llamar mi atención.


Lo que salió del agua

David empezó a recoger sedal. No notaba peso. El sedal subía sin resistencia, como si no hubiera nada enganchado. Pero la caña seguía doblada. Algo tiraba desde abajo.

—Cuando llevaba recogido unos diez metros, vi una sombra bajo el agua. No era un pez. Era demasiado grande. Y no se movía como un pez. Se movía… como algo que camina por el fondo.

David se puso en pie. El corazón le latía con fuerza. No tenía miedo todavía. Tenía curiosidad.

Siguió recogiendo sedal. La sombra se hacía más grande. Más definida. Y entonces, a unos dos metros de la superficie, el agua se rompió.

—Salió una mano —dijo, con la voz temblorosa—. Una mano. Agarrando mi sedal. No era una mano humana. Era gris, alargada, con dedos demasiado largos. La piel parecía lisa, como la de un anfibio. Y entre los dedos, algo como membranas.

David soltó la caña. Dio un paso atrás. La mano seguía agarrada al sedal. Y entonces, debajo de la mano, empezó a salir el resto.


La cara

—No vi el cuerpo entero —confesó David—. Solo la mano y la cara. Pero esa cara… no sé cómo describírtela. Era alargada, como la mano. Los ojos grandes, negros, sin pupila. La boca era una línea recta. No tenía nariz, solo dos agujeros. Y la piel, gris. Muy gris. Como la ceniza.

La criatura, si es que se le puede llamar así, no se movió. Permaneció en el agua, con medio cuerpo fuera, la mano todavía enganchada al sedal. Y miró a David.

—Me miró —repitió—. No parpadeaba. No sé si puede parpadear. Pero me miró fijamente. Y yo sentí que no me estaba mirando a mí. Me estaba mirando dentro.

David no sabe cuánto tiempo estuvieron así. Quizá segundos. Quizá un minuto. No gritó. No huyó. No pudo. Estaba paralizado, como cuando te despiertas de una pesadilla y no puedes moverte.

—Y entonces —dijo—, la criatura abrió la boca. No hizo ruido. No dijo nada. Pero yo supe que me estaba diciendo algo. Algo que no entendí. Algo que no quiero entender.


La huida

David reaccionó cuando la criatura soltó el sedal. La caña cayó al suelo. El sedal se enredó en sus piernas. Tropezó. Cayó de espaldas.

—Cuando me levanté, ya no estaba. El agua estaba otra vez quieta. Como un espejo. No había ondas. No había burbujas. Nada. Era como si nunca hubiera salido.

David recogió sus cosas a trompicones. Dejó la caña. Dejó el cebo. Dejó la silla plegable. Solo cogió las llaves del coche y corrió.

—No miré atrás —dijo—. No quería ver si había vuelto a salir.

Llegó a su coche, arrancó y se fue. No volvió a la carretera. Se paró en el primer área de descanso que encontró, se bajó del coche y vomitó.


Los días después

David no volvió a pescar en el pantano de San Juan. No ha vuelto a pescar en ningún lado. Vendió el equipo. Borró los contactos de sus compañeros de pesca. No quiere hablar del tema con nadie.

—Con usted hablo porque me dijo que no me juzgaría —me recordó—. Y porque necesito que alguien sepa lo que vi. Por si un día desaparezco.

Le pregunté si había investigado. Si había preguntado a otros pescadores.

—No hizo falta —respondió—. Unos días después, hablando con un amigo que también pesca allí, le conté que había visto algo raro. No le di detalles. Solo le dije: «¿Tú crees que puede haber algo en el pantano?». Y él me respondió: «No preguntes. No preguntes porque hay cosas que es mejor no saber».

David no volvió a sacar el tema. Pero su amigo tampoco. Y desde entonces, cada vez que alguien menciona el pantano de San Juan en su presencia, él cambia de conversación.


Lo que otros han visto

El pantano de San Juan no es un sitio cualquiera. Se construyó en los años cincuenta, sobre un valle que antes estaba habitado. Hay quien dice que cuando el pantano bajó mucho un año de sequía, aparecieron restos de un pueblo viejo. Y que junto a los restos, había cosas que no deberían estar allí.

Investigué un poco después de hablar con David. No es la primera vez que alguien cuenta algo raro en ese pantano. En foros de pesca, hay mensajes viejos, de los años 2000, donde usuarios hablan de «bultos en el agua», «sombras grandes» y «una sensación de ser observado cuando pescas de madrugada».

También hay una leyenda local sobre «la mujer del agua». Una historia de amor y muerte que no viene al caso. Pero lo interesante es que esa leyenda habla de una criatura que vive en el fondo del pantano y que solo sale cuando hay luna llena.

David me dijo que la noche que vio la mano, había luna llena.


Lo que aprendí de esta historia

No sé si David vio una criatura real. No sé si fue una alucinación, un sueño despierto, o un pez enorme que su cerebro transformó en algo más. Tampoco sé si los pescadores de los foros vieron lo mismo o solo se dejaron llevar por la leyenda.

Pero sé una cosa: David no ha vuelto a pescar. Vendió todo. Y cada vez que alguien menciona el pantano de San Juan, se queda en silencio. Mira al suelo. Y se toca la mano derecha, como si aún sintiera algo tirando del sedal.

—No quiero volver a verlo —dijo antes de despedirse—. Pero a veces, cuando me ducho, cierro los ojos y veo esa cara. Esa cara gris. Esos ojos negros. Y me pregunto si ella también me ve a mí. Si está allí abajo. Esperando a que vuelva.

No volverá. Lo sé. Pero cada vez que paso por la carretera que bordea el pantano, me acuerdo de él. Y miro al agua. Y me pregunto qué hay debajo.


💬 ¿Has visto algo raro en el pantano de San Juan?

👉 Cuéntalo en el foro . Anónimo si quieres. ¿Has pescado alguna vez de madrugada? ¿Has sentido que alguien te miraba desde el agua?


Nota: Esta historia está basada en el testimonio real de David, cuyo nombre y algunos detalles han sido modificados por petición propia. El encuentro, la huida y los foros de pescadores son reales. El resto, como siempre, queda a criterio del lector. Yo solo soy el que escribe lo que otros me cuentan en bares de mala muerte.

Esteban Luarca Mendizabal

Esteban Luarca Mendizábal es periodista, cronista y coleccionista de historias. Durante treinta años ha recorrido España y Latinoamérica recopilando más de diez mil testimonios, leyendas y crónicas. Su obsesión: rescatar del olvido lo que merece ser recordado. Autor de Entrevistas Paranormales entre otras obras destacables. En 13Nix, escribe sobre lo que ha vivido.

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