La desconocida que soñó mi accidente
Una desconocida me paró en la calle para decirme que había soñado conmigo. Me describió el accidente que tuve una semana después.
Por: Esteban Luarca | Tiempo de lectura: 10 minutos
La primera vez que vi a Paula fue en un café de la calle Atocha, de esos que tienen las sillas de enea deshilachadas y un letrero luminoso que parpadea cuando va a llover. Llegó con quince minutos de retraso, disculpándose, con el pelo recogido en una coleta apurada y las manos ocupadas por un bolso del que no se separaba.
—Siento llegar tarde —dijo mientras se sentaba—. Es que todavía me da cosa hablar de esto. Como si contarlo pudiera hacer que vuelva a pasar.
Pedí un té. Ella un Cortado. Durante un minuto, ninguno de los dos habló. No era incomodidad. Era ese momento previo a una confesión, cuando la persona todavía está decidiendo si decir la verdad entera o solo un fragmento.
Afortunadamente, Paula eligió la verdad entera.
La primera vez que la vi
Paula trabaja en una librería de segunda mano cerca de la plaza de Cascorro. No es una librería cualquiera. Huele a papel viejo y a silencio. Los clientes entran, hojean, y a veces se quedan una hora sin comprar nada. Ella no les dice nada. Le gusta que la gente se sienta en sus sillas desvencijadas.
—No es por vender —me explicó—. Es por acompañar. La gente viene sola, triste, perdida. A veces lo único que necesitan es un sitio donde no les pidan nada a cambio.
El accidente del que iba a hablarme no le pasó a ella. Le pasó a un cliente. Un hombre de unos cuarenta años, con gafas de pasta y una chaqueta de pana marrón. Entró en la librería un martes de noviembre. No compró nada. Se sentó en una de las sillas y se quedó mirando el escaparate.
—Algo en él me llamó la atención —dijo Paula—. No era su cara. Era una sensación. Como si lo hubiera visto antes, aunque sabía que no.
Los sueños
Esa noche, Paula soñó con él. No con el hombre en sí, sino con su cara. La veía en una carretera mojada, con lluvia fina, de noche. El hombre iba conduciendo. Parecía nervioso. Miraba el teléfono, que vibraba en el asiento del copiloto.
—En el sueño —contó Paula, con los dedos entrelazados sobre la mesa—, yo no estaba dentro del coche. Lo veía desde fuera. Como si fuera una cámara. Y entonces, detrás de él, aparecía un camión. Azul. Muy grande. Con las luces largas encendidas.
El sueño se repetía. La misma carretera. El mismo coche. El mismo camión azul. Pero cada noche, el camión estaba un poco más cerca.
—La tercera noche, el camión le golpeaba. Veía el coche dando vueltas. Veía el cristal romperse. Y entonces me despertaba. Siempre en el mismo punto. Justo antes de ver si el hombre sobrevivía.
La decisión de hablar
Paula no es una persona especialmente intuitiva. O no lo era antes de esto. Pero los sueños la tenían desconcertada. No podía dejar de pensar en aquel hombre de la chaqueta de pana. No sabía su nombre. No sabía dónde vivía. Solo sabía que se sentó en su librería una tarde y que desde entonces no lo había vuelto a ver.
—Mi marido me dijo que no me metiera. Que eran solo sueños. Que si paraba a un desconocido en la calle para decirle que iba a tener un accidente, iban a tomarme por loca.
Pero Paula no podía quedarse quieta. Al cuarto día, salió de la librería a primera hora y se puso a andar por el barrio. No sabía qué buscaba. Hasta que lo encontró.
—Estaba en una terraza, solo, desayunando. La misma chaqueta de pana. Las mismas gafas de pasta. Me dio vergüenza acercarme. Pero algo me empujó.
La conversación
—Perdona —le dijo Paula, con la voz temblorosa—. No quiero asustarte. Pero he soñado contigo tres noches seguidas.
El hombre levantó la vista del periódico. La miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—No me conoces —respondió él—. ¿Cómo vas a soñar conmigo?
—No lo sé —admitió Paula—. Pero en los sueños, tú vas conduciendo por una carretera mojada. Es de noche. Llevas prisa. Miras el teléfono. Y detrás de ti viene un camión azul. Muy grande. Con las luces largas.
El hombre palideció. No dijo nada durante varios segundos. Luego, con una voz que ya no era de desconfianza, sino de miedo, preguntó:
—¿La A-6? ¿La curva pasado Villalba?
Paula no lo sabía. En sus sueños no veía señales de tráfico. Pero cuando el hombre dijo eso, sintió un escalofrío.
—No lo sé —respondió—. Pero por favor, ten cuidado. No mires el teléfono mientras conduces. Y si ves un camión azul, párate.
El accidente
Una semana después, Paula recibió un mensaje de un número desconocido. Era él. El hombre de la chaqueta de pana.
El texto decía: «Tuvo razón. Iba por la A-6. De madrugada. Llovía. Sonó el teléfono. Lo miré. Cuando levanté la vista, el camión azul estaba encima. Di un volantazo. Me salvé por centímetros. El camión se llevó el quitamiedos. He llamado a mi mujer para decirle que la quiero. Gracias. No sé cómo lo supo. Pero gracias.»
Paula me enseñó el mensaje. Todavía lo conserva en el móvil, tres años después. No lo ha borrado. Dice que lo necesita para recordar que no fue un sueño. Que fue real.
Lo que no se contó
Paula y el hombre no volvieron a verse. Él le ofreció quedar para darle las gracias en persona. Ella rechazó la oferta.
—No quería saber más de él —me confesó—. No por maldad. Por miedo. Miedo a que los sueños volvieran. Miedo a que la siguiente vez no pudiera avisarle a tiempo. Prefiero no saber.
Le pregunté si había tenido más sueños premonitorios desde entonces. Negó con la cabeza.
—No. Solo esos tres. Como si me hubieran prestado un don solo para aquello. Y cuando terminó, me lo quitaron.
Pero añadió algo que me dejó pensando.
